Hacia el final de la noche, Eugen encontró de nuevo a Monk y le presentó al príncipe Waldo, el hombre que había de heredar la corona a falta de otro candidato. Era un hombre de altura media, aspecto más bien impasible, con un rostro casi atractivo aunque estropeado por una cierta pesadez. Sus modales eran cuidados. No parecía tener un gran sentido del humor.
– Encantado de conocerle, señor Monk -dijo en un perfecto inglés.
– Lo mismo digo, excelencia -contestó Monk con respeto, pero mirándolo a los ojos.
– El coronel Eugen dice que ha venido usted de Londres -observó Waldo.
– Sí, señor, aunque en realidad he viajado desde Venecia.
Una chispa de interés se encendió en los oscuros ojos del príncipe.
– Vaya. ¿Se trata de pura coincidencia, o sigue usted el hilo de nuestros desafortunados asuntos?
Monk se asustó. No había esperado esa apreciación ni esa franqueza. Decidió que la sinceridad era lo mejor. Al pensar en Rathbone recordó que no había tiempo que perder.
– Sigo una pista, señor. Existen serias posibilidades de que su hermano, el príncipe Friedrich, no muriera a consecuencia de un accidente de equitación.
Waldo sonrió.
– ¿Es eso lo que se conoce como un eufemismo inglés?
– Así es, excelencia -reconoció Monk.
– ¿Y su interés en el caso?
– Legal, ayudar a la justicia británica a tratar con imparcialidad… -Monk calculó rápidamente qué respuesta ofendería menos a Waldo. Después de todo, el príncipe heredero podría haber ganado o perdido mucho con la decisión de Friedrich. No sólo el gobierno personal del país, sino también su propia visión acerca del futuro de la nación. Friedrich apoyaba la independencia. Waldo, al parecer, creía que la unificación era la mejor opción. Podía perder el trono, pero tal vez estaba más preocupado por la seguridad y la prosperidad de su pueblo. Monk se lo quedó mirando mientras intentaba tomar una decisión.
Waldo esperaba. Debía apresurarse a contestar. El torbellino de risa y música seguía fluyendo a su alrededor, el murmullo de voces, el tintineo del cristal. La luz se rompía en mil pedazos sobre las joyas. Si Waldo realmente creía que la vida y la paz de su país dependían de la unificación, tenía más motivos que nadie para querer matar a Friedrich -…el asunto de la calumnia.
Los ojos de Waldo se abrieron. No era la respuesta que esperaba.
– Comprendo -dijo despacio-. ¿Es un asunto tan serio en Inglaterra?
– Cuando concierne a la familia real de otro país, sí, excelencia.
Un extraño brillo de emoción asomó en la cara de Waldo. Monk no supo cómo interpretarlo. Pudo ser debido a una decena de cosas. Unos metros más allá, un soldado de resplandeciente uniforme se inclinaba ante una dama vestida de rosa.
– Mi hermano abandonó sus deberes familiares hace más de doce años, y con ellos sus privilegios -dijo Waldo con frialdad-. Escogió no ser uno de los nuestros. Gisela Berentz nunca lo fue.
Monk respiró hondo. Tenía poco que perder.
– Si fue asesinado, señor, surge la pregunta de quién lo hizo. En la situación política actual, las especulaciones incluirán a muy diversas personas, también a aquellas que tenían opiniones diferentes a las de Friedrich.
– Se refiere a mí -apostilló Waldo con estoicismo, las cejas algo enarcadas.
Monk se estremeció.
– Con más exactitud, excelencia, a alguien de su misma opinión -corrigió con rapidez-. No necesariamente, por supuesto, con su conocimiento ni bajo sus órdenes. Pero no será una cuestión fácil de demostrar.
– Extremadamente difícil -dijo Waldo acompañando sus palabras con una mirada directa y estricta, como si ya lo hubiesen acusado y estuviera reuniendo todo su valor-. Y las pruebas convencerán sólo a los que quieran ser convencidos. Pasará mucho tiempo antes de que calen en el hombre de la calle.
Monk cambió de tema.
