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Monk fue conducido a la biblioteca, un lugar muy agradable para esperar. La sala estaba pensada para la comodidad, amueblada con un estilo bastante anticuado. La tapicería de cuero de las sillas estaba gastada en el punto en el que se habían apoyado los brazos, y el dibujo de la alfombra era de un color más intenso en los bordes, donde nadie había pisado. En la chimenea ardía un brioso fuego. Había cientos de libros en las estanterías entre los que podría haber escogido uno para pasar el rato leyendo, de haber querido hacerlo, pero estaba demasiado impaciente como para abrirlo siquiera, más aun para concentrarse en la lectura. Paseaba de un lado para otro, volviéndose con brusquedad cada siete pasos.

Pasaron más de diez minutos antes de que se abriera la puerta y apareciera Hester. Iba vestida de un color azul intenso que la favorecía de forma excepcional. No parecía ni mucho menos tan cansada como la última vez que la había visto. Lo cierto es que tenía un aspecto fresco, las mejillas coloreadas y un agradable brillo en el cabello. Monk se sintió molesto al verla. ¿Es que no le importaba que Rathbone estuviera al borde del desastre? ¿O era demasiado estúpida para darse cuenta de la magnitud de la situación?

– Parece que fueras a tomarte el día libre -dijo Monk con brusquedad.

Ella repasó su chaqueta y sus pantalones de corte perfecto, la corbata inmaculada y las botas extremadamente caras.

– Me alegro de verte a salvo y de vuelta -dijo con una dulce sonrisa-. ¿Qué tal Venecia? ¿Y Felzburgo? Es ahí donde has estado, ¿no es cierto?

Monk no hizo caso. Ella conocía de sobra la respuesta.

– Si tu paciente está recuperado, ¿qué haces aún aquí? -preguntó. El tono de su voz era desafiante.

– Está mejor que antes -respondió ella, muy seria, mirándolo a los ojos-, pero no está recuperado. Se tarda bastante en acostumbrarse al hecho de que no se volverá a caminar. A veces es muy duro. Si no eres capaz de imaginarte las dificultades crónicas de alguien que está paralizado de cintura para abajo, yo no traicionaré lo poco que le queda de intimidad para explicártelo. Por favor, deja ya de desfogarte y dime qué has descubierto que pueda ayudar a Oliver.

Fue como una bofetada en la cara, rápida y enérgica, que servía para recordarle a Monk que mientras estaba fuera ella había estado en contacto con una realidad extremadamente dolorosa: el fin de gran parte de la vida y de las esperanzas de un hombre joven. Y lo que le resultaba aun más duro, y más personal, era comprobar la esperanza que se dibujaba en el rostro de Hester, el deseo de que hubiese descubierto algo provechoso para el caso de Rathbone; la confianza de Hester en sus capacidades contrastaba con la conciencia de Monk respecto a su nula habilidad.

– Gisela no mató a Friedrich -dijo despacio-. No le fue materialmente posible, y cuando sucedió tenía aun menos motivos para hacerlo de los que había tenido nunca. No puedo ayudar a Rathbone. -Al decirlo, su voz sonó llena de rabia. Odiaba a Rathbone por ser vulnerable, por ser tan estúpido como para llegar a ese extremo y esperar que él pudiera salvarlo. Estaba enfadado con Hester por esperar de él un imposible, y también por estar tan preocupada por el abogado. En su rostro apreciaba su inagotable capacidad para ser herida.

Hester parecía haberse quedado petrificada. Pasaron varios segundos antes de que encontrara las palabras para seguir hablando.

– ¿De verdad fue sólo un accidente? -Movió un poco la cabeza, como para sacudirse algo que la molestara, pero su rostro estaba rígido por la inquietud, y en sus ojos había pavor-. ¿No hay nada que pueda ayudar a Oliver? ¿Algún tipo de excusa para la condesa? Si ella lo creía debía tener algún motivo. Me refiero a… -Se detuvo.

– Por supuesto que había un motivo -espetó Monk con impaciencia-. Pero no necesariamente nada que la beneficie ante un tribunal. Cada vez parece más evidente que nunca superó sus antiguos celos y que ha aprovechado este momento de vulnerabilidad para intentar ajustar cuentas. Ese es un motivo, pero uno muy desagradable y estúpido.

Hester se enfureció.

