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– ¿Y cuál fue la reacción de la mesa a ese comentario, lord Wellborough? -preguntó Harvester cuando el alboroto hubo decrecido lo suficiente.

– De horror, desde luego -contestó Wellborough, angustiado-. Hubo algunos que escogieron creer que lo había dicho con la intención de hacer algún tipo de chiste extraño, e incluso rieron. Me atrevería a decir que estaban tan avergonzados que no sabían qué hacer.

– ¿Argumentó su afirmación la condesa Rostova? -Harvester enarcó las cejas-. ¿Ofreció algún tipo de atenuante acerca de por qué había dicho algo tan injurioso?

– No, no lo hizo.

– ¿Ni siquiera a lady Easton, su anfitriona?

– No. La pobre lady Easton estaba avergonzadísima. Apenas sabía qué decir o hacer para salvar la situación. Todos nos sentíamos enormemente incómodos.

– Me lo imagino -convino Harvester-. ¿Está seguro de que la condesa no se disculpó?

– Ni mucho menos -añadió Wellborough con enojo, sus manos agarraban la barandilla del estrado al inclinarse sobre ella-. Lo repitió.

– ¿En su presencia, lord Wellborough?

– ¡Claro que en mi presencia! -exclamó-. No soy tan tonto como para decir ante un tribunal algo que no conozca de primera mano.

La serenidad de Harvester no se alteró.

– ¿Se refiere a aquella misma cena o a alguna otra ocasión?

– Ambas cosas -Wellborough se irguió-. Volvió a realizar aquella afirmación esa misma noche, cuando sir Gerald Bretherton le dijo que no podía haber dicho en serio algo semejante. Ella le aseguró que así era.

– ¿Y cuál fue la reacción general ante la acusación? -interrumpió Harvester-. ¿Discutió alguien con ella o pensaron todos que había sido sólo una falta de educación, tal vez provocada por la alteración o la insolencia?

– Intentaron disculparlo -admitió Wellborough-. Pero ella volvió a repetir la acusación una semana después, en un estreno teatral. La obra era una tragedia. No recuerdo el título, pero volvió a decir que la princesa Gisela había asesinado al príncipe Friedrich. Fue una escena vergonzosa. La gente intentaba fingir que no había oído sus palabras, o que se trataba de un chiste perverso, pero ella dejó muy claro qué era exactamente lo que quería decir.

– ¿Sabe usted, lord Wellborough, si alguien dio el más mínimo crédito a la acusación? -Harvester hablaba con delicadeza, pero sus palabras caían con gran deliberación y claridad, y miraba hacia el jurado y, después, de nuevo al estrado-. Por favor, medite su respuesta.

– Lo haré. -Wellborough no apartaba la mirada del rostro de Harvester-. Escuché a varias personas decir que era la ridiculez más maliciosa que habían oído jamás, y que no cabía duda alguna de que no encerraba ni una pizca de verdad.

– ¡Bien dicho! -gritó un hombre desde el público, a lo que siguió un aplauso inmediato.

El juez los miró con un gesto de advertencia, pero no intervino.

A Rathbone se le tensó la mandíbula. Su mejor baza habría sido contar con un juez fuerte y perspicaz. Aunque quizá no había sido más que una ingenuidad pensar que aún podía tener algún tipo de esperanza. Las palabras del Lord Canciller resonaban en sus oídos. ¿Había sido discreción o simplemente una rendición incondicional?

A su lado, Zorah estaba impasible. Quizá aún no era consciente de su situación.

– Eso en lo referente a los que la conocían, claro -dijo Wellborough, contestando aún a la pregunta-. Y también respecto a muchos otros que no la conocían. Pero algunos repitieron la acusación, y los ignorantes empezaron a dudar. Algunos criados extendieron el chisme. Causó mucho malestar.

– ¿A quién? -preguntó con calma Harvester.

– A mucha gente, pero sobre todo a la princesa Gisela -contestó Wellborough, despacio.

– ¿Conoce usted personalmente a alguien que haya dado crédito a la afirmación de la condesa? -presionó Harvester.

Wellborough cambió el peso de su cuerpo de un pie al otro.

