Zorah Rostova era una mujer a la que no podían respetar. Había desafiado todas las reglas. No había vuelta atrás para ella, ni tampoco para sus aliados. A no ser que se demostrara su inocencia; en la intención, no en los hechos.
No resultaba sencillo escoger un momento en el que los miembros de la casa pudieran mostrarse receptivos a una conversación sobre Zorah. La tragedia de Robert había ensombrecido todo lo demás. Hester se desesperaba. Casi siempre tenía a Rathbone presente, y la urgencia del caso se hacía mayor con cada día que pasaba. El juicio estaba fijado para finales de octubre, faltaban menos de dos semanas.
Se veía forzada a provocar una conversación, se sentía extraña y desazonadamente consciente de que podía provocar, por torpeza, que cualquier futura pregunta resultara inviable. Dagmar estaba sentada junto a la ventana abierta, remendando distraídamente el encaje del cuello de una blusa. Lo hacía sólo para tener las manos ocupadas. Hester se sentó a cierta distancia, con la costura también en las manos, una de las camisas de dormir de Robert necesitaba arreglo porque la manga se había salido de la sisa. Enhebró una aguja, se puso el dedal y empezó a dar puntadas.
No podía permitirse vacilar más.
– ¿Asistirá al juicio?
Dagmar levantó la vista, sorprendida.
– ¿Juicio? ¿Se refiere al de Zorah Rostova? No lo había pensado. -Miró por la ventana al jardín, donde Robert leía, sentado en una silla de ruedas que Bernd había comprado. Victoria no había venido, así que estaba solo-. No sé si tendrá frío -comentó preocupada.
– Tiene una manta -contestó Hester, tragándose la irritación-. Y la silla se mueve muy bien. Por favor, perdone que se lo diga, pero Robert estará mejor si le permiten hacer cosas por sí mismo. Si lo tratan como si fuera un inválido, se convertirá en un inválido.
Dagmar sonrió compungida.
– Sí, lo siento. Claro que sí. Debe de pensar que soy una tonta.
– De ningún modo -contestó Hester-. Sólo está dolida y no sabe cómo ayudar. Imagino que el barón sí que irá, ¿no?
– ¿Adónde?
– Al juicio. -No podía dejarlo. El rostro alargado y meticuloso de Rathbone, con sus graciosos ojos y la boca bien definida, estaba muy presente en su cabeza. Nunca antes lo había visto dudar de sí mismo. Se había enfrentado a la derrota de los demás con determinación, destreza y una fuerza inagotable. Pero tratándose de sí mismo, la cosa era diferente. Hester no dudaba de su valor, pero sabía que bajo su habitual compostura Rathbone se sentía profundamente desconcertado. Había descubierto cualidades en él que no le gustaban, puntos débiles, cierta complacencia que había quedado destrozada.
– ¿No irá? -insistió Hester-. A fin de cuentas, no sólo se trata de la vida y la muerte de personas que conocían bastante bien, sino tal vez del asesinato de un hombre que podía haber sido su rey.
Dagmar dejó incluso de fingir que cosía. La tela le resbaló de las manos.
– Si alguien me hubiera dicho hace tres meses que esto sucedería, habría dicho que era una ridiculez. ¡Es del todo absurdo!
– Claro, usted debe de conocer a Gisela -apremió Hester-. ¿Cómo es? ¿Siente aprecio por ella?
Dagmar reflexionó durante unos segundos.
– Supongo que en realidad no la conocía, la verdad -dijo finalmente-. No es la clase de mujer a quien una llega a conocer.
– No entiendo -dijo Hester con urgencia.
Dagmar frunció el ceño.
– Tenía admiradores, personas que disfrutaban de su compañía, pero no parecía tener buenos amigos. Si a Friedrich le gustaba alguien, a ella también; si no, para ella aquella persona apenas existía.
– Pero ustedes no le desagradaban a Friedrich -dijo Hester, anhelando que fuera cierto.
