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– ¿También aquí? -preguntó Monk. Detestaba poner en evidencia su ignorancia, pero tenía que saberlo.

Eugen sirvió un borgoña excepcional.

– Sí, pero duró poco -respondió-. Hubo muy poca violencia. El rey ya había concedido algunas reformas, y legisló condiciones más favorables para los trabajadores y cierta libertad de prensa. -Un asomo de sonrisa se dibujó en la enjuta cara de Eugen; a Monk le pareció admiración-. Creo que fue cosa de Ulrike. Algunas personas creían que ella se oponía. Si pudiera, gozaría de una monarquía absoluta. Así podría gobernar como su reina Isabel y dar orden de cortar las cabezas de todo el que la desafiara. Pero ha llegado tres siglos tarde, es una mujer muy lista y sabe que no puede pasarse de la raya. Es mejor ceder un poco y acabar con el ánimo de rebelión. No se puede gobernar a un pueblo que te odia, a no ser que se pretenda hacerlo por muy poco tiempo. Ulrike tiene visión de futuro. Ve ya en el trono a generaciones que se pierden en los años venideros.

– Pero no hay herederos -señaló Monk.

– Lo cual nos lleva al quid de la cuestión -contestó Eugen-. Si Friedrich hubiese regresado sin Gisela, si la hubiera abandonado y se hubiese vuelto a casar, habría herederos. -Se inclinó hacia delante, con una intensa fiereza en el semblante-. Ningún hombre del bando de la reina habría matado jamás a Friedrich. ¡Eso se lo aseguro! Si lo asesinaron, busque a alguien que esté a favor de la unificación, a quien no le importe ser absorbido por Prusia, Hannover, Baviera, o cualquiera de la veintena de países fuertes. O alguien que se haya dejado embaucar por la facción que creyera que iba a ganar. En el 48 hubo un intento de hacer rey de Alemania a uno de los archiduques austríacos. Fracasó, gracias a Dios. Pero eso no quiere decir que no puedan intentarlo de nuevo.

Monk estaba aturdido.

– Las posibilidades son infinitas.

– No, pero sí muy numerosas. -Eugen se puso a comer, tenía hambre, y Monk le imitó. Se sorprendió de lo mucho que disfrutaba de la comida.

– ¿Y el príncipe Waldo? -preguntó con la boca llena.

– Le llevaré a conocerlo -prometió Eugen-. Mañana.

El coronel cumplió su palabra. El ayuda de cámara había planchado la ropa de Monk. Su traje de tarde colgaba de una percha en el ropero. Las camisas, de un blanco resplandeciente, estaban recién lavadas. Los cuellos y los gemelos estaban dispuestos sobre la alta cómoda, igual que los cepillos y los artículos de tocador. Monk se tomó un momento para alegrarse de haber tenido la vanidad y la extravagancia de comprarse cosas de excelente calidad en algún momento de aquel pasado que no recordaba.

Ya había escogido los gemelos, ágatas engastadas en oro, cuando sin motivo aparente recordó haber hecho exactamente lo mismo, ponerse los mismos gemelos, antes de ir a una cena formal en Londres. Había ido acompañado por el que fue su mentor. Un hombre paciente con la ignorancia y la falta de refinamiento de Monk, con su impetuosidad y esporádica grosería. Dueño de una capacidad inconmensurable para la paciencia, le había instruido no sólo en lo tocante a la banca y los negocios, también le había enseñado el arte de ser un caballero: cómo vestir bien sin ser ostentoso; cómo distinguir una buena confección, un buen trabajo; cómo escoger un par de botas, o una camisa; incluso cómo tratar al sastre. Le había enseñado qué cuchillo y qué tenedor usar, cómo sostenerlos con elegancia, qué vino escoger, cuándo y cómo hablar y cuándo guardar silencio, cuándo era correcto reír. En unos pocos años había convertido al provinciano muchacho de Northumberland en un caballero, seguro de sí mismo, con ese aire inconsciente de confianza que distingue a las personas ilustres de los seres corrientes.

