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– Señor Barberini -comenzó, con una voz que sonó mucho más segura de lo que en realidad era. Se movió despacio hacia el estrado, cualquier cosa por conseguir algo de tiempo, aunque ni todo el tiempo del mundo bastaría-. Señor Barberini, ¿dice que, según lo que usted llegó a saber, nadie creyó la acusación de la condesa Rostova?

– Así es -dijo Florent con cautela.

Harvester sonrió, se retrepó en su silla. Miró a Gisela de modo alentador, pero ella miraba al frente, ajena a su abogado.

– ¿Y la condesa? -preguntó Rathbone-. ¿Tiene algún motivo para creer que ella, en realidad, no pensaba que fuese cierto?

Florent parecía sorprendido. Estaba claro que no era la pregunta que esperaba.

– Ninguno -respondió-. No me cabe duda de que lo creía por completo.

– ¿Por qué lo dice? -Rathbone entraba en territorio peligroso, pero tenía poco que perder. Siempre es arriesgado hacer una pregunta de la que no se conoce la respuesta. Había aconsejado a muchos principiantes que nunca hicieran algo así.

– Porque conozco a Zorah… a la condesa Rostova -contestó Florent-. Por absurdo que sea, ella no lo afirmaría si no creyese firmemente que es cierto.

Harvester se puso en pie.

– Señoría, creer en la veracidad de una calumnia no es una defensa. Hay gente que cree con sinceridad que el mundo es plano. Lo rotundo de esa sinceridad no hace que sea así, como estoy seguro de que sabe bien mi distinguido colega.

– Yo también estoy seguro de que lo sabe, señor Harvester -convino el juez-, aunque parece querer llegar a algún sitio. Si intenta convencer al jurado de que es así, les informaré de lo contrario, pero aún no ha intentado hacerlo. Proceda, sir Oliver, si es que de verdad pretende llegar a alguna parte.

Hubo otra oleada de risas en el público.

– Sólo deseaba dejar claro que la condesa hablaba con convicción, como ya ha observado, señoría -contestó Rathbone-. Y no por maldad ni con la intención de causar daño. -No se le ocurría nada más que añadir. Inclinó la cabeza y se retiró.

Harvester volvió a ponerse en pie.

– Señor Barberini, ¿se basa esa opinión suya sobre la sinceridad de la condesa en algún hecho? ¿Sabe, por ejemplo, si posee alguna prueba para demostrar su acusación? -La pregunta era sarcástica, pero el tono se encontraba aún dentro del territorio de la buena educación.

– Si supiera de alguna prueba no estaría aquí de pie, con ella, en esta sala -respondió Florent con el ceño fruncido-. La habría llevado de inmediato a las autoridades competentes. Sólo digo que estoy seguro de que ella lo creía. Pero no sé por qué lo creía.

Harvester se volvió y miró a Zorah, luego a Florent de nuevo.

– ¿No se lo preguntó? Seguro que, como amigo, tanto de ella, como de la princesa, ¿no sería lo primero que habría hecho?

Rathbone se estremeció y se quedó frío.

– Claro que se lo pregunté -dijo Florent con enojo-. No me dijo nada.

– ¿Quiere decir que le contestó que no tenía nada? -persistió Harvester-. ¿O que no dijo nada como respuesta?

– No me respondió nada.

– Gracias, señor Barberini. No tengo nada más que preguntarle.

El día terminó con periodistas peleándose por escapar del juzgado con sus informes y tomar los primeros coches de caballos para irse a sus periódicos, en Fleet Street. Fuera, las aceras estaban abarrotadas de gente que se empujaba y daba codazos para ver a los protagonistas. Los coches y los carruajes estaban detenidos en la calle. Los cocheros gritaban. Las voces de los vendedores de periódicos se perdían en el alboroto general. Nadie quería saber nada de la guerra de China, de las propuestas económicas del señor Gladstone, ni siquiera de las teorías blasfemas y heréticas del señor Darwin acerca de los orígenes del hombre. A pocos metros se estaba desarrollando una apasionada tragedia humana, amor y odio, lealtad, sacrificio y una acusación de asesinato.

