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– Yo… -Gallagher negó con la cabeza-. No lo sé. Me dio a entender que estaba encargado de la protección del buen nombre de la princesa y de lord y lady Wellborough.

Hubo un murmullo de encono entre el público. Uno de los miembros del jurado frunció la boca.

– ¡Ah, sí! ¿Eso hizo? -dijo Harvester con sarcasmo-. Bueno, tal vez fuera así, pero puedo decirle, sin lugar a duda, doctor, que no estaba relacionado con la princesa Gisela, y me sorprendería mucho que lo estuviera con lord y lady Wellborough. Su reputación no corre peligro, nunca lo ha corrido.

Gallagher no dijo nada.

– Reflexionándolo más en profundidad, doctor -continuó Harvester, dando unos pasos y desandándolos de nuevo-, ¿aún cree que su primer diagnóstico fue correcto? ¿Murió el príncipe Friedrich como resultado de las heridas causadas por el accidente, agravadas posiblemente por un ataque de tos o un estornudo?

– La verdad es que no lo sé. Sería imposible estar seguro sin una autopsia del cadáver.

Una exclamación ahogada se extendió por toda la sala. En el público, una mujer se dejó llevar y gritó. Uno de los miembros del jurado parecía muy alterado, como si estuviera a punto de realizarse la autopsia delante de él, allí y en aquel momento.

– ¿Existe algún indicio que demuestre que las heridas no pudieron ser la causa de la muerte, doctor Gallagher? -preguntó Harvester.

– ¡No, claro que no! Si lo hubiese no habría firmado el certificado.

– Claro que no -convino Harvester con vehemencia, extendiendo las manos-. Ah, otra cosa. ¿Supongo que visitó al príncipe con mucha frecuencia mientras se estaba recuperando?

– Por supuesto. Cada día. Dos veces al día durante la primera semana después del accidente, luego, al ver que progresaba bien y que le bajaba la fiebre, sólo una vez.

– ¿Cuánto tiempo transcurrió entre el accidente y la defunción?

– Ocho días.

– Y, durante ese tiempo, ¿quién, que usted sepa, se ocupó de él?

– Cada vez que lo visitaba, la princesa estaba a su lado. Parecía ocuparse de todo cuanto necesitaba su marido.

La voz de Harvester se hizo algo más grave y precisa.

– ¿Atenciones médicas, doctor, o también le preparaba la comida?

La sala quedó en silencio. El lugar estaba tan abarrotado que la gente se apretaba en los bancos, las telas de los vestidos rozaban entre sí, las gabardinas de lana de los caballeros contra el tafetán y el fustán de los vestidos, los trajes y los chales de las mujeres. Aunque por el ruido que hacían, bien podía haberse tratado de figuras de cera.

– No -dijo Gallagher con firmeza-. Ella no cocinaba. Deduje que no sabía hacerlo. Y como era una princesa, apenas podía esperarse algo así de ella. Me dijeron que nunca bajaba a la cocina. De hecho, me dijeron que no salió de las habitaciones desde que lo llevaron allí hasta que murió. Es más, no salió de ellas hasta pasados unos cuantos días. Estaba consternada por el dolor.

– Gracias, doctor Gallagher -dijo Harvester con elegancia-. Ha sido usted muy claro. Es todo lo que quiero preguntarle de momento. Sin duda, sir Oliver querrá interrogarle, así que si tiene la bondad de permanecer donde está…

Gallagher se volvió para mirar a Rathbone mientras éste se levantaba y se le acercaba. Monk le había hablado de los tejos que había en Wellborough Hall y él había investigado al respecto. No debía enojar a aquel hombre si pretendía sacar de él algo útil. Y debía olvidarse de Zorah, que estaba inclinada hacia delante y escuchaba cada palabra con los ojos puestos en él.