Todo eso le vino al pensamiento al tocar la pequeña joya. En su recuerdo, se encontraba de nuevo en casa de su mentor, en Londres, veinte años atrás, a punto de acudir a una cena. Se trataba de una ocasión importante. Iba a suceder algo y Monk tenía miedo. Sabía que se había creado enemigos, y que eran poderosos. Podían destrozar su carrera profesional, incluso hacer que lo arrestaran y encarcelaran. Le habían acusado de algo terriblemente deshonroso. Era inocente, pero no podía demostrarlo ante nadie. El miedo le helaba por dentro y no tenía escapatoria. Necesitó todas sus fuerzas para sofocar el pánico que surgía como un grito en su garganta.

Sin embargo, no había sucedido nada entonces. Al menos de eso estaba seguro. ¿Pero por qué no? ¿Qué lo había impedido? ¿Se había salvado él solo o había recibido ayuda de otra persona? ¿A qué precio?

Monk ya había intentado luchar desesperadamente contra la injusticia, y había perdido. Lo había ido recordando a lo largo del tiempo, un poco más en cada ocasión. Se acordaba de la esposa de su mentor, de su rostro mientras lloraba en silencio, las lágrimas que le caían por las mejillas mientras se sumía en la desesperación.

Habría dado todo cuanto poseía por haber sido capaz de echar una mano. Todo lo que podía rescatar de la oscuridad de la amnesia era un sentido de tragedia, rabia e inutilidad. Sabía que ése era el motivo por el que había abandonado el mundo de la banca y se había alistado en la policía: para luchar contra injusticias como aquella, para encontrar y castigar a los tramposos y a los malvados, para evitar que volviera a suceder una y otra vez con otros hombres inocentes. Podría aprender los métodos y encontrar las armas, forjarlas si era necesario.

¿Pero en qué consistía esa deuda que había recordado con miedo aterrador? Era algo concreto, no una gratitud general por esos años que no recordaba, sino debida a un obsequio especial. ¿Lo había llegado a pagar?

No tenía ni la más mínima idea. En su pensamiento no había más que oscuridad y una sensación de peso, así como la devoradora necesidad de saber.

La recepción tuvo lugar en una enorme sala que relucía a causa de las lámparas de araña que colgaban de un techo plagado de relieves y pinturas. Debía de haber unas cien personas, no más, pero las enormes faldas de las mujeres, que brillaban en tonos pálidos y ocres, parecían llenar el espacio. Los hombres, vestidos todos de negro, parecían plantados como árboles sin hojas entre nubes de flores. La luz arrancaba de los prismas de los diamantes chispas de fuego con cada movimiento de cabezas y manos. De vez en cuando, por encima de las conversaciones y las risas, Monk oía el chasquido de algún caballero al inclinarse y juntar los tacones.

Naturalmente, la mayoría de las conversaciones eran en alemán, pero cuando Eugen presentaba a Monk, en deferencia a su desconocimiento del idioma, la gente pasaba al inglés.

Hablaban acerca de todo tipo de trivialidades: el tiempo, el teatro, noticias y rumores internacionales, la música o las nociones filosóficas más modernas. Nadie mencionaba el escándalo que estaba a punto de desencadenarse en Londres. No hablaron siquiera de la muerte de Friedrich. Había tenido lugar hacía tan solo seis meses pero bien podrían haber pasado ya seis años, o incluso los doce que habían transcurrido desde que renunció al trono y a su país y se marchó para siempre. Tal vez para ellos había muerto entonces. Si les importaba que Gisela triunfara o que Zorah Rostova acabara arruinada, no lo mencionaron.

De vez en cuando, la conversación se ponía seria: entonces se hablaba del período posterior a los conflictos del 48 y de la opresión que los siguió, sobre todo en Prusia.

Toda las conversaciones giraba en torno a la política: unificación o independencia, reformas sociales o económicas, nuevas libertades y cómo conseguirlas y, sobre todo, la posibilidad de la guerra. Monk no oyó ni una sola vez el nombre de Gisela, y el de Friedrich se escuchó sólo en un aparte: alguien afirmó que ya no podría ser el líder de la independencia, y especuló sobre si Rolf contaba con los seguidores necesarios para ocupar su lugar. Sí se habló de Zorah, pero para calificarla de excéntrica y patriota. Si alguien hizo algún comentario sobre la acusación, Monk no llegó a oírlo.