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– ¿No se puede hacer nada? -preguntó el barón-. ¿Tal vez algún colega suyo? No es mi intención ofenderlo, ¿pero si quisiéramos una segunda opinión? ¿Un cirujano? Ahora que se puede anestesiar a un paciente para operarlo, seguro que también se podrá… arreglar lo que sea que esté roto. Yo… -se detuvo.

Dagmar se había acercado aun más a su esposo, se agarraba a su brazo con mucha fuerza.

– No se trata de huesos rotos -dijo el médico con toda la calma que pudo reunir-. Se trata de los nervios que aportan la sensibilidad.

– ¿Y no puede caminar sin sensibilidad? -preguntó Bernd-. ¡Aprenderá! -Su rostro se vio ensombrecido por el dolor y la rabia ante su propia impotencia. No quería creer lo que le estaban diciendo-. ¡Tardará un tiempo, pero lo conseguiremos!

– No. -Hester habló por primera vez.

El barón la fulminó con la mirada.

– Gracias por su opinión, señorita Latterly, pero en este momento no es apropiada. ¡No perderé la esperanza por mi hijo! -Se le quebró la voz y se refugió en la rabia-. Su deber es cuidar de él. ¡Usted no es médico! Haga el favor de no aventurar opiniones profesionales que están más allá del alcance de sus conocimientos.

Dagmar se estremeció como si la hubieran golpeado.

El médico abrió la boca pero no supo qué decir.

– No es una opinión médica -repuso Hester con gravedad-. He visto a muchos hombres aceptar el hecho de que una herida no sanará nunca. Una vez han aceptado la verdad, no es bueno mantener viva una esperanza que nunca podrá cumplirse. De hecho, es obligar al enfermo a soportar una carga intolerable.

– ¡Cómo se atreve! -exclamó el barón-. ¡Su impertinencia es intolerable! Me…

– No es ninguna impertinencia, Bernd -interrumpió Dagmar, acariciándole la mano, aún aferrada a él-. Intenta ayudarnos a hacer lo que es mejor para Robert. Si no va a volver a caminar, es mejor que no pretendamos que, de algún modo, podrá hacerlo.

Él se apartó, liberó el brazo de entre las manos de ella. Al rechazarla, rechazaba también lo que decía.

– ¿Estás dispuesta a rendirte tan pronto? ¡Bueno, pues yo no me rendiré! Es mi hijo. ¡No puedo rendirme! -Se volvió para esconder la emoción que deformaba sus rasgos.

Dagmar se volvió hacia Hester con el rostro transido de dolor.

– Lo siento -murmuró, intentando dominarse-. No es consciente de lo que dice. Sabemos que lo que usted afirma es lo mejor para Robert. Debemos enfrentarnos a la verdad. ¿Me ayudará a decírselo, por favor?

– Desde luego. -Hester estuvo a punto de ofrecerse a hacerlo en lugar de la baronesa, si ésta lo deseaba así, y luego se dio cuenta de que, si aceptaba, Dagmar sentiría que había fallado a su hijo por su propia debilidad. Era necesario, bien por Robert, bien porque tuviera la conciencia tranquila, que se lo dijese la propia Dagmar.

Se encaminaron juntas hacia la puerta, y el médico les siguió.

Bernd se giró como si fuese a decir algo, luego cambió de opinión. Sabía que sus emociones sólo entorpecerían los acontecimientos.

Arriba, Dagmar llamó a la puerta de Robert y, cuando oyó su voz, la empujó y entró; Hester iba tras ella.

Robert estaba incorporado, como de costumbre, pero tenía el semblante muy pálido. Dagmar se detuvo.

Hester ansiaba ser ella la que comunicase la sentencia. Refrenó ese impulso con la garganta tensa.

Robert miraba a Dagmar. Por un momento hubo esperanza en su mirada, pero al poco no quedó más que miedo.

– Lo siento, cariño -empezó Dagmar, sus palabras eran roncas y llorosas-. No irá a mejor. Tenemos que ver lo que podemos hacer tal como está.

Robert abrió la boca, luego apretó los puños y se la quedó mirando en silencio. Durante unos minutos, hablar le resultó imposible.

Dagmar dio un paso al frente, luego retrocedió.

Hester sabía que nada de cuanto pudiera decir serviría de nada. De momento, el dolor lo devoraba todo. Aunque cambiaría, la rabia lo reemplazaría en parte, al menos por un tiempo, luego quizá aparecería la desesperación, la autocompasión y, finalmente, la aceptación, antes de empezar a adaptarse.