– Creo que todos nos damos cuenta de la situación en que se encontraba, doctor Gallagher -comenzó con una ligera sonrisa-. No tenía ningún motivo para suponer que el caso era diferente de lo que le habían explicado. Nadie espera ni prevé que en una casa así, con gente así, suceda algo indecoroso o de algún modo distinto a como parece ser. Le habrían criticado por su tremenda desfachatez y falta de sensibilidad si hubiese insinuado lo contrario, incluso de la forma más indirecta. Pero con la sabiduría que otorga el volver la vista atrás, y estando ahora al tanto de la situación política de Felzburgo, vamos a examinar de nuevo lo que vio y oyó y veremos si podemos darle aún la misma interpretación.

Frunció el ceño como excusándose.

– Lamento mucho hacer esto. No puede ser sino doloroso para los presentes, pero estoy seguro de que comprenden que es necesario para descubrir la verdad. Si se cometió un asesinato, debe ser probado y los culpables deben pagar por ello.

Miró intencionadamente al jurado, luego a Gisela, que estaba sentada con expresión sombría y serena junto a Harvester.

– Y si no hubo ningún crimen, si fue sólo una tragedia, entonces también deberemos demostrarlo y silenciar para siempre los malvados rumores que se han extendido por toda Europa. Los inocentes también merecen nuestra protección, y debemos cumplir con la confianza que depositan en nosotros.

Se volvió hacia el estrado antes de que Harvester protestara alegando que estaba dando un discurso.

– Doctor Gallagher, ¿cuáles eran exactamente los síntomas del príncipe Friedrich en las últimas horas antes de su muerte? Me gustaría ahorrar este mal trago a todo el mundo, en especial a la viuda, pero es imprescindible volver sobre ello.

Gallagher no dijo nada durante un par de segundos. Parecía estar poniendo en orden sus ideas, disponiéndolas del modo adecuado antes de empezar.

– ¿Desea remitirse a sus notas, doctor Gallagher? -preguntó el juez.

– No, gracias, señoría. Es un caso que no olvidaré jamás. -Tomó aliento y se aclaró la voz-. El día que el príncipe entró en situación crítica, me llamaron antes de lo que yo tenía previsto para acercarme hasta allí. Un criado de Wellborough Hall vino a mi casa y me pidió que fuese de inmediato porque el príncipe Friedrich mostraba síntomas de estar peligro. Pregunté cuáles eran, y me dijo que tenía fiebre, un dolor de cabeza muy intenso, náuseas y que sentía mucho dolor interno. Por supuesto, fui de inmediato.

– ¿No tenía otros pacientes?

– Uno. Un anciano caballero con gota, una dolencia crónica por la que poco más podía hacer que aconsejarle que se abstuviera de beber oporto. Un consejo que se negó a seguir.

Una risa nerviosa contagió al público, luego volvió a hacerse el silencio.

– ¿Y cómo encontró al príncipe Friedrich cuando lo vio, doctor Gallagher? -preguntó Rathbone.

– Como había dicho el criado -respondió el médico-. Por entonces ya tenía intensos dolores y había vomitado. Desgraciadamente, por decoro, no habían conservado el vómito, así que no pude comprobar la cantidad de sangre que contenía, pero la princesa me dijo que era abundante. Ella temía que tuviera una seria hemorragia y estaba muy inquieta. Lo cierto es que la princesa parecía estar pasando más agonía emocional que él física.

– ¿Volvió a vomitar mientras estaba usted allí?

– No. Muy poco después de mi llegada entró en una especie de delirio. Parecía muy débil. La piel estaba fría al tacto, húmeda, y aparecieron ronchas. Noté que el pulso era irregular, cuando pude encontrárselo, y padecía grandes dolores internos. Admito que, desde ese momento, temí por su vida. Tenía muy pocas esperanzas de que se recuperara. -Estaba lívido y, al contemplar su postura rígida y su cara agónica, Rathbone pudo imaginar muy bien la desesperada lucha de Gallagher por salvar al moribundo, consciente de que nada podía hacerse, viéndolo sufrir e incapaz, de realizar algo para aliviar su mal. Era una profesión que Rathbone nunca podría haber ejercido. Prefería con diferencia tratar con las angustias y las injusticias de la mente, la complicación de la ley y sus batallas.

– Imagino que todos podemos concebir su angustia, doctor -dijo en voz alta y con un sincero respeto-. Sólo podemos dar gracias por no haber estado en su lugar. ¿Qué sucedió después?