Gisela salió por la puerta principal, escoltada escaleras abajo por Harvester a un lado y un alto lacayo al otro. Al instante se elevó una aclamación de la muchedumbre. Mucha gente le tiró flores. Los pañuelos ondeaban en el brioso viento otoñal y los hombres agitaban los sombreros.

– ¡Dios bendiga a la princesa! -gritó alguien, y el grito fue recogido por decenas de personas.

Ella no se movía, era una figura pequeña y delgada, de inmensa dignidad, y su enorme falda negra parecía sostenerla con su amplia rigidez, como si fuese maciza. Saludó con un gesto mínimo, luego permitió que la ayudaran a subir al carruaje, con adornos y crespones negros, tirado por caballos también negros, y se alejó lentamente.

La salida de Zorah fue todo lo contrario. La muchedumbre seguía allí, aún empujándose ansiosa por ver a la condesa, pero su ánimo había cambiado y ahora era violento e insultante. No le tiraron nada, pero Rathbone se preparó para esquivar lo que pudieran lanzar y se colocó instintivamente entre Zorah y la multitud.

Casi la metió a empujones en el coche de caballos y subió de un salto tras ella en lugar de dejarla sola, por si la muchedumbre le bloqueaba el paso y el cochero no podía abrirse camino hasta la calle.

Pero sólo una mujer se acercó, gritando algo ininteligible con voz estridente y llena de odio. El caballo se asustó, arremetió contra ella y la tiró al suelo. La mujer chilló.

– ¡Sal de en medio, gorda estúpida! -gritó el cochero, asustado y sorprendido también al escapársele las riendas de la mano-. Lo siento, señora -se disculpó ante Zorah.

Dentro del vehículo, Rathbone iba dando bandazos de un lado a otro, Zorah chocó con él y mantuvo el equilibrio con dificultad.

Un momento después se movían ya con elegancia y los gritos airados fueron quedando atrás. Zorah recuperó enseguida la compostura. Miraba al frente sin arreglarse la falda, como si hacerlo hubiera supuesto admitir una dificultad, y no estuviese dispuesta a hacerlo.

Rathbone pensó en un montón de cosas que decir, pero cambió de opinión respecto a todas ellas antes de abrir la boca. Miraba de reojo la cara de Zorah. Al principio no estaba seguro de si veía en ella miedo o no. Se le ocurrió la horrible idea de que tal vez su cliente había buscado de un modo consciente aquella situación. La sangre que se aceleraba, la emoción, el peligro, podían ser una droga para ella. Era el centro de atención, si bien es cierto que sólo había odio, ira y voluntad de violencia a su alrededor. Había algunas personas, muy pocas, para las que cualquier tipo de fama era mejor que el anonimato. Para ellos, pasar desapercibido es una especie de muerte y les aterroriza, es como una oscuridad envolvente, una aniquilación. Cualquier otra cosa es preferible, incluso el odio.

¿Estaba loca la condesa Rostova?

Si lo estaba, era responsabilidad suya tomar decisiones en su lugar, por su propio interés, y no dejar que destrozara su vida, igual que se cuida de un niño demasiado pequeño para ser responsable. Existía un deber para con los desequilibrados, una obligación legal aparte de la humanitaria. La había estado tratando como alguien capaz de razonar, una persona capaz de prever los resultados de sus acciones. Quizá no era así. Quizá sentía una compulsión y era él quien se había equivocado al juzgarla, había descuidado su deber como abogado y como hombre.

Estudió su cara. ¿Era la calma que veía en ella la incapacidad de comprender lo que había sucedido y de anticipar que los acontecimientos podían incluso empeorar?

Abrió la boca para hablar pero, de nuevo, no supo qué decir.

Miró las manos de Zorah, temblaban. Estaban aferradas a la falda, la piel de los guantes estaba tirante en la zona de los nudillos. Volvió a fijarse en la cara y se dio cuenta de que la mirada dirigida al frente y la mandíbula tensa, no eran fruto de la indiferencia o la inconsciencia, sino la manifestación de un miedo mucho más profundo que el suyo; y la condesa entendía a la perfección que lo que estaba por llegar sería horrible y doloroso.