Se le acabó de amargar el desayuno cuando llegó el correo de la mañana, que incluía una breve nota del Lord Canciller.
Estimado sir Oliver,
Permítame elogiar el tacto con que ha conducido hasta ahora un caso extremadamente difícil y arduo. Debemos esperar que el peso de las pruebas acabe por persuadir a la desafortunada demandada para que se retracte.
Sin embargo, ciertas personas de Palacio, que tienen un serio interés en que continúen las buenas relaciones con Europa, en especial con nuestros primos alemanes, me han pedido que le advierta de lo delicado de la situación. Estoy seguro de que de ningún modo permitirá que su cliente involucre, ni mediante la más leve insinuación, la dignidad y el honor de la actual familia real de Felzburgo.
Desde luego, he respondido al caballero en cuestión que todo temor en esa dirección es infundado. Le deseo toda la suerte del mundo en la negociación de este desgraciado asunto.
Atentamente
La carta estaba firmada con su nombre pero no con su título. Rathbone la dejó con gesto rígido, los dedos le temblaban. Ya no le apetecía el té ni las tostadas.
Harvester comenzó la jornada llamando a declarar al doctor Gallagher. Rathbone se preguntó si había tenido intención de convocarlo incluso antes de que surgiera la cuestión del asesinato al final del día anterior. Quizás había previsto la reacción de los periódicos y se había preparado. No parecía nervioso. Pero lo cierto es que era demasiado buen actor como para traslucir lo que no quería mostrar.
Gallagher, por otra parte, parecía muy incómodo. Subió los escalones del estrado con dificultad, tropezó en el último y sólo se salvó de la caída al agarrarse de la barandilla. Se volvió hacia el tribunal y prestó juramento, tosiendo para aclararse la voz. Rathbone sintió cierta lástima por él. Con toda seguridad, aquel hombre ya habría estado nervioso al atender al príncipe. Había sido un accidente muy grave, podía haber esperado perder al paciente y ser culpado por la incapacidad de obrar un milagro. En aquellos momentos le rodeaban personas profundamente inquietas y preocupadas. No tenía colegas a quienes consultar, como habría sucedido en un hospital. Sin duda deseó conocer entonces una segunda opinión, de algún médico de Londres, para no tener que cargar él solo con la responsabilidad y, si es que la había, con la culpa. Estaba lívido, tenía la frente perlada de sudor.
– Doctor Gallagher -empezó Harvester con gravedad, acercándose al centro de la sala-. Siento mucho, señor, tener que ponerle en esta situación, pero a buen seguro conoce las acusaciones que se han lanzado en relación con la muerte del príncipe Friedrich, ya sea por maldad o por auténtico convencimiento. El caso es que, como han sido expresadas en público, no podemos dejarlas sin contestar. Debemos descubrir la verdad y no podemos hacerlo sin su testimonio.
Gallagher fue a hablar pero acabó tosiendo. Sacó un pañuelo blanco, se lo llevó a la boca y, cuando hubo terminado, lo retuvo en la mano.
– Pobre hombre -susurró Zorah junto a Rathbone. Era el primer comentario que hacía sobre un testigo.
– Sí, señor, lo comprendo -dijo Gallagher con tristeza-. Haré todo cuanto esté en mi mano.
– Estoy seguro de ello. -Harvester estaba de pie con las manos en la espalda, lo que Rathbone había reconocido ya como una postura muy suya-. Debo hacerle recordar el accidente -continuó-. Lo llamaron para atender al príncipe Friedrich. -Era una afirmación. Todo el mundo conocía la respuesta-. ¿Dónde y en qué estado se encontraba cuando lo vio por primera vez?
– Estaba en sus habitaciones, en Wellborough Hall -respondió Gallagher mirando al frente-. Estaba tumbado en una tabla que habían subido porque temían que en la cama blanda los huesos le rozasen unos con otros, al no estar totalmente estirado. El pobre hombre aún estaba consciente y sentía todo el dolor. Creo que él mismo lo había pedido.
