– ¿Disculparme? -exclamó Zorah con incredulidad cuando Rathbone entró en la sala del exótico chal y el sofá rojo de piel-. ¡No pienso hacerlo! -El tiempo era mucho más frío que la primera vez que había estado allí, y en la chimenea crepitaba un enorme fuego, las llamas saltaban, lanzando una luz rojiza sobre las pieles de oso del suelo y dando a la sala un aspecto primitivo, curiosamente acogedor.
– No le queda otra opción sensata -dijo Rathbone con vehemencia-. No hemos encontrado prueba alguna que sustente su acusación. No tenemos más que suposiciones, que quizá sean ciertas, pero que no podemos probar y que, aunque pudiésemos, no supondrían defensa alguna.
– Entonces tendré que optar por la insensatez -contestó ella con rotundidad-. ¿Debo suponer que ésta es la forma que adopta usted para retirarse de mi caso? -Su mirada era directa y fría, con un deje de desafío e intensa decepción.
Rathbone estaba molesto, y para ser sincero, algo herido.
– Si supone eso, señora, se equivoca -espetó-. Es mi deber aconsejarla en función de los hechos, de mi meditada opinión y de lo que puede significar. Después seguiré sus instrucciones, siempre y cuando no requieran de mí que diga ni haga nada que vaya contra la ley.
– Qué terriblemente inglés. -En su rostro se mezclaban la risa y el desdén-. Debe sentirse de lo más seguro… y cómodo. Vive en el corazón de un imperio que se extiende por todo el mundo. -Estaba enfadada-. Nombre un continente, seguro que sus casacas rojas han luchado allí, transportados por la marina británica, sometiendo a los nativos y convirtiéndoles al cristianismo, quisieran ellos o no, y adiestrando a sus príncipes para que se comporten como caballeros ingleses.
Lo que decía era cierto, desconcertó a Rathbone y le hizo sentirse de pronto superficial, perturbado y bastante presuntuoso.
La voz de Zorah, profunda y ronca, estaba cargada de emoción.
– Han olvidado qué es sentir miedo -prosiguió Zorah-. Observar a sus vecinos y preguntarse cuándo van a acabar contigo. ¡Oh, ya sé que lo leen en los libros de historia! Leen acerca de Napoleón y el rey Felipe de España, y cómo estuvieron a punto de ser invadidos. ¡Pero les vencieron, sí! Los ingleses siempre vencen. -Tenía el cuerpo tenso bajo el vestido de seda, y la cara retorcida de rabia-. Bueno, nosotros no ganaremos, sir Oliver. Perderemos. Tal vez muy pronto o tal vez dentro de diez años, o incluso de veinte, pero al final perderemos. Lo único que podemos decidir es la forma de nuestra derrota, nada más. ¿Tiene la más mínima idea de lo que es eso? ¡Creo que no!
– Al contrario -dijo Rathbone con sarcasmo, a pesar de que sus palabras no eran más que una defensa contra su propia falta de juicio y su vulnerabilidad-. Me imagino muy bien la derrota, y estoy a punto de experimentarla en los tribunales. -Al decirlo sabía que su pequeña derrota personal no era comparable a la derrota de una nación, la pérdida de una identidad con siglos de antigüedad o del concepto de libertad, por ilusorio que éste fuera.
– ¡Se ha rendido! -exclamó Zorah entre sorprendida y desdeñosa.
A pesar de que Rathbone estaba resuelto a no dejar que lo provocara, la condesa consiguió hacerlo.
– Me he enfrentado a la realidad -rebatió Rathbone-. Es otra cara de la misma moneda. No tenemos alternativa. No puedo más que presentarle los hechos y ofrecerle la mejor opción posible; la decisión es cosa suya.
Zorah enarcó mucho las cejas.
– ¿Rendirme antes de la batalla o luchar hasta la posible derrota? Bonita ironía. Es exactamente el dilema al que se enfrenta mi país. Creo que yo no elegiría la asimilación para mi país, aunque no podamos ganar. En mi caso, escojo la guerra.
– Tampoco podemos ganar, condesa -dijo él, muy a su pesar. Detestaba tener que decírselo. Era obstinada, estúpida, arrogante y demasiado indulgente consigo misma, pero tenía valor y, a su manera, cierta clase de honor. Por encima de todo, se apasionaba por las cosas. Le harían daño, y saberlo le dolía.
