Monk había intentado explicárselo a Evelyn cuando se cruzó con ella en la estación, pero estaba ocupada con los preparativos del viaje y no le interesaban en ese momento tales reflexiones. Klaus estaba sombrío, su enorme figura se alzaba tras la de su esposa, los hombros algo encorvados, la mente preocupada por lo que haría al llegar a Felzburgo. Se mostró impaciente con los funcionarios del ferrocarril, de mal humor con su propio servicio y ni siquiera reparó en Monk.
Evelyn puso los ojos en blanco de manera expresiva y le dedicó al detective una deslumbrante sonrisa, como si aquella escena fuese de algún modo divertida. Luego siguió a su marido con aparente obediencia pero con paso arrogante, y le dirigió a Monk una mirada por encima de su hermoso hombro antes de entrar en el vagón.
Viajaron hacia el norte durante varias horas y el detective se durmió viendo pasar el paisaje. Le despertó una sacudida, tanto física como de la memoria. Durante un lapso de tiempo no logró recordar hacia dónde se dirigía. Pensaba en Liverpool. Iba allí por algo relacionado con barcos. Enormes clíperes transatlánticos llenaban su imaginación, un laberinto de mástiles contra un cielo ventoso, el golpe del agua contra los muelles, la franja grisácea del río Mersey. Podía ver los cascos de madera de los barcos que se alzaban a su lado mecidos por la marea. Olía la sal, la brea y los cabos.
Se sentía aliviado, como si lo hubiesen salvado de un peligro. Había sido algo personal. Monk estaba solo. Otra persona le había salvado y, corriendo un riesgo considerable, había confiado en él cuando no lo merecía. Era esa confianza lo que había marcado la diferencia entre la supervivencia y el desastre.
Iba sentado en el tren viendo pasar por la ventana colinas y árboles extraños. El traqueteo y las sacudidas eran reconfortantes; marcaban un ritmo que debería haberle tranquilizado.
Pero aquello no se parecía en nada a Inglaterra. No era lo bastante verde y el paisaje era demasiado abrupto. No era posible que fuera camino a Liverpool. Se sentía espeso, como si aún no se hubiera desembarazado del sueño. Tenía una inmensa deuda, ¿pero con quién?
El tren tenía altos paneles de separación entre cada fila de asientos, lo que otorgaba cierta intimidad, pero Monk comprobó que el hombre del final del pasillo leía un periódico en italiano. ¿Dónde habría comprado un periódico italiano?
Levantó la vista hacia la rejilla del portaequipajes y vio sus maletas. La etiqueta que colgaba de ellas decía «Felzburgo».
Cómo no. Empezó a recordar con bastante claridad: intentaba encontrar pruebas para defender a Zorah Rostova de la acusación de calumnia, lo cual significaba encontrar pruebas que inculparan a la princesa Gisela en el asesinato del príncipe Friedrich. Algo imposible, porque no sólo carecía de motivos, sino que tampoco había dispuesto de oportunidad para ello.
Era un encargo de locos. Pero tenía que hacer lo posible por ayudar a Rathbone, que se había precipitado de forma inusual al aceptar el caso. Ya era demasiado tarde para echarse atrás.
Y Evelyn von Seidlitz también viajaba en el tren. Monk sonrió al recordarlo. Con suerte la vería en la cena. Sería un placer; siempre lo era. Y si paraban en algún lugar agradable, tal vez la comida fuera buena. Aunque no deseaba pasar la noche en un asiento semirreclinable en el que resultaría muy complicado dormir más de lo que suponía dar unas cuantas cabezadas. Creía recordar que en algún lugar del mundo habían inventado, haría cosa de cuatro o cinco años, un vagón con camas de verdad. A lo mejor había sido en América. En todo caso no se trataba de aquel tren, por mucho que viajase en los mejores asientos de los que disponía.
Se sentía muy cómodo. Aquello también le inquietaba. Tiempo atrás había ganado cantidades de dinero que hacían del lujo algo corriente. ¿Por qué había abandonado aquella vida para convertirse en policía?
