Oliver no contestó nada. El fuego se convirtió en un torbellino de chispas, y notó que tenía frío.
Hester ya estaba segura, no le quedaba esperanza alguna de que Robert Ollenheim volviera a caminar. El médico no se lo había dicho a Bernd y a Dagmar, pero no había discutido cuando Hester le puso a prueba en el breve momento en que estuvieron a solas.
Hester pretendía escapar un rato de la casa para organizar sus pensamientos antes de enfrentarse a unos padres que se verían impelidos a aceptar la verdad. Sabía que su dolor sería profundo, y se sentía incapaz de ayudar. Todas las palabras que se le ocurrían sonarían condescendientes, porque en el fondo nunca podría compartir su dolor. ¿Qué se le puede decir a una madre cuyo hijo no volverá a ponerse de pie, ni a caminar, ni a correr, no bailará nunca ni montará a caballo, ni siquiera podrá salir de su habitación sin ayuda? ¿Qué se le dice a un hombre cuyo hijo no seguirá sus pasos, nunca será independiente, nunca tendrá hijos con los que perpetuar el apellido y la familia?
Pidió permiso para salir alegando motivos personales y, como se lo concedieron de buen grado, subió a un coche de caballos en dirección al este, cruzando la ciudad, hasta Vere Street, y le preguntó a Simms si podía ver a sir Oliver, si disponía de unos minutos libres.
No tuvo que esperar mucho, en veinte minutos la hizo pasar. Rathbone estaba de pie en medio de la oficina. Había varios libros enormes abiertos sobre el escritorio, como si hubiese estado buscando alguna referencia. Parecía cansado. La tensión había dejado huellas alrededor de sus ojos y su boca. Rathbone había peinado mal su claro cabello, algo impropio de él. Su traje era tan inmaculado como de costumbre, de corte perfecto, pero él no caminaba tan erguido.
– Mi querida Hester, cómo me alegro de verte -dijo con un placer que a ella le sorprendió. Cerró el libro que sostenía en la mano y lo dejó en el escritorio junto a los demás-. ¿Cómo se encuentra tu paciente?
– Ha recuperado la salud -respondió, acercándose bastante a la verdad-. Pero me temo que no volverá a caminar. ¿Cómo va tu caso?
Su cara destilaba preocupación.
– ¡No volverá a caminar! Entonces su recuperación es sólo parcial.
– Me temo que así es. Pero, por favor, prefiero que no se lo digas a nadie. No podemos ayudar. ¿Qué tal va tu caso? ¿Has tenido noticias desde Venecia? ¿Ha descubierto Monk algo útil?
– Si lo ha hecho, me temo que se lo guarda para sí. -Le indicó la silla que tenía enfrente y luego se sentó en la esquina del escritorio dejando colgar un poco la pierna, como si estuviera demasiado inquieto para sentarse correctamente.
– ¿Pero ha escrito? -insistió ella.
– Tres cartas, y en ninguna me dice nada que pueda usar en los tribunales. Ahora irá a Felzburgo para ver qué puede averiguar allí.
No era sólo la completa falta de noticias fructíferas lo que le preocupaba, sino la inquietud en la mirada de Rathbone, el modo en que sus dedos jugaban con un fajo de papeles. No era propio de él toquetear las cosas sin sentido; seguro que ni siquiera se daba cuenta de que lo estaba haciendo. Hester se enfureció de pronto con Monk por no haber descubierto nada útil, por no estar ahí para compartir la preocupación y la creciente sensación de impotencia. Pero el pánico no serviría de nada. Debía mantener la tranquilidad y pensar de un modo racional.
– ¿Crees que la condesa Rostova ha sido sincera al realizar su acusación?
Rathbone vaciló sólo un instante.
– Sí, lo creo.
– ¿Podría estar en lo cierto y que Gisela hubiese matado a su marido?
– No. -Rathbone negó con la cabeza-. Es la única persona que no tuvo oportunidad de hacerlo. No se apartó de su marido después del accidente.
– ¿Ni un momento? -preguntó ella sorprendida.
– Al parecer, no. Estuvo cuidándolo. ¿Supongo que no se deja solo a un paciente grave?
– En ese caso, yo habría ordenado que hubiera alguien a su lado mientras yo dormía -contestó ella-. Y quizá habría bajado a la cocina a prepararle yo misma la comida o a hacer infusiones de hierbas para calmarlo. Hay muchas cosas que se pueden hacer para aliviar el dolor una vez que el enfermo está consciente.
