No podía decir con sinceridad que la amase. Ni siquiera estaba seguro de hasta qué punto la conocía. Pero le encantaba la emoción que le provocaba estar en su compañía, cómo se le aceleraba el pulso, la deliciosa sensación de goce extremo en todas las actividades, desde la comida y la buena música hasta el humor y la gracia de su conversación, la envidia que veía en los ojos de otros hombres cuando le miraban.
Era consciente de la enorme y curiosamente perversa figura de Klaus en segundo plano. Tal vez el riesgo, la necesidad de cierta discreción, añadía intensidad al placer. De vez en cuando sentía el cosquilleo del peligro. Klaus era un hombre poderoso. Su rostro tenía algo, sobre todo en reposo, que hacía pensar en él como un posible enemigo feroz.
Pero Monk nunca había sido un cobarde.
– Parece usted entusiasmado con Venecia -dijo Florent desde las sombras, en las que la luz de la antorcha lanzaba apenas un tenue resplandor.
Monk no lo había visto, andaba perdido en sus propias elucubraciones y en las visiones y los sonidos que traía la noche en el canal.
– Sí -dijo sobresaltándose. Sonrió sin darse cuenta-. No hay otra ciudad como ésta en el mundo.
Florent no añadió nada.
De pronto Monk advirtió en él una intensa pena. Miró el rostro oscuro de Florent y no sólo vio la fácil sensualidad que tan atractivo lo hacía para las mujeres, la teatral forma de pico del nacimiento de su cabello y los ojos finos, sino también la soledad de un hombre que fingía ser un diletante pero que era consciente de la expoliación que su cultura estaba sufriendo y del lento ocaso del esplendor de su ciudad, a medida que la decadencia y la desesperanza erosionaban su estructura y su corazón. Podría haber seguido a la corte de Friedrich aduciendo cualquier motivo, pero era más italiano que alemán, y bajo una frivolidad aparente se escondía una profundidad que Monk, escudándose en sus prejuicios, había preferido no ver.
En aquel momento se preguntaba si Florent, a su manera, lucharía por recuperar la independencia de Venecia, y qué papel desempeñarían en ella la vida y la muerte de Friedrich. Durante los últimos días había oído chismes, bromas de ignorantes, acerca de la unificación de Italia, una unión de todas las ciudades estado bajo una sola corona, las resplandecientes repúblicas y ducados propios del Renacimiento. ¿Quizá también eso era cierto? Qué insular podía ser uno, arropado por la seguridad que ofrecían la Gran Bretaña y su imperio. Un mundo isleño, ajeno a las cambiantes fronteras, las volubles mareas de naciones agitadas, la revolución y la ocupación extranjera. Gran Bretaña se había sentido segura durante casi ochocientos años. Había desarrollado una arrogancia sin igual y, con ella, una falta de imaginación.
Estaba allí como invitado de Zorah. Hacía tiempo que Monk había agotado todos los recursos para servir a sus intereses; o, como mínimo, a los intereses de Felzburgo. Tal vez por eso ella había hecho aquella acusación absurda y abnegada: para desvelar el asesinato de un príncipe y despertar en sus compatriotas cierto sentimiento de lealtad antes de que fuera demasiado tarde.
– Podría enamorarme de Venecia con mucha facilidad -dijo Monk en voz alta-. Pero sería un amor hedonista, no generoso. No tengo nada que darle.
Florent se volvió para mirarlo, sus oscuras cejas se enarcaron en señal de sorpresa, los labios se torcieron con humor a la luz de las antorchas.
– Igual que casi todo el mundo -dijo muy despacio-. ¿No creerá que todas esas personas, los soñadores y los futuros príncipes de Europa, estén aquí para otra cosa que vivir sus charadas particulares, verdad?
– ¿Conocía bien a Friedrich? -No era una respuesta, pero la pregunta de Florent no podía esperarla en serio.
– Sí. ¿Por qué? -preguntó.
Sobre el agua alguien cantaba. El sonido de esa voz retumbaba contra los altos muros.
