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– Sí que ha terminado. -Harvester negaba con la cabeza y sonreía al mismo tiempo-. Le invitaré a cenar en el mejor lugar de Londres cuando acabe. ¿Qué diablos pasó por su cabeza para aceptar semejante caso? -Se dirigió hacia su asiento y, un instante después, entró Gisela con un vestido diferente al del día anterior, aunque igualmente exquisito, con volantes en la falda y un corpiño ceñido, ribetes de pieles en el cuello y los puños. No miró a Zorah ni una sola vez. No había muestra de reconocimiento alguno en su rostro impasible que diera a entender que conocía a aquella mujer.

Un amago de sonrisa apareció en el rostro de Zorah, pero pronto se desvaneció.

El juez llamó al orden a la sala.

Harvester se puso en pie y llamó a su primer testigo del día, la baronesa Evelyn von Seidlitz. Subió al estrado con gracia, con el frufrú de una decorosa falda gris plomo con ribetes negros que le aportaba un aspecto decente y serio sin llegar a ser luto riguroso y, al mismo tiempo, era un atuendo completamente femenino. Demostraba gran habilidad al conseguir no ofender a nadie y, aún así, no ir vestida de un modo aburrido y modesto. A Rathbone le pareció encantadora, y no tardó en darse cuenta de que todos los miembros del jurado pensaban igual que él. Lo veía claramente escrito en sus rostros cuando la miraban, la escuchaban y creían en todo lo que ella decía.

Evelyn explicó que también ella había oído la acusación tanto en Venecia como en Felzburgo.

Harvester no insistió en la reacción que había suscitado en Venecia, sólo en si se le había dado cierto crédito en alguna ocasión. No todo el mundo lo consideraba algo absurdo. Pasó con bastante rapidez a las reacciones que encontró en Felzburgo.

– Claro que se comentaba -dijo Evelyn, mirándolo con unos ojos enormes y preciosos-. Un chisme como ése no pasa inadvertido.

– Naturalmente -concedió Harvester en tono irónico-. Cuando lo comentaban, baronesa, ¿con qué intención lo hacían? ¿Consideró alguien, por ejemplo, que pudiera ser verdad? -Por el rabillo del ojo vio que Rathbone se movía y sonrió-. Tal vez debería expresarme de otro modo. ¿Escuchó a alguien manifestar su convencimiento de que la acusación era cierta, o vio a alguien comportarse de manera tal que quedase patente que creían a la condesa Rostova?

Evelyn parecía muy seria.

– Vi a mucha gente acoger la noticia con entusiasmo y contárselo a otros de forma menos especulativa, como si no fuese una calumnia sino un hecho probado. Las historias crecen de boca en boca, en especial si sus protagonistas son enemigos. Y los enemigos de la princesa han disfrutado mucho con todo esto.

– ¿Habla del pueblo de Felzburgo, baronesa?

– Sí, por supuesto.

– Pero la princesa no vive en Felzburgo desde hace más de doce años y no es muy probable que regrese allí -observó Harvester.

– La gente tiene mucha memoria, señor. Hay quien nunca la ha perdonado por haber conquistado el amor del príncipe Friedrich y, tal como ellos lo ven, haberle inducido a abandonar el país y con él su deber. Gisela es como cualquier persona que llega a lo más alto: siempre ha habido gente celosa a quien le gustaría verla caer.

Harvester lanzó una mirada a Zorah, vaciló como si estuviera pensando en preguntar algo más y luego hubiera cambiado de opinión. Estaba muy claro lo que había querido decir y, no obstante, Rathbone no podía protestar. No había abierto la boca.

Harvester miró al estrado.

– Así que es posible que esta atroz acusación le cause un gran daño a la princesa por culpa de los envidiosos y los resentidos, que desde hace tiempo la detestan por motivos particulares -concluyó-. ¿Esto les ha dado por fin un arma, por así decirlo, ahora que está sola y es más vulnerable que nunca?

– Sí. -Evelyn asintió-. Así es.

– Gracias, baronesa. Si se queda donde está, quizá sir Oliver tenga alguna pregunta para usted.

Rathbone se levantó, sólo para impedir que aquello quedara así. En su cabeza se agolpaban las ideas de la noche anterior. Pero ¿cómo podía sacar el tema ante una testigo con la que Harvester había sido tan moderado? Todo cuanto le quedaba era el derecho a interrogarla a fondo, no a entrar en un nuevo territorio de especulación política.