– Sí. Escuché feos comentarios en varias ocasiones y, cuando la princesa quiso regresar a Inglaterra durante una breve temporada, le fue imposible contratar personal de servicio respetable para la pequeña casa en la que tenía pensado alojarse.

– Qué desagradable -se compadeció Harvester-. ¿Tiene motivos para creer que eso ocurrió como resultado de las acusaciones de la condesa Rostova?

– Estoy casi seguro de ello -respondió Wellborough con frialdad-. Mi mayordomo intentó contratar servicio doméstico para que la princesa pudiese estar tranquila durante los meses de verano, para alejarse del calor de Venecia. Quería retirarse aquí de la vida pública, algo muy natural dadas las circunstancias. Este horrible asunto lo hizo imposible. No fuimos capaces de encontrar personal satisfactorio. Los ignorantes ya habían extendido el rumor de boca en boca.

Entre el público se extendió un murmullo de compasión.

– Qué desagradable -Harvester negaba con la cabeza-. ¿Así que la princesa no pudo venir?

– Se veía forzada a alojarse en casa de amigos, lo que no le ofrecía ni la intimidad ni la reclusión que necesitaba en esos días de aflicción.

– Gracias, lord Wellborough. Si tiene la bondad de quedarse donde está, mi distinguido amigo quizá tenga preguntas para usted.

Rathbone se puso en pie. Casi sentía crujir la tensión en el ambiente. Se había devanado el cerebro para encontrar algo que preguntarle a Wellborough, pero todo cuanto se le ocurría no podía sino empeorar las cosas.

El juez lo miraba con actitud interrogante.

– No hay preguntas, gracias, señoría -dijo con la boca seca, y volvió a sentarse.

Lord Wellborough bajó los escalones, caminó con elegancia hacia la puerta y salió.

Harvester llamó a lady Wellborough.

Subió al estrado nerviosa. Iba vestida con una mezcla de colores, marrón oscuro y negro, como si no hubiese podido decidir si debía ir de luto o no. Se estaba hablando de una muerte, se intentaba negar un posible asesinato.

– Lady Wellborough -comenzó Harvester con amabilidad-, no tengo muchas preguntas que hacerle y todas están relacionadas con lo que pudo decir la condesa Rostova y el efecto que eso causó.

– Comprendo -respondió ella en voz muy baja. Estaba de pie con las manos entrelazas y su mirada saltaba de Gisela a Zorah. No miró al jurado.

– Muy bien. ¿Me permite empezar haciéndole recordar la cena a la que acudieron usted y lord Wellborough en casa de lady Easton, en Londres? ¿Se acuerda de aquel día?

– Sí, desde luego.

– ¿Escuchó a la condesa Rostova hacer el comentario acerca de la princesa Gisela y la muerte del príncipe Friedrich?

– Sí. Dijo que la princesa lo había asesinado.

Rathbone miró hacia donde estaba sentada Gisela. Intentó leer la expresión de su rostro pero le resultó imposible. Parecía indiferente, casi como si no comprendiera lo que se estaba diciendo. O quizá lo que sucedía es que no le importaba. Todo aquello que entrañaba pasión y significado para ella formaba ya parte de un pasado irrecuperable, había muerto con el único hombre al que había amado. Lo que se estaba representando en la sala apenas incidía en su conciencia, era una farsa irreal.

– ¿Lo dijo una o más veces? -La voz de Harvester volvió a cautivar la atención de Rathbone.

– Lo repitió, que yo sepa, en al menos tres ocasiones más -respondió lady Wellborough-. Lo oí por todo Londres, así que sólo el Cielo sabrá cuántas veces lo habrá dicho en total.

– ¿Quiere decir que se convirtió en tema de conversación, de habladurías, si lo prefiere? -apuntó el abogado.

Ella abrió más los ojos.

– Por supuesto. Es casi imposible hacer oídos sordos a algo semejante.

– ¿De modo que la gente lo repetía creyera en ello o no?

– Sí… Sí, aunque no creo que nadie lo creyera. Vamos… Claro que no. -Se ruborizó-. ¡Es ridículo!

– ¿Pero aún así lo repetían? -insistió él.