Rathbone miró a Zorah y vio en su cara la inquietud que le provocaba el sufrimiento del príncipe, como si en su mente aún estuviera vivo. Se armó de valor para buscar también culpabilidad en su expresión, pero no vio asomo de ella. Se volvió para mirar a Gisela. Su semblante era por completo diferente. No había vida en su rostro, ni agitación, ni angustia. Era como si todas sus emociones se hubiesen agotado y no le quedara nada.
– Así es -decía Harvester con gravedad-. Todo este asunto es muy desagradable. ¿Cuál fue su diagnóstico, doctor Gallagher, cuando lo examinó?
– Tenía varias costillas rotas -contestó el médico-. La pierna derecha estaba destrozada, rota por tres puntos, igual que la clavícula.
– ¿Y heridas internas? -Harvester se mostraba tan adusto como si el dolor y el miedo estuvieran aún vivos y presentes entre ellos. Entre el público se escucharon susurros de pena y horror. Rathbone era consciente sobremanera de la presencia de Zorah. Oyó el frufrú de su falda cuando movió el cuerpo al ponerse rígida; revivía el horror y la incertidumbre de aquel momento. No quería volver a mirarla, pero no pudo evitarlo. En sus facciones había una mezcla de sentimientos, la nariz extraordinaria, demasiado grande, demasiado fuerte para su cara, los ojos verdes entrecerrados, los labios separados. En aquel momento creyó imposible que hubiese podido causar la muerte de Friedrich.
Pero aún no tenía idea de cuánto sabía o cuáles eran sus verdaderos motivos para haber hecho pública la acusación de asesinato, ni siquiera sabía si había amado a Friedrich o si no sentía más que lástima por el sufrimiento humano. Seguía siendo para él tan inexpugnable como el día en que la conoció. Era exasperante, quizás estaba algo más que un poco loca y, sin embargo, Rathbone no lograba verla como una villana, no podía evitar que le gustara. Todo habría sido mucho más sencillo si no hubiera sido así. Podría haber rehusado su deber legal para con ella y sentirse libre en lugar de preocuparse por lo que le sucediera, aunque se lo hubiese buscado ella misma.
Gallagher describía las heridas internas que conocía o que, según su opinión médica, adivinaba. -Claro está que es imposible saberlo -dijo con torpeza-. Parecía estar recuperándose, al menos, de un modo general. Mi opinión es que, en cualquier caso, habría quedado gravemente incapacitado. -Respiró hondo-. Ahora entiendo que no supe ver algo que pudo quebrarse al moverse o quizá al toser con fuerza. A veces hasta un estornudo violento puede tener graves consecuencias.
Harvester asintió con la cabeza.
– Pero ¿los síntomas que observó eran del todo concordantes con la muerte debido a las heridas de un accidente, como las que él sufrió a causa de lo que fue una muy mala caída?
– Yo… Eso pensé en aquel momento. -Gallagher se inquietó, movía el mentón como para aflojarse el cuello de la camisa pero no soltó las manos de la barandilla-. Firmé el certificado de defunción según mi más sincero convencimiento. Claro que… -se detuvo. Ahora su vergüenza era evidente para todos los que estaban presentes en la sala.
Harvester parecía preocupado.
– ¿Tiene una segunda opinión, doctor Gallagher? ¿Surgió al leer en los periódicos la insinuación de sir Oliver en la vista de ayer, o fue incluso antes, si puedo preguntar?
Gallagher parecía deshecho. No apartaba la vista de Harvester, como si no se atreviera a mirar a otra parte por si se topaba con la mirada de Gisela.
– Bueno… la verdad… supongo que recientemente, leyendo los periódicos. Aunque un detective privado vino a hablar conmigo hace algún tiempo, y sus preguntas fueron más bien perturbadoras, aunque entonces le di poca importancia.
– ¿Así que otros le han sugerido una segunda opinión? ¿Ese agente del que habla trabajaba para sir Oliver y su cliente, por casualidad? -Harvester hizo un gesto leve, casi despectivo, en dirección a Zorah.