– ¿Estás diciendo que Friedrich murió a causa del accidente y que eso es todo lo que has descubierto? ¿Y has necesitado dos semanas, en dos países diferentes, para descubrirlo? ¿Y supongo que habrás gastado el dinero de Zorah para pagarte el viaje?

– Claro que he gastado el dinero de Zorah -replicó él-. He estado viajando por ella. Sólo pude descubrir lo que ya estaba ahí, Hester, igual que tú. ¿Curas a todos tus pacientes? -Hablaba cada vez más alto porque estaba herido-. ¿Devuelves tus honorarios si mueren? Tal vez deberías devolvérselos a esta gente, ya que dices que su hijo no volverá a caminar.

– Eso es una estupidez -dijo dando media vuelta, exasperada-. ¡Si no se te ocurre nada más sensato que decir, será mejor que te vayas! -Se volvió de pronto para mirarlo-. ¡No! -Respiró hondo e intentó calmarse de nuevo-. No, por favor, no te vayas. Lo que pensemos el uno del otro no tiene importancia. Podemos pelearnos más tarde. Ahora debemos pensar en Oliver. Si llega el juicio y no tiene nada con que defenderla, o al menos una explicación o una excusa, su reputación y su carrera van a sufrir un serio revés. No sé si habrás leído algún periódico últimamente, supongo que no, pero todos apoyan a Gisela y retratan a Zorah como una mujer malvada, decidida no sólo a herir a una inocente y desconsolada viuda, sino también a arremeter contra las mejores cualidades de la sociedad en general.

Se adelantó y se acercó más a él, su amplia falda rozaba las sillas.

– Muchos de ellos ya han insinuado que Zorah ha llevado una vida muy disoluta, que ha tenido muchos amantes extranjeros y que ha practicado todo tipo de actividades que es mejor dejar a la imaginación.

Monk debería haberlo supuesto, pero por algún motivo no lo había hecho. Había enfocado el asunto sólo en términos políticos. Desde luego, se especulaban cosas macabras acerca de Zorah, su vida y sus motivaciones. Los celos por un amante perdido eran lo primero en lo que pensaría mucha gente.

Estuvo a punto de decirle a Hester que nadie podía hacer nada por evitar eso, pero le detuvo la mezcla de dolor y esperanza en su rostro. Le sobrecogió como si esos sentimientos hubiesen sido los suyos, le pillaron por sorpresa. No tenía nada que ver con la vida de Zorah y, no obstante, Hester estaba absorta. Todo su pensamiento se centraba en la lucha contra la injusticia o, en el caso de Rathbone, en intentar evitar la herida y en hacer algo para aliviar el daño.

– Existe la posibilidad de que fuera asesinado -dijo a regañadientes-. No por Gisela, pobre mujer, sino por alguna de las facciones políticas de su país. -No pudo resistirse a añadir algo más-. Tal vez incluso por el hermano de la reina.

Hester se estremeció pero se negó a mostrarse descorazonada.

– ¿Podemos demostrar que fue asesinado? -se apresuró a decir. Utilizó el plural como si ella estuviese tan involucrada como él-. Podría ser de ayuda. Al fin y al cabo, haría ver que Zorah estaba equivocada en cuanto al autor pero que el crimen no era cosa de su imaginación. Y sólo la acusación lo habrá sacado a la luz. -Su voz se aceleraba y aumentaba el volumen-. Si se hubiese quedado callada, el asesinato del príncipe habría pasado desapercibido, nadie lo habría sabido nunca. Eso sí sería una terrible injusticia.

Monk contemplaba su ansia, y le dolía.

– ¿Y crees que de verdad preferirán que el mundo supiera que un miembro de la familia real, quizá instigado por la propia reina, asesinó al príncipe? -dijo con amargura-. ¡Si crees que alguien se lo va a agradecer, eres mucho más estúpida de lo que creía!

Esa última frase la conmovió, aunque no lo suficiente como para hundirla.

– Su propio pueblo se lo agradecería -dijo en voz muy queda-. No todos, pero como mínimo algunos sí lo harían. Y el jurado será inglés. Nosotros aún pensamos que asesinar a alguien es algo detestable, sobre todo a un hombre herido e indefenso. Y admiramos el valor. No nos gustará lo que diga Rathbone, pero sabremos que decirlo le habrá costado mucho, y lo respetaremos. -Lo miraba fijamente, desafiándolo a que le contradijera.