– ¿Pero el príncipe y la princesa no compartían una felicidad de ensueño? -presionó Monk, sin esperar una respuesta que le sirviera de algo, sólo por seguir la discusión.
Estaban al final de la escalera y más abajo, en el vestíbulo, una camarera reía tontamente y un lacayo susurraba algo en voz muy baja. Se oyeron unos pasos rápidos.
– Supongo que sí, pero también discutían, como todo el mundo -dijo con vehemencia la doncella-. Por lo menos, ella. No hacía más que darle órdenes, cosa mala, cuando estaban solos, y a veces también cuando no lo estaban. Aunque a él no parecía molestarle -añadió-. Creo que prefería los insultos de su esposa a las zalamerías de cualquier otra persona. Supongo que eso es lo que conlleva estar enamorado. -Negó con la cabeza-. Lo que es yo, ya le habría dicho cuatro verdades a alguien que me hablara así. Y seguro que habría pagado las consecuencias. -Sonrió compungida-. A lo mejor es que lo de enamorarse no es para gente como yo.
Era la primera vez que Monk oía hablar de discusiones, aparte del breve episodio de la presentación de la obra de Verdi en Venecia, que parecía haber terminado, casi antes de empezar, con una victoria incondicional de Gisela y, al parecer, sin rencores por ninguna de ambas partes.
– ¿Y sobre qué discutían? -Fue directo al grano-. ¿Tenía algo que ver con el regreso a Felzburgo?
– ¿Adonde? -No tenía ni idea de qué hablaba Monk.
– A su país -explicó él.
– No, nada de eso. -Desechó la idea con una carcajada-. No era por nada en especial. Sólo mal genio. Dos personas que están juntas todo el tiempo se pelean por todo y por nada. Lo que es yo, no podría soportarlo, pero claro, yo no estoy enamorada.
– ¿Pero ella no coqueteaba ni prestaba especial atención a nadie más?
– ¿Ella? ¡Era una cosa mala coqueteando! Pero nunca como si creyera que la iban a tomar en serio. Era algo distinto. Todos sabían que sólo se divertía. Incluso el príncipe lo sabía. -Miró a Monk con paciente desdén-. Si lo que está pensando es que lo mató porque le gustaba algún otro, eso sólo demostraría lo poco que se entera de las cosas. No era nada de eso. Aquí hay siempre mucha jarana. Yo podría contarle un par de historias, pero me costarían algo más que mi empleo.
– Prefiero no saberlo -dijo Monk con aspereza, y lo decía en serio.
Interrogó al resto del servicio y no hizo más que escuchar las mismas palabras, corroboradas por otra docena de personas serias y asustadas. Gisela no había salido de sus habitaciones después del accidente de Friedrich. Había permanecido con él, a su lado, exceptuando breves respiros para bañarse o dar una cabezada en el dormitorio de al lado. La doncella siempre había estado lo bastante cerca como para oírlos. Gisela había pedido las comidas con riguroso detalle, pero no había bajado a la cocina.
No obstante, casi todos los demás se habían movido por la casa con total libertad y podían haber tenido cientos de oportunidades de ir al encuentro de un criado con una bandeja en la escalera y distraerlo el tiempo suficiente como para echar algo en la comida. Al principio, Friedrich sólo había tomado caldo de ternera, después comió pan, natillas y un poco de leche. Gisela comía con normalidad, cuando probaba bocado. Un lacayo recordaba haberse encontrado con Brigitte en el rellano al subir una bandeja. Una camarera había dejado una bandeja varios minutos cuando Klaus estaba presente; miró a Monk con ojos muy asustados al decírselo.
Todo se sumaba al dilema de Rathbone y a la condena de Zorah. Gisela no podía ser la culpable material y nada de lo que Monk había escuchado le había hecho cambiar de opinión acerca de la ausencia de motivos para asesinar a su marido.
