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– ¿Sir Oliver? -dijo el juez con ligera desaprobación-. ¿Qué es exactamente lo que espera conseguir de la testigo?

– La posibilidad, señoría, de que haya serios asuntos políticos involucrados en las acusaciones y contraacusaciones que se están lanzando aquí -respondió Rathbone-. Y que es el futuro de un país lo que ha desencadenado las emociones que vemos hoy en esta sala, y no sólo una antigua envidia entre dos mujeres que no se soportan.

– Esa es una pregunta que la testigo no tiene forma de responder, señoría -dijo Harvester-. No tiene conocimiento de los pensamientos y los motivos de la condesa Rostova. De hecho, no creo que nadie los conozca. Con todo respeto, tal vez ni siquiera sir Oliver.

– Señoría -dijo Rathbone con serenidad-, la baronesa Von Seidlitz es una mujer inteligente y con criterio político que pasa gran parte de su tiempo en Venecia y en Felzburgo. Su marido tiene intereses considerables en muchos lugares de Alemania y está al tanto de las aspiraciones del nacionalismo, de los planes de unificación y de independencia. El barón conoce a la mayoría de los hombres poderosos de su país. Las opiniones políticas de la baronesa están bien informadas y no pueden rehusarse a la ligera. Le he preguntado si cree posible que un motivo político esté detrás de la muerte del príncipe Friedrich, no si puede leerle el pensamiento a la condesa Rostova.

– Puede contestar a la pregunta, baronesa -ordenó el juez-. En su opinión, ¿es posible que este trágico asunto tenga un motivo político? Dicho de otro modo, ¿existen implicaciones políticas que puedan verse afectadas por la muerte del príncipe o por lo que suceda en este tribunal?

Evelyn parecía muy incómoda, pero sin renunciar a lo que ya había dicho antes y pasar así por tonta, no podía negarlo.

– Claro que hay implicaciones políticas -admitió-. Friedrich había abdicado, pero aún era príncipe de la casa real y mantenía antiguas lealtades.

Rathbone no se atrevió a presionarla más.

– Gracias. -Sonrió como si haberlo admitido significara algo y regresó a su asiento. Era consciente de la estupefacción de Harvester y de la mirada de Zorah, llena de curiosidad. El público estaba inquieto, querían más tragedia, más pasiones personales.

Por la tarde al fin se vieron satisfechos. Harvester llamó a declarar a la princesa Gisela. La sala se encontraba en tal estado de expectación que se sentían en el aire las respiraciones contenidas. Nadie hablaba. Nadie se movió cuando ella se levantó, cruzó la sala y subió los escalones del estrado. Un banco crujió cuando alguien, una sola persona, cambió de postura. Una ballena de corsé se rompió. A alguna mujer le resbaló el bolso de las manos y cayó al suelo, lo que produjo un tintinear de monedas.

Uno de los miembros del jurado estornudó.

Zorah miró a Rathbone y luego apartó la vista. No dijo nada.

Gisela estaba frente a ellos y, por primera vez, Rathbone pudo mirarla sin quedar encantado. En el estrado, tras la barandilla, parecía aún más menuda, los hombros más delicados, la cabeza incluso algo grande con su frente ancha y sus marcadas cejas. Nadie podía negar que era un rostro de extraordinario carácter, y de una belleza que iba más allá del mero color de la tez o la simetría de las facciones. Miraba a Harvester directamente, sin apartar la vista, esperando a que diera comienzo su interrogatorio después de haber prestado juramento con una voz suave y muy agradable. Tenía también un muy ligero acento, hablaba inglés con fluidez.

Era evidente que Harvester había hecho las indagaciones adecuadas y fue lo bastante listo para no hacer uso del tratamiento real. Nunca había sido princesa heredera, aquel título era sólo una cortesía.

– Señora -comenzó, en tono respetuoso teniendo en cuenta su viudedad, su legendario amor, cuando no también su posición-. Hemos escuchado declarar en este tribunal que la condesa Rostova ha pronunciado una acusación vil y atroz contra usted, y que lo ha hecho repetidas veces, en lugares privados y públicos. Ella misma no lo niega. Hemos oído a amigos de usted decir que sabían que naturalmente le había causado gran pena y dolor.