– Baronesa Von Seidlitz -comenzó dubitativo, alzando la vista hacia su grave y encantador rostro-. ¿Esos enemigos de la princesa Gisela de los que habla son gente poderosa?

Pareció sorprendida, sin saber cómo contestar.

Rathbone le sonrió.

– Al menos en Inglaterra, y creo que en la mayor parte del mundo -explicó el abogado-, tendemos a ser muy románticos con la gente que protagoniza una gran historia de amor. -Debía ir con extrema cautela. Cualquier cosa que el jurado considerase un ataque a Gisela los pondría al instante en su contra-. Desearíamos estar en su lugar. Incluso quizá envidiemos la buena suerte que han tenido en el mundo, pero sólo los que han llegado a estar enamorados guardan un odio real. ¿No sucede lo mismo en su país? Yo podría creerlo también de Venecia, donde la princesa ha vivido la mayor parte del tiempo desde que se casó.

– Bueno… Sí -admitió Evelyn con el ceño fruncido-. Claro que nos gustan los grandes amores. -Rió algo desconcertada-. Como a todo el mundo, ¿no? No somos una excepción. Pero aún hay gente resentida debido a la abdicación del príncipe Friedrich. Eso es distinto.

– ¿En Venecia, baronesa? -dijo Rathbone con sorpresa-. ¿A los venecianos les importa?

– No… claro que…

Harvester se puso en pie.

– Señoría, ¿tienen algún sentido las preguntas de mi distinguido colega? Yo no se lo encuentro.

El juez miró a Rathbone con pesar.

– Sir Oliver, todos esos datos ya los conocemos. Haga el favor de proceder con algo nuevo, si es que lo tiene.

– Sí, señoría. -Rathbone se decidió a seguir adelante. Al igual que antes, tenía poco que perder. El riesgo merecía la pena-. Los enemigos a los que se ha referido, capaces de perjudicar de algún modo a la princesa, dice que se encontraban en Felzburgo, ¿verdad?

– Sí.

– Porque en Venecia no les importa su caso. Venecia está, si me disculpa, llena de miembros de la realeza que han perdido el trono o la corona por un motivo u otro. Socialmente, la princesa sigue siendo una princesa. Usted misma ha dicho que las personas de valía no creían la acusación. Y de todos modos, la princesa está recluida, las invitaciones no le importan lo más mínimo. Sus amigos, quienes sí le importan, le son del todo leales.

– Sí… -Evelyn todavía estaba perdida sin saber adónde pretendía hacerla llegar Rathbone. Se le veía en la cara.

– ¿Acertaría al suponer que esos enemigos, que podrían perjudicarla, no son sólo las antiguas admiradoras del príncipe Friedrich, que aún sienten una amarga envidia, sino gente de cierto poder e importancia, capaces de contar con el respeto de los demás?

Evelyn se le quedó mirando sin decir palabra.

– ¿Está seguro de que quiere una respuesta a su pregunta, sir Oliver? -inquirió el juez con inquietud.

Incluso Harvester estaba desconcertado. Rathbone parecía estar atacando a Zorah en lugar de defenderla.

– Sí, por favor, señoría -aseguró Rathbone.

– Baronesa… -apremió el juez.

– Bueno… -No podía contradecirse. Miró a Harvester, luego apartó la vista. Contemplaba a Rathbone con evidente desagrado-. Sí, algunos de ellos son personas poderosas.

– ¿Tal vez enemigos políticos? -presionó Rathbone-. ¿Personas para las que el destino de su país es de vital importancia? ¿Personas a quienes les importa mucho si Felzburgo sigue siendo independiente o si es absorbido por una gran Alemania unificada, lo que haría perder su identidad individual y, por supuesto, su propia monarquía?

– Yo… no sé…

– ¡Ah, no! -protestó Harvester de nuevo en pie-. ¿Mi distinguido colega intenta insinuar algún tipo de crimen político? ¡Este argumento es absurdo! ¿Y quién? ¿Los enemigos políticos imaginarios de la princesa Gisela? Es a la princesa en persona a quien ha acusado su cliente. -señaló el brazo burlonamente hacia Zorah-. Está confundiendo más las cosas.