– Está impedido, barón Ollenheim, no desfigurado -señaló Hester-. No tiene nada de lo que avergonzarse.
– Claro que no. -Se había enfadado muchísimo, tal vez porque vergüenza era precisamente lo que sentía él frente al hecho de que un miembro de su familia fuese un ser incompleto, menos viril, y dependiera de la ayuda de los demás.
– Creo que sería sensato animarle a que siga recibiendo las visitas de la señorita Stanhope -insistió Hester con calma-. Ella está al tanto de su situación, y para él será más fácil confiar en alguien conocido, al menos al principio.
Bernd pensó durante un largo rato antes de contestar. Parecía cansado sobremanera.
– No quisiera ser injusto con la chica -dijo al fin-. Ya ha sufrido bastantes desgracias, por lo que puede apreciarse en su aspecto y por lo que mi mujer me ha explicado de sus circunstancias. No podemos ofrecerle un puesto permanente. Robert necesitará a un criado especial y, naturalmente, con el tiempo, si retoma las viejas amistades, aquéllos que estén dispuestos a adaptarse a su nueva situación… -Tenía el semblante alterado-. Entonces ella se sentiría excluida. No debemos aprovecharnos ni de su generosidad ni de su vulnerable posición.
No escogió las palabras con ánimo de ofender, pero Hester vio reflejada en ellas su propia situación: empleada para ayudar en una época de dolor y desesperanza, habían dependido de ella, confiado en ella por completo durante una breve temporada, después, cuando la crisis pasara, le pagarían, le daban las gracias y la despedirían. Ni ella ni Victoria formarían parte permanente de la vida de Robert; no pertenecían a la misma clase social, y eran amigos sólo en un sentido muy limitado y estrictamente definido.
Pero a Victoria no le pagaban, su posición no era tan bien entendida.
– Tal vez debamos dejar que Robert lo decida -dijo Hester con menos dignidad y dominio de lo que le habría gustado. Estaba enfadada por Victoria, y por ella misma, y se sentía enormemente sola.
– Muy bien -aceptó él con desgana, ajeno por completo a sus sentimientos. Ni siquiera se le había ocurrido que Hester pudiera tenerlos-. Al menos por el momento.
De hecho, Victoria apareció en la casa la mañana siguiente. Hester la vio antes de que subiera. Le hizo una seña para que se acercara al rellano, cerca de un gran jarrón chino en el que había plantada una palmera. La luz del sol entraba por las ventanas y dibujaba brillantes cuadros en el pulido entarimado del suelo.
Victoria vestía un traje de lana color ciruela oscuro. Debía tratarse de un resto de días más afortunados. Le sentaba muy bien, prestaba algo de color a sus mejillas, y el cuello blanco iluminaba sus ojos, aunque no erradicara de ellos la inquietud ni el fugaz destello de comprensión.
– Lo sabe, ¿verdad? -dijo antes de que Hester tuviese tiempo de hablar.
No tenía sentido mostrarse evasiva.
– Sí.
– ¿Y el barón y la baronesa? Deben de estar muy dolidos.
– Sí. Creo que tal vez usted pueda ayudar. Está menos involucrada. En cierto sentido, ya ha estado ahí. La impresión y la rabia ya han pasado en usted.
– Sólo a veces. -Victoria sonrió, pero su mirada era sombría-. Hay mañanas en las que me despierto y durante los primeros minutos lo olvido, y luego todo me vuelve como si fuese nuevo otra vez.
– Lo siento. -Hester estaba avergonzada. Pensó en todas las esperanzas y los sueños que tiene cualquier joven: fiestas y bailes, idilios, amor y matrimonio, hijos algún día. Ser consciente de golpe de que todo eso nunca sería posible debía de ser tan horrible como todo lo que hubiera de afrontar Robert-. Me refería a que ya ha aprendido a controlarlo en vez de dejar que la controle a usted.
La sonrisa de Victoria fue fugaz, auténtica antes de desvanecerse, luego la preocupación regresó a su mirada.
– ¿Cree que querrá verme?
– Sí, aunque no estoy segura de qué humor tendrá ni de lo que se puede esperar de él.
