– Preferiría no hablar de ello, y lo cierto es que no puedo, si deseo mantener la compostura, señor -dijo al fin-. Testificaré en este tribunal, como es mi deber, pero no exhibiré mi pena ni mi dolor para complacer a mis enemigos, ni tampoco a los que me aprecian. Es indecente pedirme algo así, pedírselo a cualquier mujer. Permítame guardarme mi dolor, señor.
– Desde luego, señora. -Harvester se inclinó muy ligeramente-. Ya ha dicho suficiente para disipar nuestras dudas acerca de la justicia de su causa. No podemos aliviar su dolor, pero le ofrecemos nuestra sincera compasión y toda la compensación que la ley inglesa nos permita.
– Gracias.
– Si quiere permanecer donde está, es posible que sir Oliver quiera hacerle algunas preguntas, aunque no soy capaz de imaginar cuáles.
Rathbone se levantó. Sentía el odio de la sala como si fuera electricidad estática, crujiendo, poniéndole de punta el vello de la nuca. Si la inflingía el más ínfimo desaire, si se mostraba menos que inmensamente compasivo, podía arruinar su propio caso con mucha más eficacia que cualquier táctica de Harvester.
Miró los ojos serenos y azul oscuro de Gisela y los encontró extrañamente desconcertantes. Tal vez era el agotamiento del dolor, pero en su mirada había algo muerto.
– Debió de quedar deshecha al enterarse de una acusación tan horrible, señora -dijo con deferencia, intentando no parecer empalagoso.
– Sí. -No se extendió más.
Rathbone estaba en el centro de la sala y levantaba la vista hacia ella.
– Imagino que no se encontraba usted en su mejor momento después del golpe por la pérdida de un ser tan querido -prosiguió.
– No me encontraba bien -admitió ella. Lo miraba con frialdad. Esperaba un ataque. Al fin y al cabo, representaba a la mujer que la había acusado de asesinato.
– En esa época de fuertes impresiones y dolor, ¿tuvo tiempo, o voluntad, para considerar las circunstancias políticas de Felzburgo?
– No me interesaban en absoluto. -No había sorpresa en su voz-. Mi mundo terminó con la muerte de mi esposo. Apenas sé lo que hice durante esos días. Uno era exactamente igual al siguiente y al anterior. No veía a nadie.
– Muy natural -convino Rathbone-. Imagino que todos lo comprendemos. Cualquiera que haya perdido a un ser querido conoce el proceso de la pena, qué decir de un dolor como el suyo.
El juez miró a Rathbone con desaprobación.
El jurado estaba cada vez más inquieto.
Tenía que entrar pronto en materia o sería demasiado tarde. Sabía que Zorah le observaba. Casi sentía su mirada sobre la espalda.
– ¿Se le había ocurrido, señora, preguntarse si su marido fue asesinado por motivos políticos? -preguntó-. ¿Tal vez relacionados con la lucha de su país por mantener la independencia?
– No… -La voz de Gisela reflejaba una ligera sorpresa. Parecía a punto de añadir algo más, luego miró a Harvester y cambió de opinión.
Rathbone forzó una ligera sonrisa conmiserativa.
– Pero con un amor tan profundo como el suyo, ahora que se ha descubierto la posibilidad, no creo que quiera dejar la cuestión sin aclarar, ¿me equivoco? ¿No le importa a usted, muchísimo más que a nadie de este tribunal, que, de ser así, el culpable sea descubierto y pague por haber cometido un crimen tan atroz y terrible?
Gisela lo miraba sin decir palabra, con los ojos muy abiertos.
Por primera vez hubo un murmullo de asentimiento en el tribunal. Muchos de los miembros del jurado asentían gravemente con la cabeza.
– Desde luego -dijo Rathbone, contestando a su propia pregunta con vehemencia-. Y le prometo, señora -hizo un gesto con la mano para englobarlos a todos-, que este tribunal hará cuanto esté en su poder para descubrir la verdad, hasta el último detalle, y hacerla pública. -Se inclinó muy levemente, como si ella perteneciese en verdad a la realeza-. Gracias. No tengo más preguntas. -Asintió con la cabeza hacia Harvester y regresó a su asiento.
