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La sala permanecía en silencio.

En el público, una mujer tomó aliento y empezó a toser.

Un miembro del jurado parpadeó varias veces.

Harvester sonrió con amargura.

– Pero también el padrenuestro no es más que palabras, ¿no es cierto? El juramento de coronación son palabras, y la ceremonia del matrimonio -se dirigía al jurado-. ¿Consideran que alguna de esas cosas es un asunto sin importancia? -No esperó ninguna respuesta. En sus rostros apreció cuanto necesitaba-. El honor de un hombre, o el de una mujer, puede residir en las palabras que pronuncia. Todo cuanto vamos a utilizar en este tribunal, hoy y en los días siguientes, serán palabras. Mi distinguido amigo -alzó la cabeza un poco en dirección a Rathbone- y yo lucharemos, y no tendremos más armas que las palabras y el recuerdo de esas palabras. No alzaremos los puños uno contra el otro.

Alguien soltó una risita nerviosa que aplacó al instante.

– No blandiremos espadas ni empuñaremos armas -prosiguió-. Y, no obstante, del resultado de batallas como ésta han dependido las vidas de muchos hombres, su reputación, su honor y su fortuna.

Se volvió despacio de manera que dividía sus miradas entre el jurado y el público.

– El Nuevo Testamento de Nuestro Señor no afirma a la ligera que «En un principio fue el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios». Tampoco es casualidad que tomar el nombre de Dios en vano sea considerado el inefable pecado de la blasfemia. -Su voz se alteró de pronto hasta llegar a ser un grito airado, cortante, en el silencio de la sala-.¡Tomar el nombre de cualquier hombre o cualquier mujer en vano, levantar falsos testimonios, difundir embustes, es también un delito que exige justicia e indemnización!

Era el tipo de obertura de la que Rathbone habría hecho uso si hubiese defendido el caso de Gisela. Con pesar, la aplaudió interiormente.

– Robar el buen nombre de otra persona es peor que robar su casa, su dinero o su ropa -continuó Harvester-. Decir de otra persona lo que se ha dicho de mi cliente está más allá de toda comprensión y, para muchos, más allá de todo perdón. Cuando hayan escuchado los testimonios, se sentirán tan ultrajados como yo, de eso no me cabe la menor duda.

Se volvió de pronto hacia el juez.

– Señoría, llamo a declarar a mi primer testigo, lord Wellborough.

Se levantó un murmullo entre el público y muchas personas alargaron el cuello para ver a lord Wellborough cruzar la puerta de la sala contigua, donde había estado esperando. A primera vista no resultaba una figura imponente, porque era más bajo que la media y tenía el cabello y los ojos claros. Pero tenía un buen porte, y sus ropas denotaban riqueza y seguridad.

Subió los escalones del estrado y prestó juramento. No apartó la mirada de Harvester, ni siquiera miró al juez, ni a Zorah, que estaba sentada junto a Rathbone. Tenía un aspecto muy grave, pero en modo alguno parecía nervioso.

– Lord Wellborough -comenzó Harvester mientras caminaba por el pequeño espacio frente al estrado y subía los escalones casi como si se tratara de un pulpito. El abogado se veía forzado a mirar hacia arriba-. ¿Conoce usted tanto a la demandante como a la demandada de este caso?

– Sí, señor, las conozco.

– ¿Eran las dos huéspedes de su casa de Berkshire en el momento del trágico accidente y subsiguiente fallecimiento del príncipe Friedrich, el difunto marido de la demandante?

– Lo eran.

– ¿Había vuelto a ver a la demandante desde que se marchó de su casa, poco después de aquel suceso?

– No, señor. El funeral del príncipe Friedrich tuvo lugar en Wellborough. Hubo un servicio en su memoria en Venecia, donde el príncipe y la princesa pasaban la mayor parte del año, según tengo entendido, pero no pude asistir.