Victoria no contestó, sino que atravesó el rellano con la espalda erguida camino de las escaleras, agitando un poco la falda, de vivo color allí donde le daba la luz. Quería parecer hermosa y grácil, pero se movía con torpeza. Detrás de ella, Hester se percató de que estaban viviendo un día de mucho dolor. De pronto casi odió a Bernd por querer despedir a la chica para que no fuese amiga de Robert, para que no llegara a ocupar un lugar en su vida una vez se hubiera resignado a la dependencia y hubiera aprendido a vivir con ella.
Victoria llamó a la puerta y, cuando oyó la voz de Robert, abrió y entró. Dejó la puerta entreabierta, como mandaba la costumbre.
– Tiene mejor aspecto -dijo en cuanto estuvo dentro-. Temía que volviera a encontrarse mal.
– ¿Por qué? -preguntó él-. Ya no estoy enfermo.
Ella no evadió el tema.
– Porque ahora sabe que no mejorará. A veces la conmoción y la pena pueden hacerte sentir mal. Pueden provocarte dolor de cabeza o incluso hacerte vomitar.
– Me siento fatal -dijo Robert sin emoción-. Si supiera cómo morirme, en un acto voluntario, seguramente lo haría… Pero no puedo hacerlo, mi madre se sentiría culpable. Así que estoy atrapado.
– Hace un día muy bueno. -La voz de Victoria sonaba tranquila y natural-. Creo que debería bajar y salir al jardín.
– ¿En sueños? -preguntó él con un duro tono sarcástico-. ¿Me va a describir el jardín? No hace falta. Ya sé cómo es y prefiero que no lo haga. Sería como echar sal en las heridas.
– No puedo describirlo -replicó ella con sinceridad-. Nunca he estado en el jardín. Siempre he subido directamente. Me refería a que estaría bien que alguien lo bajara allí. Como ha dicho, ya no está enfermo. Y no hace frío. A mí me gustaría ver el jardín. Podría enseñármelo.
– ¡Qué! ¡Y hacer que el mayordomo me lleve a cuestas mientras le digo: «Éste es el arriate de rosas, éstos los ásteres, allí están los crisantemos»! -exclamó con amargura-. ¡No creo que el mayordomo tenga suficiente fuerza! ¿O había pensado en un par de criados, uno a cada lado?
– El criado podría bajarlo y usted podría sentarse en una silla en el césped -contestó ella, negándose a responder de manera emocional, por mucho dolor o rabia que sintiera-. Desde allí podría señalarme los arriates. A mí tampoco me apetece hoy caminar demasiado.
Hubo un momento de silencio.
– Oh -dijo por fin Robert, en un tono diferente, contenido-. ¿Le duele?
– Sí.
– Lo siento. No había pensado en ello.
– ¿Me enseñará el jardín, por favor?
– Me sentiría… -se detuvo.
– Deje de pensar en cómo se sentiría -le respondió-. ¡Hágalo! ¿O piensa pasarse el resto de su vida en la cama?
– No se atreva a hablarme… -su voz se fue apagando.
Hubo un largo silencio.
– ¿Me acompaña? -dijo al fin Victoria.
La campanilla que había junto a la cama de Robert sonó, Hester se arregló el delantal y llamó a la puerta.
– Adelante -respondió Robert.
Hester abrió la puerta.
– ¿Sería tan amable de pedirle al criado que me ayude a bajar, Hester? -dijo Robert, mordiéndose el labio y mirándola con vergüenza, el miedo y el temor a la burla se reflejaban en sus ojos-. La señorita Stanhope quiere que le enseñe el jardín.
Hester le había prometido a Rathbone que averiguaría todo lo posible acerca de Zorah y Gisela, o acerca de cualquier otra cosa que pudiera ayudarlo. La movía la curiosidad por saber qué verdad se escondía tras aquella grave acusación, qué emociones impulsaban a dos mujeres tan diferentes y al príncipe que había estado entre ellas. Pero mucho más espacio ocupaba en su mente el temor que sentía por Rathbone. Había acometido el caso con buen ánimo para descubrir, sólo después, que los hechos materiales hacían imposible que Gisela fuera culpable. No había posible defensa para el comportamiento de Zorah. Tendría que abandonar, y de la peor forma posible la cima de su carrera, que justo acababa de alcanzar. Dejando de lado la opinión pública, sus iguales no le perdonarían por haber tenido el atrevimiento de atacar a una familia real extranjera con una acusación que no podía demostrar.