Dagmar avanzó de nuevo y se sentó en el borde de la cama. Tomó la mano de Robert entre las suyas. Él apretó, como si todo su pensamiento y su voluntad se concentraran en esa parte de su cuerpo. Los ojos miraban al frente, pero sin ver nada.

Hester retrocedió y tiró de la puerta para cerrarla.

Fue a media mañana del día siguiente cuando Hester volvió a ver a Bernd. Estaba sentada frente al fuego en la sala de estar verde escribiendo cartas, la mayoría de ellas para ayudar a Dagmar a trasmitir disculpas y explicaciones a amigos, cuando Bernd entró.

– Buenos días, señorita Latterly -dijo con sequedad-. Creo que le debo una disculpa por mis palabras de ayer. Mi intención no era ser descortés con usted. Le estoy… enormemente agradecido… por el aprecio que ha demostrado tenerle a mi hijo.

Hester sonrió y dejó la pluma.

– No lo ponía en duda, barón. Su inquietud es natural. Cualquiera se habría sentido como usted. Por favor, le ruego que lo olvide.

– Mi mujer me ha dicho que fui… grosero…

– Ya lo he olvidado.

– Gracias. ¿Espero… que seguirá cuidando de Robert? Va a necesitar mucha ayuda. Por supuesto, con el tiempo buscaremos un criado más apropiado, pero hasta entonces…

– Aprenderá a hacer muchas más cosas de lo que ahora cree -le aseguró-. Está impedido, no enfermo. La mejor ayuda sería una silla de ruedas cómoda para que pueda moverse.

Bernd se estremeció.

– ¡La detestará! La gente sentirá lástima de él. Se sentirá… -Calló, incapaz de continuar.

– Se sentirá hasta cierto punto independiente -ella acabó la frase por él-. La alternativa es quedarse en cama. No hay necesidad de eso. No es un inválido. Tiene manos, inteligencia y sentidos.

– ¡Será un tullido! -Hablaba del futuro, como si reconocerlo en tiempo presente lo hiciera más real y aún no pudiese soportarlo.

– No puede mover las piernas -dijo ella con delicadeza-. Deben ayudarle a que pueda moverse todo lo posible dentro de sus posibilidades. Tal vez la gente le tenga lástima al principio, pero sólo seguirá siendo así si él siente lástima por sí mismo.

Bernd continuó mirándola. Parecía agotado: tenía círculos oscuros alrededor de los ojos y su tez parecía fina como un papel.

– Me gustaría pensar que tiene razón, señorita Latterly -dijo al cabo de un par de segundos-. Pero hablar es muy fácil. Ya sé que ha visto a muchos jóvenes incapacitados por causa de la guerra y heridas quizá mucho peores que la de Robert. Sin embargo, usted sólo ve la terrible primera impresión, después pasa a ocuparse de otro paciente. No es testigo de los lentos años que siguen, las esperanzas perdidas, el encarcelamiento insoportable, que acaba con los placeres y los logros de la vida.

– No sólo he cuidado a soldados, barón Ollenheim -respondió ella con suavidad-. Pero, por favor, no deje que Robert sepa que usted piensa que su vida se ha malogrado o acabará destrozándolo. Puede que incluso sus temores se hagan realidad a base de creer en ellos.

Bernd la miraba fijamente; duda, rabia, sorpresa y luego comprensión cruzaron por su rostro.

– ¿A quién escribe? -dijo el barón mirando el papel y la pluma frente a Hester-. Mi esposa me ha dicho que ha aceptado ayudarla con una parte de la correspondencia que se ha vuelto impostergable. ¿Sería tan amable de transmitirle nuestro agradecimiento a la señorita Stanhope y decirle que ya no la necesitaremos más? ¿Cree que sería apropiado ofrecerle algún tipo de compensación por su amabilidad? Tengo entendido que sus ingresos son restringidos.

– No, creo que no sería apropiado -cortó Hester con brusquedad-. Es más, creo que sería un grave error decirle que ya no la necesitan. Alguien tiene que animar a Robert a que salga, a que aprenda nuevos pasatiempos.

– ¿Salir? -Estaba asustado, dos nubes de color le manchaban las pálidas mejillas-. Me cuesta pensar que quiera salir, señorita Latterly. Ése es un comentario muy insensible.