– Por desgracia, no podemos impedir el juicio. Lo hemos intentado. Hemos hecho todo lo posible por convencer a la condesa Rostova de que se retracte y se disculpe pero, de momento, no lo hemos conseguido. -No sabía si era cierto, pero suponía que sí. Rathbone habría tenido al menos ese punto de sensatez guiado por el anhelo de su propia supervivencia.
Por primera vez, el rostro de Waldo reflejó algo de humor.
– Eso se lo podría haber dicho yo -contestó-. Zorah nunca se ha echado atrás en nada. O, lo que es lo mismo, nunca ha pensado en el precio que debía pagar por sus acciones. Ni siquiera sus enemigos la han llamado nunca cobarde.
– ¿Podría haberlo matado ella? -preguntó Monk de forma impulsiva.
Waldo no dudó un instante, tampoco mudó su expresión.
– No. Zorah está a favor de la independencia. Cree que podemos sobrevivir por nosotros mismos, como Andorra o Liechtenstein. -De nuevo, una sombra de diversión apareció en su mirada-. Si hubieran matado a Gisela, desde luego pensaría que ella era una de las principales sospechosas…
Monk se quedó de piedra. Las palabras se agolpaban en su cabeza. Intentó comprender las posibilidades que sugerían las palabras de Waldo. ¿Era concebible que Zorah, queriendo envenenar a Gisela, y a causa de un grotesco infortunio, hubiese matado a Friedrich en su lugar? Aquella idea abría una amplia gama de probabilidades. ¿Podría haberlo intentado Rolf, por cuenta propia o mandado por su hermana, la reina? Friedrich, sin Gisela, no habría tenido impedimento alguno para regresar y encabezar así el movimiento independentista. ¿O podría haber sido iniciativa de Brigitte para que Friedrich pudiera regresar y casarse con ella, para satisfacción del país, convirtiéndose finalmente en reina?
¿O incluso lord Wellborough? Tal vez intentaba promover una guerra que lo enriquecería enormemente.
Monk farfulló una respuesta, cortés y vacua, agradeció a Waldo el haberle recibido y se retiró con la cabeza llena de pensamientos tumultuosos.
Una sacudida despertó a Monk de en mitad de la noche, dejándolo medio incorporado sobre la cama como si alguien le hubiese asustado. Aguzó el oído pero no escuchó sonido alguno en la oscuridad.
Le poseía la misma sensación de miedo que había experimentado al ponerse los gemelos, un aislamiento sobrecogedor, exceptuando la presencia fantasmal de una persona que creía en su inocencia y estaba dispuesta a arriesgar su propia seguridad apoyándolo.
¿Tenía Gisela alguien que la apoyara, o lo había perdido todo al casarse con Friedrich? ¿Había sido realmente «todo por el amor, y al infierno con el mundo»?
A pesar de todo, era otra clase de amor el que había hecho que el único amigo de Monk luchara por él a cualquier precio; la lealtad inquebrantable, la fe puesta a prueba hasta el último momento. Fue su mentor quien arriesgó la propia reputación para defender su inocencia. Por fin lo sabía. Lo recordaba. Le habían acusado de desfalco. Su mentor se había jugado el nombre y la fortuna por la inocencia de su pupilo.
Y eso les bastó para investigar más a fondo, para rastrear hasta descubrir la verdad.
Sentado en la cama, cubierto el cuerpo por un sudor húmedo y frío, Monk también supo que nunca había saldado la deuda. Cuando los papeles se invirtieron, no tuvo ni la capacidad ni el poder para hacer nada. Todo cuanto poseía no bastaba. El hombre al que más había admirado lo había perdido todo: hogar, honor, e incluso, al final, a su mujer.
Y Monk nunca había podido recompensarle. Era demasiado tarde.
Se tumbó en la cama con la extraña sensación de vacío que produce lo irreparable. Aunque pudiera pagar, tendría que dárselo a otra persona. Nunca sería lo mismo.
Al día siguiente, por la tarde, fue presentado en la corte. Necesitaba saber si cabía la posibilidad de que, en realidad, hubiesen querido asesinar a Gisela. Temía contarle esta nueva teoría a Rathbone.