– Oh, no -confirmó Dagmar-. Creo que en cierto modo éramos amigos, al menos algo más que simples conocidos, antes de que apareciera Gisela. Pero ella le hacía reír, incluso cuando creía estar cansado, o aburrido, o harto de sus obligaciones. Yo nunca podría hacer algo así. La he visto actuar en esos largos banquetes en que los políticos dan interminables discursos, donde a Friedrich la mirada se le ponía vidriosa intentando fingir que escuchaba. -Sonrió al recordarlo, por una vez se olvidó de Robert, abajo, en el jardín-. Entonces ella se inclinaba y le susurraba algo -prosiguió-. Y a él se le encendía la mirada; de pronto todo volvía a ser importante. Era como si ella pudiese llegar a su mente con tan sólo una palabra, o una mirada, y hacerle partícipe de su vitalidad y su risa. Creía en él. Veía todo lo bueno que tenía. Le quería muchísimo. -Miraba a la lejanía, el rostro enternecido por el recuerdo, y tal vez teñido de envidia por tan perfecta unión, de corazón y pensamiento-. Absolutamente y sin reservas -dijo Dagmar con nostalgia, interrumpiendo los pensamientos de Hester-. La adoraba. En cualquier lugar, siempre podía saberse dónde estaba Gisela, porque de vez en cuando los ojos de Friedrich la buscaban, aunque estuviera hablando con alguien. Y estaba orgulloso de ella, de su gracia, su ingenio y de la forma en que se conducía, su elegancia y su estilo al vestir. Friedrich esperaba que le gustase a todo el mundo. Le ponía muy contento que así fuera, y no podía comprender que alguien no compartiera su entusiasmo por ella.
– ¿Había mucha gente a quien le desagradara Gisela? -preguntó Hester-. ¿Por qué la detestaba tanto la reina? ¿Y también, según parece, la condesa Rostova?
– No conozco ningún motivo, a no ser, claro está, que la reina quisiera casar a su hijo con Brigitte von Arlsbach -explicó Dagmar-. Y Gisela, por el contrario, animó a Friedrich a rebelarse. -Sonrió al recordar algo-. Estaba acostumbrado a hacer lo que le ordenaran. El protocolo real es bastante rígido. Siempre había algún secretario o un consejero para recordarle la actitud adecuada, el comportamiento correcto, con quién debía hablar, pasar el tiempo, a quién debía halagar, a quién despreciar, qué era incorrecto. Gisela se reía y le decía que se lo pasara bien. Era el príncipe heredero, podía hacer lo que se le antojase.
Se encogió de hombros.
– Claro que eso no es así -prosiguió-. Cuanto más alto es el rango, más necesario es cumplir con el deber. Pero la familia de Gisela ni siquiera pertenecía a la aristocracia, mucho menos a la realeza, y por eso no entendía el protocolo. Creo que para él gran parte del encanto de Gisela residía en eso. Le ofrecía un tipo de libertad que no había conocido. Hacía que Friedrich encontrara divertidos a los cortesanos que gobernaban su vida. Era ingeniosa, escandalosa y rebosaba diversión. -Dagmar tomó aire y lo soltó con un bufido-. Para Ulrike no era más que una irresponsable, una egoísta y, en consecuencia, un peligro para el trono.
– ¿Pero no habría tenido que aprender a comportarse de otro modo, habida cuenta que iba a casarse con el heredero de la corona? -preguntó Hester-. Quiero decir, ¿no buscó el beneplácito de la reina?
– No lo sé -respondió Dagmar, compungida-. La reina no se lo concedió.
En el jardín las hojas caían lentamente. Un remolino de viento lanzó un puñado contra la ventana. Dagmar miró hacia Robert con preocupación.
– ¿Brigitte quería a Friedrich? -se apresuró a preguntar Hester.
Dagmar volvió a mirarla.
– No lo creo. Pero se habría casado con él, pues lo consideraba su deber, y supongo que habría sido una buena reina.
– La condesa Rostova debe de odiar a Gisela para haberla acusado de semejante aberración. -Hester no estaba descubriendo nada que ayudara lo más mínimo. Todo aquello empeoraría el caso de Rathbone en lugar de mejorarlo-. Tiene que ser algo más que envidia. ¿Cree que puede estar manipulada por otra persona con fines más oscuros? -Se inclinó un poco hacia delante-. ¿A quién conoce ella que pueda beneficiarse personalmente de una acusación que no puede ser demostrada?