Rathbone aún parecía dudar.
– Reina de los prados -se explayó Hester-. Las compresas son magníficas para aliviar el dolor y la hinchazón. La prímula también es buena. El romero levanta el ánimo. La canela y el jengibre van bien para el dolor de cabeza. Los baños de caléndula ayudan a que la piel cicatrice. La manzanilla es buena para los problemas de digestión y ayuda a dormir. Un poco de infusión de verbena para el estrés y la ansiedad, que también ella podría haber tomado. -Sonrió, mirándolo a la cara-. Y siempre está el vinagre de los cuatro ladrones contra la infección, que es el gran peligro cuando se sufren heridas.
Una sonrisa apenas esbozada asomó en el semblante de Rathbone.
– Tengo que preguntarlo -admitió-: ¿qué es el vinagre de los cuatro ladrones?
– Cuatro ladrones sanos fueron descubiertos durante una epidemia de peste -respondió Hester-. Les ofrecieron la libertad a cambio de la receta de su remedio.
– ¿Vinagre? -preguntó Rathbone con sorpresa.
– Ajo, espliego, romero, salvia y menta además de una cantidad específica de artemisa y ruda -respondió-. Tiene que medirse con mucha exactitud y hacerse de una forma especial, con vinagre de sidra. Unas pocas gotas bastan, diluidas en agua.
– Gracias -dijo él con gravedad-. Pero según la información de Monk, Gisela no salió de sus habitaciones para nada. Todos los preparados llegaban de la cocina y los subía el médico. Y es llevar las cosas al límite creer que podía tener con ella un preparado de tejo de antemano, ¡por si acaso lo necesitaba!
– Evidentemente, ya le has contado eso a la condesa, y le habrás aconsejado que retire la acusación y se disculpe. -No lo formuló en tono de pregunta, habría sido insultante. Además de la vulnerabilidad que Rathbone mostraba en aquellos momentos, Hester no se habría atrevido a insinuar que ella controlaba detalles de su profesión que él había descuidado. El equilibrio entre ambos era delicado, la menor torpeza podría romperlo.
– Sí. -Miraba sus dedos, no a ella-. Se niega a hacerlo -continuó antes de que pudiera preguntar-. Y yo no puedo abandonarla, a pesar de su necedad. Me he comprometido a hacer cuanto pueda para proteger sus intereses.
Hester vaciló un momento, temía preguntar algo para lo que Rathbone tal vez no tendría respuesta. Pero aunque no lo hiciera, estaba claro que pensaba en ello. Lo apreció en su mirada, directa y suave, expectante.
– ¿Qué puedes hacer? -dijo Hester pausadamente.
– No lo suficiente -contestó él con una sonrisa burlona.
– ¿Nada? -Tenía que presionarlo. Él esperaba que ella lo hiciera. A lo mejor necesitaba compartir el sentimiento de derrota. A veces el miedo expresado con palabras se hacía más llevadero. Lo había descubierto con los hombres en el campo de batalla. Cuanto más tiempo se callaban, más crecía su pánico. Encarándolo de frente, viendo sus proporciones definidas, podían reunir fuerzas para combatirlo. Lograban moderar la sensación de encontrarse sumidos en una pesadilla. Y la situación del abogado no podía ser tan horrible como lo era en primera línea de fuego. Aún recordaba con horror cómo los campos quedaban ensangrentados, así como la tristeza que había que olvidar si se pretendía vivir y ser útil a partir de entonces. Nada de aquel caso podía compararse con el pasado. Pero no podía decirle eso a Rathbone. Para él, ésa era su lucha y su desastre.
Rathbone ponía en orden sus pensamientos. Aún estaba sentado de lado sobre el borde del escritorio, pero había dejado de toquetear los papeles.
– Si podemos demostrar que fue un asesinato, tal vez logremos distraer la atención de la gente respecto al hecho de que Zorah acusara a la persona equivocada -dijo con calma-. No sé demasiado acerca de la princesa Gisela. Creo que debería enterarme de la relación que las unió en el pasado y de su situación financiera actual para determinar qué indemnización puede buscarse. -Rathbone se mordió el labio-. Si odia a Zorah tanto como Zorah la odia a ella, es muy probable que quiera arruinarla.