Tampoco había pruebas indiscutibles de que cualquier otra persona hubiese asesinado a Friedrich, pero las sospechas apuntaban a Brigitte y a Klaus. En otro momento, Monk se habría sentido satisfecho pensando en Evelyn, pero ahora ella ya casi no significaba nada. Al dejar Wellborough para regresar a Londres, Rathbone era el centro de sus pensamientos, aunque también le preocupaba cómo le diría a Hester que no había logrado encontrar respuesta alguna.
Capítulo 9
A finales de octubre, el día anterior al comienzo del juicio, Rathbone recibió en el club la visita del Lord Canciller.
– Buenas tardes, Rathbone. -Se hundió con suavidad en un sillón frente al abogado y cruzó las piernas. Al instante, el camarero se acercó hasta él.
– Coñac -dijo el Lord Canciller con amabilidad-. Tienen coñac Napoleón, lo sé. Póngame una copa, y póngale otra a sir Oliver.
– Gracias -aceptó Rathbone sorprendido y no sin cierta aprensión.
El Lord Canciller le miró con gravedad.
– Un asunto sucio -dijo con una imperceptible sonrisa que no alcanzó su mirada. Sus ojos eran serenos, claros y fríos-. Espero que logre manejarlo con discreción. Una mujer así resulta impredecible. Hay que desenvolverse con mucha cautela. ¿No ha conseguido que la condesa Rostova se retracte, supongo?
– No, señor -confesó Rathbone-. Lo he intentado sirviéndome de todos los argumentos que se me han ocurrido.
– Es de lo más desafortunado. -El Lord Canciller frunció el ceño. El camarero le trajo el coñac y él se lo agradeció. Rathbone tomó el suyo. Por lo poco que disfrutó bebiéndolo bien podría haberse tratado de té frío-. De lo más desafortunado – repitió el Lord Canciller antes de beber un sorbo de la ancha copa que sostenía entre las manos, luego continuó caldeando el líquido y disfrutando de su aroma-. Aun así no me cabe la menor duda de que lo tiene usted controlado.
– Sí, naturalmente -mintió Rathbone. No había motivo para admitir la derrota antes de que fuera inevitable.
– Desde luego. -El Lord Canciller, al parecer, no se conformaba con una respuesta tan lacónica-. Confío en que tenga algún medio para evitar que su cliente realice más comentarios malintencionados ante el tribunal. Debe encontrar la forma de convencerla no sólo de que no tiene nada que ganar, sino de que también tiene mucho que perder. -Miró a Rathbone con atención.
No había forma de eludir la contestación, y debía ser concreta.
– Está muy preocupada por el futuro de su país -dijo con seguridad-. No hará nada que ponga en peligro su lucha por mantener la independencia.
– Eso no me resulta en modo alguno tranquilizador, sir Oliver -dijo el Lord Canciller implacable.
Rathbone vaciló. Había tenido en cuenta que, como mínimo, debía disuadir a Zorah de que intentara involucrar a la reina Ulrike, ya fuera directa o indirectamente. Pero si el Lord Canciller no había reparado en aquel posible desastre, él no se lo iba a insinuar.
– La convenceré de que ciertas acusaciones o insinuaciones irían en contra del bienestar de su país -contestó Rathbone.
– ¿Eso hará? -comentó escéptico el Lord Canciller.
Rathbone sonrió.
El Lord Canciller le devolvió una sombría sonrisa y se terminó su coñac.
La charla de la tarde anterior resonaba en la cabeza de Rathbone al día siguiente, cuando dio comienzo el juicio. Se esperaba que fuese el caso de calumnia del siglo y, mucho antes de que el juez llamara al orden al tribunal, los bancos estaban ya abarrotados de gente y ni siquiera quedaba sitio al fondo para estar de pie. Los ujieres se emplearon a conciencia para mantener despejados los pasillos y evitar así cualquier riesgo para la seguridad de los asistentes.