La deuda que dominaba su consciencia era la clave de todo, pero por mucho que rebuscara en sus recuerdos, los motivos de la misma permanecían ocultos. El sentimiento era bastante claro: una obligación, un terrible peso que la lealtad de alguien le había quitado de encima cuando aún no se lo había ganado por derecho propio. ¿Pero quién? ¿El mentor y amigo al que había recordado antes con creciente claridad y profunda lástima? ¿Había pagado ya, o estaba todavía en deuda y por eso lo tenía tan presente? ¿Había escapado de algún lugar dejándola sin saldar? Quería creer que aquello no era posible. Podía haber sido brusco, injusto, a veces. No cabía duda de que había sido ambicioso de un modo desmesurado. Pero nunca había sido ni cobarde ni embustero. Era imposible que hubiera perdido en algún momento el sentido del honor.
¿Pero cómo iba a poder descubrirlo? No era sólo cuestión de volver al pasado, si eso fuera posible, y pagar la deuda. Además, si se trataba de su mentor, ya era demasiado tarde. Había muerto. Eso lo había recordado hacía meses. Era necesario conocerse a sí mismo para librarse del dolor de la duda, aunque las sospechas que tenía sobre su persona resultaran ser ciertas. En cierto sentido ya lo eran, a menos que pudiese demostrarse lo contrario. No podía dejar esa cuestión sin resolver.
El tren paraba regularmente para cargar agua y carbón, y para que los pasajeros satisfaccieran sus necesidades. Aun así, cincuenta años antes, o incluso menos, Monk hubiera tenido que recorrer ese mismo trayecto en carruaje, lo cual habría sido muchísimo más lento y menos cómodo.
Como Monk había previsto, cenaron en un mesón del camino y la comida fue espléndida. Klaus von Seidlitz regresó al tren un poco antes, en compañía de dos hombres muy solemnes y vestidos con uniforme militar, así que Monk pasó unos minutos junto a las vías en la estupenda compañía de Evelyn. Podía ver su rostro a la clara luz de las estrellas, los repentinos destellos rojizos de las chispas que salían de la locomotora y las lejanas antorchas sostenidas por los hombres que trabajaban paleando el carbón y reponiendo el agua para el viaje nocturno hacia el norte, cruzando Francia.
A Monk le hubiese gustado hablar con ella durante horas, preguntarle acerca de su vida, explicarle cosas que había visto y hecho que despertaran el brillo del interés en su semblante, intrigarla con el misterio y la realidad de su mundo. Le hubiese gustado hacerla reír.
Pero Rathbone ocupaba sus pensamientos. El tiempo se terminaba y no tenía nada valioso que llevarle al abogado. ¿Iba a consentirse todos los caprichos, quién sabe si una vez más, a expensas de otra persona? ¿Era ésa la clase de hombre que él era en el fondo?
Levantó la mirada al cielo nítido y fastuoso con su devastadora oscuridad y hacia las pálidas nubes de vapor que el viento disolvía a lo largo del andén. Los sonidos del carbón y el vapor parecían muy lejanos y Monk tenía plena consciencia de que Evelyn estaba a su lado.
– ¿Zorah no tiene amigos, familia, que puedan convencerle de que retire esa absurda acusación? -preguntó.
Monk advirtió cómo Evelyn suspiraba de impaciencia y se enfureció con unas circunstancias que, sólo en apariencia, ponían la miel en sus labios. ¡Maldito Rathbone!
– No creo que tenga familia -respondió Evelyn con brusquedad-. Siempre se ha comportado como si no la tuviera. Creo que es medio rusa.
– ¿Te gusta? O, al menos, ¿te gustaba hasta que montó todo este jaleo?
Evelyn se acercó un paso más. Monk podía oler su cabello y sentir la calidez de su piel cerca de la mejilla.
– No me importa en absoluto -respondió ella con voz queda-. Siempre he pensado que estaba un poco loca. Se enamoraba de las personas menos apropiadas. Uno de sus amantes era médico, muchos años mayor que ella y feo como un pecado. Pero lo adoraba, y cuando murió hizo verdaderas atrocidades. No prestaba atención a nadie. Decidió incinerarlo y después lanzó sus cenizas desde lo alto de una montaña. Fue muy desagradable. Tras ese incidente emprendió un largo viaje a algún lugar ridículo, cerca del Nilo, o algo así. Estuvo muchos años fuera. Hay quien dice que se enamoró de un egipcio y que vivieron juntos. -Su voz rezumaba repugnancia-. No se casaron, claro. Supongo que de todas formas el matrimonio entre un cristiano y un egipcio no puede celebrarse. -Rió con brusquedad.