Выбрать главу

– Sí, estoy de acuerdo, es posible que lo sea -dijo Monk con ecuanimidad-. Pero no es tan absurdo creer que Klaus von Seidlitz pudiera haberlo matado para impedir que regresara a su país y encabezara así la resistencia contra la unificación. Tiene grandes extensiones de terreno en la frontera que podrían quedar devastadas en el supuesto de una guerra. Un motivo poderoso, y en absoluto difícil de creer, aunque sea, como bien ha dicho, monstruoso.

Wellborough contemplaba a Monk como si hubiese emergido de las profundidades rodeado por una nube de azufre.

Monk continuó con cierta satisfacción.

– Y la otra posibilidad, muy plausible también, es que no fuese Friedrich a quien quisieran matar, sino a Gisela. Tal vez él murió debido a un terrible error. En ese caso, pueden encontrarse muchas personas deseosas de matarla. El sospechoso más evidente es el conde Lansdorff, hermano de la reina.

– Eso es… -comenzó Wellborough, luego calló, su cara había perdido todo rastro de color. Monk supo en aquel momento que Wellborough estaba muy al corriente de los planes y negociaciones que precedieron a la muerte de Friedrich.

– O la baronesa Brigitte von Arlsbach -prosiguió Monk sin piedad-. Y, sintiéndolo mucho, usted.

– ¿Yo? No tengo ningún interés en política extranjera -protestó Wellborough. Parecía desconcertado de veras-. A mí me da exactamente igual quién gobierna en Felzburgo, si forma parte de Alemania o si continúa siendo uno de esos veinte pequeños estados independientes para el resto de la eternidad.

– Usted fabrica armas -observó Monk-. Una guerra en Europa le ofrece un mercado magnífico…

– ¡Eso es injusto, señor! -exclamó Wellborough henchido de rabia, con la mandíbula apretada, los labios prietos hasta hacerse casi invisibles-. Insinúe eso fuera de esta habitación y yo mismo le demandaré.

– No he insinuado nada -contestó Monk-. Me he limitado a exponer los hechos. Pero puede estar seguro de que la gente sacará esa conclusión, y no puede demandar a todo Londres.

– ¡Puedo demandar a la primera persona que lo diga en voz alta!

Monk estaba muy relajado. Al menos tenía ese triunfo en las manos.

– Sin duda. Pero resultaría caro e inútil. El único modo de evitar que la gente lo piense es demostrar que es falso.

Wellborough le miraba.

– Entiendo lo que quiere decir, señor -dijo por fin-. Y su método y sus formas me parecen igualmente despreciables, pero reconozco la necesidad. Podrá interrogar a quien quiera en mi casa, yo personalmente daré orden de que le contesten con rapidez y sinceridad, a condición de que me informe de sus descubrimientos, por extenso, al final del día. Se quedará usted aquí e investigará hasta que llegue a una conclusión satisfactoria e irrefutable. ¿Le parece bien?

– Perfecto -respondió Monk inclinando la cabeza-. He traído una maleta conmigo. Si hace que alguien me lleve a mi habitación, comenzaré de inmediato. El tiempo apremia.

Wellborough apretó los dientes e hizo sonar la campanilla.

Monk pensó que lo más cortés, y seguramente lo más eficaz, sería hablar primero con lady Wellborough. Lo recibió en la sala de estar, un lugar decorado y amueblado al estilo francés, con muchísimos más detalles dorados de lo que Monk creía aconsejable. Lo único que le gustó de toda aquella parafernalia fue un enorme jarrón con crisantemos tempranos, marrones y dorados, que llenaban el aire de un agradable olor a tierra.

Lady Wellborough entró y cerró la puerta tras de sí. Llevaba un vestido matinal de color azul oscuro que, en teoría, debía de favorecer su tez clara, pero estaba demasiado pálida, sin duda sorprendida y confundida, y el miedo ensombrecía sus ojos.

– Mi marido me ha dicho que es posible que el príncipe Friedrich fuera asesinado -dijo sin rodeos. Debía de tener unos treinta y tantos años, pero poseía cierta infantil falta de sofisticación -. Y que ha venido usted aquí a descubrir quién fue el culpable antes de que se celebre el juicio. No comprendo nada, pero debe de estar equivocado. Es demasiado horrible.