Miró un momento al público.

– Hemos oído decir a la baronesa Von Seidlitz -prosiguió Harvester- que les ha dado de qué hablar a los enemigos que pueda usted tener en su país natal, que aún le tienen envidia y le quieren mal por haberse casado con el príncipe. ¿Puede explicarle al tribunal cómo murió su marido? No es mi deseo ahondar en su pena al hacerle recordar sucesos que sólo pueden resultarle dolorosos. Bastará con una breve descripción.

Gisela se agarró a la barandilla, con las manos cubiertas por guantes negros, para serenarse, y permaneció en silencio unos segundos antes de reunir las fuerzas necesarias para contestar.

Rathbone rezongó interiormente. Era peor de lo que había imaginado. Aquella mujer era perfecta. Tenía dignidad. El drama estaba de su parte y sabía que no debía forzarlo demasiado. Tal vez se lo había aconsejado Harvester, tal vez su comportamiento era propio de su buen gusto natural.

– Se cayó del caballo cuando estaba montando -dijo, despacio pero con una voz clara que cayó sobre el silencio con todo el peso de la pérdida. Cada palabra se pudo escuchar a la perfección en toda la sala-. Sufrió heridas muy graves. El pie se le quedó enganchado en el estribo y el caballo lo arrastró. -Respiró hondo y dejó salir el aire poco a poco. Levantó el mentón, fuerte y bastante cuadrado-. Al principio creímos que estaba mejorando. Incluso para el mejor médico es muy difícil conocer la gravedad de una herida interna. Después recayó, de repente, y murió a las pocas horas.

Estaba absolutamente inmóvil, su rostro era una máscara de desesperanza. No lloraba. Parecía como si la pena la hubiese dejado exhausta y ya no le quedara más que un dolor infinito y gris, y frente a sí un indecible número de años de soledad que nadie podría alcanzar.

Harvester dejó que el tribunal sintiera su tragedia, su total desconsuelo, antes de continuar.

– ¿Y el médico dijo que la causa de la muerte había sido las heridas internas? -preguntó con mucha amabilidad.

– Sí.

– ¿Después del entierro, regresó a Venecia, al hogar que había compartido con él?

– Sí.

– ¿Cómo se enteró de la extraordinaria acusación de la condesa Rostova?

Gisela levantó un poco la barbilla. Rathbone la miraba. Tenía un rostro impresionante, gozaba de una insólita serenidad. La tragedia la había destrozado y, sin embargo, cuanto más la miraba, menos vulnerabilidad veía en la línea de sus labios o en su forma de comportarse. Había algo en ella que la hacía parecer casi intocable.

– Primero, lady Wellborough me escribió para contármelo -respondió a Harvester-. Luego recibí cartas de otras personas. Al principio di por sentado que no era más que una aberración, manifestada tal vez al… no quiero ser poco caritativa, pero no me queda otra opción… al haber bebido demasiado vino.

– ¿Qué motivo imagina que tiene la condesa Rostova para decir algo así? -preguntó Harvester con los ojos muy abiertos.

– Prefiero no responder a eso -dijo Gisela con gélida dignidad-. Mucha gente conoce su reputación. A mí eso no me interesa.

Harvester no insistió más en ese aspecto.

– ¿Y cómo se sintió usted al enterarse, señora?

Gisela cerró los ojos.

– Tras la pérdida de mi amado esposo no pensaba que la vida pudiera darme golpe alguno que llegara a hacerme daño -dijo con voz muy queda-. Zorah Rostova me ha mostrado mi error. El dolor es casi insoportable. El amor por mi esposo era el centro de mi vida. Que alguien pueda blasfemarlo de esta manera es… algo para lo que no tengo palabras.

Vaciló un instante. Por toda la sala se había extendido un silencio sepulcral. Ni una persona apartaba la mirada del rostro de Gisela y, al parecer, nadie consideró que la palabra "blasfemar" estuviese fuera de lugar.