Capítulo 10
– Los periódicos, señor. -El criado de Rathbone se los ofreció mientras desayunaba, con el Times colocado encima de todos los demás.
El estómago de Rathbone se encogió. Aquél era el indicador de la opinión pública. En la pila de letra impresa encontraría a qué se enfrentaba realmente, la esperanza y el miedo de lo que debería afrontar aquel día y durante todo el tiempo que durase el juicio.
Aunque eso no era del todo cierto. Duraría mucho más que el juicio. En la memoria de la gente su nombre quedaría por siempre relacionado con aquel asunto.
Abrió el Times y examinó las páginas para encontrar el artículo referente al juicio. Tenía que haber uno. Era inconcebible que no se hicieran eco de semejante caso. Toda Europa estaría siguiéndolo.
Ahí estaba. Casi lo pasó de largo porque en el titular no aparecía ni el nombre de Gisela ni el de Friedrich. Decía: «¿TRÁGICO ACCIDENTE O ASESINATO?». Luego proseguía con el resumen de los testimonios, siempre mostrando extrema compasión por Gisela, describiéndola con detalle: su rostro ceniciento, su gran dignidad, su circunspección al negarse a culpar a otros o a jugar con los sentimientos del público. Rathbone casi rasgó la página al leerlo. Las manos le temblaban de frustración. Gisela había realizado una sublime actuación. Ya fuera casualidad o cálculo, lo había hecho con suma maestría. Ninguna actriz lo habría hecho mejor.
El artículo continuaba hablando del enfoque de Rathbone sobre la situación y lo calificaba de desesperado. Claro que tenía razón, pero había esperado que no fuese tan evidente. Sin embargo, el grueso del artículo hizo que el corazón se le acelerara en una oleada de esperanza. Escribían que se había hecho imprescindible descubrir la verdad acerca de cómo había muerto el príncipe Friedrich.
Examinó el resto de la columna, con la boca seca y el pulso disparado. Estaba todo ahí, el resumen político de las cuestiones independentistas contra la unificación, los intereses involucrados, los riesgos de la guerra, las facciones, la lucha por el poder, su idealismo, incluso referencias a las revoluciones europeas de 1848.
El artículo terminaba ensalzando el sistema legal británico y pidiendo que no se dejara pasar aquella gran oportunidad y la responsabilidad de descubrir y demostrar ante el mundo la verdad acerca de si el príncipe Friedrich había muerto debido a un accidente o si, por el contrario, había sido víctima de un asesinato cometido por un miembro de la realeza en territorio británico. Debía hacerse justicia, y para eso era imprescindible descubrir la verdad, por muy difícil o doloroso que les resultara a algunos. Un crimen tan atroz no podía mantenerse en secreto para evitar la vergüenza de quien fuese.
Dejó el Times a un lado y miró el siguiente periódico. El tono era algo distinto. Se centraba en el aspecto humano y reiteraba la consigna del día anterior de que, a pesar de las emociones políticas y del asesinato, no había que perder de vista que se trataba de un caso de calumnia. En lo más profundo de su dolor, una mujer noble y trágica había sido acusada de un crimen horrible. El tribunal no estaba sólo para discernir la verdad e investigar asuntos que podían afectar a decenas de miles de personas, sino también, y tal vez antes que nada, para proteger los derechos y el buen nombre de los inocentes. Era el único recurso que les quedaba cuando eran acusados en falso, y tenían derecho, un derecho absoluto y sagrado, a exigirlo de las manos de todos los pueblos civilizados.
Harvester no habría servido mejor a sus intereses ni aun habiendo escrito él mismo el artículo.
Rathbone cerró el periódico, su anterior júbilo se vio moderado de forma considerable. Apenas había empezado. Había dado el primer paso, nada más.