Monk iba predispuesto a que lady Wellborough no le gustara, porque tampoco le gustaba su marido, pero se dio cuenta con sorpresa de lo diferente que ella era, arrastrada por la estela de él, tal vez incapaz, a causa de las circunstancias, la ignorancia o la dependencia, de llevar una vida distinta. Monk comprendió que esa carencia tenía poco que ver con su voluntad o su naturaleza.

– Por desgracia, a veces suceden cosas terribles, lady Wellborough -contestó él sin emoción-. Había muchas cosas en juego en torno al retorno de Friedrich a su país. Tal vez no era usted consciente de la seriedad del asunto.

– No sabía que fuese a volver -dijo, mirándolo a los ojos-. A mí nadie me dijo nada al respecto.

– Con toda probabilidad todavía era un secreto, si es que realmente había decidido algo. Lo más probable es que estuviera a punto de decidirse.

Lady Wellborough parecía aún inquieta y algo confusa.

– ¿Y cree que alguien lo asesinó para evitar que regresara a su país? Tenía entendido que, de todos modos, no podía hacerlo después de haber abdicado por propia voluntad. Al fin y al cabo, escogió a Gisela en lugar de la corona. ¿No se trataba de eso? -Negó con la cabeza y se encogió de hombros, todavía de pie en mitad de la habitación, reacia a ponerse cómoda o incapaz de ello, como si con ese acto pudiera prolongar una entrevista que no le agradaba lo más mínimo.

– De veras no creo -prosiguió lady Wellborough- que hubiese regresado sin ella, señor Monk, ni siquiera para salvar a su país de la unificación, algo que, por otra parte, y como opina la mayoría, sucederá de todos modos algún día casi con total seguridad. Si los hubiera visto aquí, ni siquiera se le habría ocurrido esa idea. -Con el tono de voz pretendía señalar el carácter ridículo de semejante idea, aunque había en él también algo de pesar y una nota de envidia-. Nunca he conocido a dos personas que se quisieran tanto. A veces era casi como si hablaran con una sola voz. -Sus ojos azules miraban más allá de Monk-. Ella acababa las frases de él, o él las de ella. Conocían los pensamientos del otro. Sólo puedo imaginar lo que debe de ser tener una complicidad tan completa.

Monk la miró y vio a una mujer que llevaba muchos años casada, que empezaba a enfrentarse a la idea de la madurez, al final de los sueños y al comienzo de la aceptación de la realidad, y que se había dado cuenta hacía poco de que su soledad interior no era necesariamente una característica común en la vida de todo el mundo. También existían aquéllos que habían encontrado el ideal. Justo cuando ella había aceptado que no existía y se había acostumbrado a la idea, allí estaba, expuesto ante sus ojos, en su propia casa, pero no para que ella pudiera disfrutarlo.

Después Monk se acordó de Hester con una claridad asombrosa, y de la confianza que había depositado en ella. Era una mujer severa y de sólidas convicciones. Había muchas cosas de ella que lo irritaban como si hubiese abierto una herida que no llegara a cicatrizar; cuando pensaba que ya estaba curado, volvía a abrirse. Pero conocía el valor de Hester, su compasión y su honestidad. También estaba seguro, y en ese punto la rabia y la valoración se fundían, de que ella nunca le haría ningún daño de forma premeditada. Pero Monk no deseaba poseer nada tan valioso. Podría romperlo. Podría perderlo.

Y, además, ella podía herirlo de un modo irreparable, más allá de lo que creía, si veía a Rathbone como algo más que un amigo. Eso era algo en lo que Monk se negaba a pensar.

– Es posible -dijo al fin-. Pero es de suma importancia, por razones que lord Wellborough sin duda ya le habrá explicado, que conozcamos la verdad acerca de qué ocurrió exactamente y que encontremos pruebas de ello. La alternativa es que se imponga una investigación en el juicio.

– Sí -reconoció ella-. Lo comprendo. No tiene por qué dar más explicaciones, señor Monk. Ya he dado orden al servicio de que contesten a sus preguntas. ¿Qué cree que puedo contarle yo? Los abogados de la princesa Gisela me llamarán a declarar en el juicio por la calumnia de la condesa Rostova.