– ¿Está diciendo que debería retirar la acusación, decir que mentí, y pedirle perdón a esa mujer? -inquirió.
– Al final se verá obligada a ello. ¿Prefiere hacerlo ahora, en privado, o en público, cuando se demuestre que es incapaz de probar la acusación?
– Nunca sería en privado -arguyó Zorah-. Gisela se aseguraría de que todo el mundo se enterase o de lo contrario no tendría sentido. No es que me importe. No me retractaré de nada. Ella lo asesinó. El hecho de que usted no pueda encontrar las pruebas no cambia nada.
Le enfurecía que cargara sobre él toda la responsabilidad.
– ¡Lo cambia todo ante la ley! -replicó Rathbone-. ¿Qué puedo decir para que lo entienda? -Oyó cómo crecía la desesperación en su voz-. Parece muy probable que podamos aportar pruebas a la teoría de que Friedrich fue asesinado. Los síntomas que padecía se acercaban más al envenenamiento con tejo que a una hemorragia interna. Incluso puede que consigamos la exhumación de su cadáver y una autopsia. -Vio con satisfacción la mueca de asco de Zorah-. Pero aunque eso nos dé la razón, Gisela es la persona que menos acceso tuvo a las hojas venenosas. No se apartó de su lado. ¡Por todos los Santos, condesa, si cree que lo asesinaron por algún motivo político, dígalo! ¡No sacrifique su reputación acusando a la única persona que no puede ser culpable sólo para hacer que la justicia se encargue del caso!
– ¿Y qué me sugiere? -preguntó Zorah con la voz tensa, quebrada a causa de la presión, del esfuerzo por no parecer alterada-. ¿Que acuse a Klaus von Seidlitz? ¡Él no es el culpable!
Aún estaba de pie, la luz del fuego se reflejaba roja en su falda. Fuera oscurecía.
– Sabe que no fue Klaus. No tiene pruebas de que fuera Gisela. -En su interior se abrió de pronto la esperanza-. Retire entonces la acusación, investigaremos hasta que encontremos pruebas suficientes ¡e iremos con ellas a la policía! ¡Diga la verdad! Diga que cree que lo asesinaron pero que no sabe quién lo hizo. Que nombró a Gisela sólo para hacer que alguien la escuchara e investigase. Pídale disculpas. Diga que ahora se da cuenta de que se equivocaba al sospechar de ella y que espera que perdone su error de juicio y se una a nosotros para descubrir la verdad. No podrá negarse. De otro modo daría la impresión de estar involucrada. Yo redactaré su declaración.
– ¡No lo hará! -dijo llena de furia, la mirada candente y obcecada-. Iremos a juicio.
– ¡Pero no hay razón para ello! -¿Por qué era tan obtusa aquella mujer? ¡Iba a causarse a sí misma un daño innecesario!-. Monk investigará cuanto pueda…
– ¡Bien! -Dio media vuelta y miró hacia la ventana-. Entonces que continúe hasta que lleguemos a los tribunales, y así podrá testificar a mi favor.
– Quizá no haya tiempo.
– ¡Pues dígale que se apresure!
– Retire la acusación contra Gisela. Así el juicio no tendrá lugar. Podrá reclamar daños y perjuicios, pero puedo recurrir a su favor para que…
Se volvió de golpe para fulminarlo con la mirada.
– ¿Se niega a seguir mis instrucciones, sir Oliver? Esa es la palabra adecuada, ¿verdad? Instrucciones.
– Intento aconsejarla… -dijo él con desesperación.
– Ya he escuchado su consejo y lo he rechazado -le interrumpió-. Parece que no puedo hacerle comprender que estoy convencida de que Gisela mató a Friedrich y de que no voy a acusar a nadie más. Un truco, añadiré, que no creo que funcionase.
– Pero ella no lo mató. -Su voz sonaba más fuerte y más estridente de lo que le hubiera gustado, pero Zorah le estaba poniendo a prueba hasta la exasperación-¡No se puede demostrar algo que no es verdad! Y yo no participaré en el intento.
– Yo creo que es verdad -dijo ella, inflexible, la cara tensa, el cuerpo rígido-. Y usted no es juez, además de abogado, ¿verdad?
Rathbone respiró hondo.