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Era casi la una de la madrugada cuando vio de nuevo a Evelyn y se las ingenió para acabar el baile cerca de ella, igual que ella se las arregló para estar lejos de Klaus y pasar riendo junto a su anterior pareja de baile a toda velocidad antes de que él pudiera sacarla a bailar otra vez.

Se movían con la música como si se tratara de un elemento de la naturaleza y ellos se deslizaran sobre ella, como la espuma sobre la corriente marina. Él olía el perfume de su pelo, sentía la calidez de su piel y, mientras daban vueltas y se separaban y se volvían a encontrar, atisbaba el rubor en sus mejillas y la risa en sus ojos.

Cuando por fin se detuvieron para recuperar el aliento, después de tantos bailes que Monk había ya perdido la cuenta, lo hicieron junto a un grupo de personas; algunos acababan de salir de la pista, otros bebían champán, la luz parpadeando sus copas.

Monk sintió una repentina oleada de afecto por aquel pequeño estado independiente con sus costumbres particulares, su pintoresca capital y su ardiente deseo por permanecer tal como estaba. Tal vez la única posibilidad amparada en el sentido común, el único camino prudente hacia delante, era unificarse con el resto de estados para formar una gran nación. Pero en caso de hacerlo perderían algo irrecuperable, y a Monk le entristecía el mero hecho de pensarlo. ¿Cuánto más deberían llorar aquellos para los que esta tierra era su patrimonio y su hogar?

– Debes detestar la posibilidad de que Prusia marche sobre la ciudad y la tome -le dijo a Evelyn impulsivamente-. Felzburgo no sería entonces más que una ciudad provinciana, como cualquier otra, gobernada desde Berlín, Múnich o alguna otra capital de estado. Entiendo por qué quieres luchar, aunque parezca no tener sentido.

– ¡Yo no quiero luchar! -rebatió ella con irritación-. Es mucho sacrificio y mucho esfuerzo para nada. Siempre podremos trasladarnos a Berlín. Se estará tan bien como aquí, quizá incluso mejor.

Un lacayo pasó con una bandeja cargada de copas de champán y ella alcanzó una y se la llevó a los labios.

Monk estaba desconcertado. Miró más allá de Evelyn, a Brigitte, que aparentemente sonreía, aunque podía apreciarse en sus ojos el dolor y la tristeza. Pestañeó mientras Monk la miraba, y él observó cómo se le hinchaba el pecho al inspirar hondo y cómo, un segundo después, se volvió hacia la mujer que tenía al lado y empezó a hablar.

Evelyn tenía que haberlo visto. No podía ser tan superficial como parecía.

– ¿Cuándo vuelves a Londres? -preguntó con la cabeza algo inclinada.

– Seguramente mañana, aunque a lo mejor me retrasaré un día más -respondió él con pesar.

Evelyn lo miraba con sus ojos castaños muy abiertos.

– ¿Supongo que tienes que irte?

– Sí -respondió-. Tengo una obligación moral con un amigo. Está en un aprieto. Debo estar allí cuando se enfrente a la crisis.

– ¿Puedes ayudarle? -Dicho por ella, era casi un desafío.

Más allá, una mujer rió y un hombre propuso un brindis por algún motivo indefinible.

– Lo dudo, pero quiero intentarlo -respondió Monk-. Al menos estaré a su lado.

– ¿Para qué, si no puedes ayudarle? -Evelyn lo miraba muy fijamente y en su voz había cierto tono de burla.

Monk quedó desconcertado. Era una pregunta sin sentido. Monk estaba hablando de lealtad. No se abandona a los amigos cuando están sufriendo.

– ¿Qué tipo de problemas tiene? -insistió ella.

– Tomó una decisión equivocada -contestó-. Y parece que va a pagarlo muy caro.

Evelyn se encogió de hombros.

– Entonces es culpa suya. ¿Por qué tienes que sufrir tú?

– Porque es mi amigo. -La respuesta era demasiado simple para necesitar aclaraciones.