– ¿Habría regresado si Rolf, u otra persona, se lo hubiese pedido? -preguntó Monk-. ¿Su madre, tal vez?
– No si ello significaba dejar a Gisela. -Florent se inclinó por encima del antepecho de piedra y miró hacia la oscuridad-. Y así habría sido. No sé por qué, pero la reina nunca habría permitido que ella volviera. Su odio no tenía límites.
– Tenía entendido que sería capaz de hacer cualquier cosa por la corona.
– Yo también. Es una mujer excepcional.
– ¿Y el rey? ¿Permitiría que Gisela volviera si esa fuese la única forma de convencer a Friedrich?
– ¿Contradecir a Ulrike? -Había burla en el tono de voz de Florent, y eso era ya era una respuesta en sí-. Se está muriendo. Ahora es ella la que tiene el poder. Aunque tal vez siempre haya sido así.
– ¿Y Waldo, el príncipe heredero? -presionó Monk-. ¡Él no podía desear que Friedrich regresara!
– No, pero si piensa usted que él hizo que lo mataran, yo creo que se equivoca. Nunca quiso ser rey. Ocupó el lugar de su hermano con reticencia, sólo porque no había nadie más. Y no tuvo que fingir. Le conozco.
– ¡Pero él no quiere encabezar la lucha por la independencia!
– Cree que eso conllevaría la guerra, y de todos modos no evitaría la absorción alemana -explicó Florent.
– ¿Y está en lo cierto? -Monk cambió de postura para volverse y mirarlo de frente.
Una embarcación con banderolas ondeando al viento pasó por el canal, la música flotaba tras ella y la luz de sus antorchas relucía sobre el agua oscura. Su estela ondeaba y chapoteaba en los peldaños del embarcadero con un sonido débil.
– Creo que sí -respondió Florent.
– Pero usted quiere la independencia para Venecia.
Florent sonrió.
– De Austria, no de Italia.
Un hombre llamó, su voz retumbaba sobre el agua. Le respondió una mujer.
– Waldo es realista -continuó Florent-. Friedrich siempre fue un romántico. Pero supongo que eso es bastante evidente, ¿no es cierto?
– ¿Cree que la lucha por la independencia está condenada?
– Lo cierto es que ahora me refería a Gisela. Friedrich dejó de lado el deber y siguió los dictados de su corazón en cuanto ella apareció. Toda la historia estaba impregnada de un aire de romanticismo. «Todo por amor, y al infierno con el mundo.» -Bajó la voz y abandonó el tono humorístico-. No estoy seguro de que se pueda querer al mundo y estar enamorado al mismo tiempo.
– Friedrich lo creía -dijo Monk en voz baja, pero al decirlo pensó que tal vez lo había expresado como si fuera una pregunta.
– ¿Ah, sí? -respondió Florent-. Friedrich ha muerto… Tal vez incluso lo hayan asesinado.
– ¿A causa de su amor por Gisela?
– No lo sé. -Florent miraba de nuevo al agua, su rostro tenía un aspecto trágico a la luz de las antorchas, los planos quedaban en relieve y las sombras se hundían-. Si se hubiese quedado en casa, en lugar de abdicar, no cabe duda de que ahora podría dirigir la lucha por la independencia. No habría necesidad de conspirar de un lado ni del otro para traerlo de nuevo. La reina no establecería condiciones acerca de si su mujer podía acompañarlo o de si tenía que dejarla, olvidarla y casarse de nuevo.
– Pero usted ha dicho que no lo habría hecho.
– No, no lo habría hecho, ni siquiera por su país. -La voz de Florent era monótona, como si intentara ser objetivo, pero en ella había un deje condenatorio y, al mirarlo, Monk apreció rabia en su semblante.
– Habría sido muy romántico -comentó-. Tanto a nivel personal como político.
– Y también habría sido muy solitario -añadió Florent-. Y Friedrich nunca soportó la soledad.
Monk pensó en ello durante unos minutos, mientras escuchaba el murmullo de risas y conversaciones de un grupo de personas que salió del teatro para llamar a una góndola y el ruido del agua al chocar contra los peldaños.