– ¿Había visto a la demandada desde entonces? -La voz de Harvester era suave, como si las preguntas no tuvieran más que un interés de orden social.

– Sí, señor, en varias ocasiones -respondió Wellborough, con la voz crispada por una repentina rabia.

En el público, varias personas se irguieron un poco más en sus asientos.

– ¿Podría decirme qué sucedió en la primera de esas ocasiones, lord Wellborough? -apremió Harvester-. Descríbalo, por favor, con un mínimo de detalles, los suficientes para que los caballeros del jurado, que no se encontraban presentes, puedan hacerse una idea de la situación, pero no tanto como para distraerlos del caso.

– Desde luego. -Wellborough se volvió hacia el jurado.

La cara del juez mostraba, hasta el momento, una expresión de indiferencia.

– Fue en una cena organizada por lady Easton -explicó Wellborough al jurado-. En la mesa nos sentamos unas veinticuatro personas. Había sido una velada muy agradable y estábamos todos de muy buen humor hasta que alguien, no recuerdo quién, nos recordó la muerte del príncipe Friedrich, que había tenido lugar hacía unos seis meses. De inmediato nos quedamos un tanto sombríos. Era un hecho que nos entristecía a todos. Yo, y muchos otros, hablamos de nuestro dolor, y algunos comentamos también cómo lo sentíamos por la princesa Gisela. Expresamos nuestra preocupación por ella, tanto en lo concerniente a la devastadora pérdida, sabiendo lo completa y profundamente que se habían amado, como en lo tocante a su bienestar, ahora que se hallaba sola por completo en el mundo.

Varios miembros del jurado asintieron con la cabeza. Uno torció la boca.

Un susurro de conmiseración se extendió entre el público.

Harvester miró a Gisela, que permanecía inmóvil. Se había quitado los guantes y tenía las manos sobre la mesa, frente a sí, desnudas excepto por el anillo de boda que lucía en la derecha y la sortija negra de luto en la izquierda. Tenía unas manos pequeñas y fuertes, más bien robustas.

– Continúe -dijo Harvester con suavidad.

– La condesa Zorah Rostova también estaba presente entre los invitados a la cena -siguió Wellborough, con la voz marcada por el desagrado, al poco apareció en su mirada y en su semblante algo que bien podía ser inquietud.

Rathbone pensó en el último viaje de Monk a Wellborough y se preguntó cómo habría conseguido la colaboración del señor de la casa, a pesar de que ésta había servido de bien poco.

Harvester esperaba.

La sala estaba en silencio a excepción del leve rumor de las respiraciones. A una mujer le crujió la ballena del corsé.

– La condesa Rostova dijo que no tenía duda alguna de que la princesa Gisela estaría bien cuidada y de que su dolor remitiría con el tiempo-continuó Wellborough. El gesto de su boca se endureció-. Pensé que era un comentario de mal gusto, y creo que alguien más dijo algo al respecto. A lo que ella respondió que, teniendo en cuenta que Gisela había matado a Friedrich, el comentario era en realidad muy suave.

Los gritos ahogados y los susurros de la sala le impidieron seguir.

El juez no intervino, sino que dejó que la reacción del público siguiera su curso.

Rathbone sintió cómo se le tensaban los músculos. El juicio iba a ser tan complicado como había temido. Miró de reojo el fuerte perfil de Zorah, la larga nariz, los ojos demasiado separados, la boca sutil y sensible. Era una mujer desequilibrada, tenía que serlo. Era la única posible respuesta. ¿Podía aducirse demencia en un caso de calumnia? No, por supuesto. Era un caso civil, no penal.

Rathbone no quería mirar a Harvester, y menos aún provocar que sus miradas se encontrasen, pero lo hizo sin darse cuenta. Vio lo que creyó que era un destello de humor compungido, aunque a lo mejor no era más que lástima y certidumbre al saber que tenía en sus manos un caso irrebatible.