– ¡Es ridículo! -exclamó entre divertida y enfadada-. ¿No preferirías quedarte con nosotros… conmigo? El fin de semana nos vamos a la casa del bosque. Podrías venir. Klaus estará ocupado con los prusianos la mayor parte del tiempo, pero tú encontrarás muchas cosas que hacer. Saldríamos a montar por el bosque, comeríamos en el campo y pasaríamos deliciosas noches junto a la hoguera. Es un lugar maravilloso. Allí uno se olvida del resto del mundo.

La tentación era fuerte. Podría estar con Evelyn, reír, estrecharla entre sus brazos, contemplar su belleza, sentir su calor. O podía regresar a Londres y decirle a Rathbone que si Friedrich había sido víctima de un asesinato, Gisela no podía ser la culpable del mismo, pero Klaus sí. Sin embargo, era mucho más viable la posibilidad que apuntaba a Gisela como víctima fallida habiéndole tocado a Friedrich sólo por error, lo cual probaba su inocencia una vez más. Lord Wellborough podría ser el culpable, o alguien que actuara a favor de Brigitte o, mucho peor, de la reina. La misma Zorah podría haberlo asesinado.

Podía asistir al juicio y ver cómo Rathbone luchaba y perdía, ver con impotencia cómo el abogado destruía su reputación y perdía todo lo que con tanto cuidado había construido en su vida profesional.

Por supuesto, Hester estaría allí. Lo intentaría todo hasta el último momento, se devanaría los sesos para encontrar algo que pudiera ser de ayuda, sin dormir por las noches, sufriendo por Rathbone.

Y cuando todo hubiera terminado, aunque le criticaran, ridiculizaran y desacreditaran por su necedad, por su oposición sin fundamento contra el poder establecido, Hester seguiría allí, a su lado. Le ayudaría a defenderse en público aunque en privado le castigara con sus discursos. Le apremiaría para que se levantara y luchara de nuevo, para que se enfrentara al mundo sin pensar en su furia y en su desdén. Cuanto mayor fuera su necesidad, más segura era la presencia de Hester junto a Rathbone.

Recordó con calidez cómo Hester se había arrodillado ante él en su peor momento, cuando estaba aterrorizado y destrozado, cómo le había suplicado e intimidado para extraer de él el valor necesario para seguir en la brecha. Incluso en el momento más oscuro, cuando ella se enfrentó a la posibilidad de que Monk fuera declarado culpable, jamás se le ocurrió abandonarlo. Su lealtad iba más allá de la confianza en la inocencia o en la victoria, estaba dispuesta a estar allí también en caso de derrota, incluso aunque ésta fuera merecida.

No poseía la magia de Evelyn, ni su belleza ni su espléndido encanto. Pero su honrada valentía y su recto honor tenían algo que ahora a Monk le parecía infinitamente deseable; como agua cristalina y fresca cuando uno se siente empalagado de azúcar y con abundante sed.

– Gracias -dijo con sequedad-. Sin duda sería muy agradable, pero el deber me espera en Londres. Allí tengo amigos que me importan. -Se inclinó con formalidad casi germana, haciendo chocar los tacones. -Su compañía ha sido de lo más placentera, baronesa, pero es hora de volver a la realidad. Buenas noches… y adiós.

Evelyn no pudo disimular la sorpresa, luego su rostro se endureció con una rabia increíble y violenta.

Monk se encaminó hacia las escaleras, rumbo a la salida.

Capítulo 8

Durante el largo y tedioso viaje de regreso, Monk no dejaba de darle vueltas a lo que pensaba decirle a Rathbone. Por mucho que reflexionara, no encontraba nada sustancioso que pudiera utilizarse en la defensa de Zorah Rostova. Fuera quien fuese el verdadero objetivo del asesinato, no había modo alguno de inculpar a Gisela.

El único hecho favorable era que muy probablemente a Friedrich lo habían asesinado.

Al llegar a Londres, Monk se dirigió a su casa de Fitzroy Street y deshizo las maletas. Se dio un baño de agua caliente y se cambió de ropa. Le pidió a su casera que le trajera una taza de té, algo que no había probado desde su salida de Inglaterra, hacía más de dos semanas. Después de todos estos rituales se sintió perfectamente preparado para presentarse en Vere Street. Detestaba llevar semejantes noticias, pero no tenía alternativa.