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– El príncipe Friedrich empeoró con rapidez -respondió Gallagher-. Se enfrió y perdió las pocas fuerzas que le quedaban. El dolor parecía disminuir y cayó en un coma del que ya no despertó. Murió a eso de las cuatro menos cuarto de la tarde.

– Y por lo que había visto y lo que conocía del caso, ¿concluyó que había muerto de hemorragia interna?

– Sí.

– Una conclusión en absoluto extraña, dadas las circunstancias -reconoció Rathbone-. Pero dígame, doctor Gallagher, volviendo a considerarlo, ¿hay cualquier cosa entre esos síntomas que indique, no hemorragia interna, sino envenenamiento? ¿Por ejemplo, el efecto que produce el veneno de la corteza o las hojas del tejo?

Toda la sala contuvo la respiración. Alguien soltó un grito apagado. Un miembro del jurado parecía preso de la angustia.

Zorah se movía en el asiento, inquieta, y torcía el gesto.

Como siempre, Gisela permanecía impasible, pero su rostro estaba tan pálido que bien podría haber estado muerta, parecía una figura de mármol en lugar de una mujer.

Rathbone se metió las manos en los bolsillos y sonrió con tristeza, mirando aún al testigo.

– En caso de que no haya tenido ocasión recientemente de repasar dichos síntomas, doctor, deje que los enumere, para conocimiento del tribunal, si no de usted. Mareos, diarrea, dilatación de las pupilas, dolor estomacal y náuseas, debilidad, palidez de la piel, convulsiones, coma y muerte.

Gallagher cerró los ojos y Rathbone creyó notar cómo se tambaleaba un poco en el estrado.

El juez le miraba con intensidad.

Un miembro del jurado se llevó una mano a la cara.

Gisela estaba de piedra, exhausta como si todo cuanto le importaba, todo lo que le aportaba vida, la hubiese abandonado.

En el público, una mujer lloraba en silencio.

La cara de Zorah estaba desfigurada por la tristeza. Parecía que estuviera reviviendo otra vez el dolor y la angustia de aquel día.

– No tuvo diarrea -dijo el médico muy despacio-. A no ser que tuviera lugar antes de que yo llegara y no me lo comunicaran. Tampoco había convulsiones.

– ¿Y dilatación de las pupilas, doctor Gallagher? -Rathbone casi contuvo la respiración. Sentía la palpitación de su propio pulso.

– Sí… -La voz de Gallagher era poco más que un susurro. Tosió, y volvió a toser-. Sí, tenía las pupilas dilatadas. -Parecía destrozado.

– ¿Y es ése uno de los síntomas de muerte por hemorragia interna, doctor? -Rathbone no expresó crítica alguna en el tono de su voz. Le resultó sencillo, pues no era lo que pretendía. Dudaba que cualquier otro hombre en el lugar de Gallagher hubiese pensado en ello.

El médico exhaló un suspiro.

– No, no lo es.

Un murmullo se extendió entre el público.

El rostro del juez se endureció y miró a Rathbone con gravedad.

– Doctor Gallagher -dijo Rathbone en medio de un punzante silencio-, ¿sigue manteniendo la opinión de que el príncipe Friedrich murió como resultado de una hemorragia interna causada por las heridas sufridas en la caída?

Los miembros del jurado miraban a Gisela y luego a Zorah.

Zorah apretó los puños y se adelantó unos centímetros en el asiento.

– No, señor, no soy de esa opinión -respondió Gallagher.

En el público se escucharon gritos y respiraciones entrecortadas. Al parecer, alguien se desmayó, porque muchas personas se levantaron para hacerle sitio.

– ¡Déjenla respirar! -ordenó un hombre. -¡Tenga! Sales aromáticas -ofreció otra persona.

– ¡Hagan sitio! -se oyó-. ¡Ujieres! ¡Agua!

– ¡Coñac! ¿Alguien tiene una petaca de coñac? ¡Oh, gracias, caballero!

El juez esperó hasta que la mujer fue atendida, luego dio permiso a Rathbone para continuar.

– Gracias, señoría -agradeció Rathbone.

– ¿Puede decirnos cuál fue, a su juicio, la causa de la muerte, doctor Gallagher? Después de tanto tiempo y sin más exámenes, nos damos cuenta de que tan sólo puede realizar suposiciones.

El movimiento del público cesó de pronto. Ya nadie hacía caso de la mujer que se había desmayado.

– Mi suposición, señor, es que fue veneno de tejo -dijo Gallagher desconsolado-. Lamento profundamente no haberme dado cuenta en aquel momento. Presento mis disculpas a la princesa Gisela y al tribunal.

– Estoy seguro de que ninguna persona sensata puede culparle de nada, doctor -dijo Rathbone con franqueza-. ¿Quién de nosotros habría pensado en buscar la presencia de veneno en la muerte de un príncipe alojado en la casa de un respetado miembro de la aristocracia? Yo, desde luego, no lo habría hecho y, si alguien aquí dice lo contrario, pido permiso para tratar con él el asunto.

– Gracias -dijo el médico, apesadumbrado-. Es usted muy generoso, sir Oliver. Pero la medicina es mi deber y mi vocación. Debería haber observado los ojos y haber tenido el valor y la diligencia de investigar a fondo la discrepancia.

– Ha tenido el valor ahora, señor, y le estamos en deuda por ello. Es todo cuanto tenía que preguntarle.

Harvester se puso en pie. Estaba pálido y menos seguro que al principio del día. No se movía con la misma tranquilidad.

– Doctor Gallagher, es usted ahora de la opinión que la causa de la muerte del príncipe Friedrich fue el veneno de tejo. ¿Puede decirnos cómo le fue administrado?

– Debió ingerirlo -respondió Gallagher-. Bien con la comida o con alguna bebida.

– ¿Tiene un sabor agradable?

– No tengo la más remota idea. Imagino que no.

– ¿Qué forma tendría? ¿Líquido? ¿Sólido? ¿Hojas? ¿Frutos?

– Un líquido destilado de las hojas o de la corteza.

– ¿No de los frutos?

– No, señor. Es curioso, el fruto es la única parte del tejo que no es venenosa, incluso las semillas son tóxicas. Pero, en cualquier caso, el príncipe Friedrich murió en primavera, cuando esos árboles no tienen frutos.

– ¿Una destilación?

– Sí -corroboró Gallagher-. Nadie comería hojas ni corteza de tejo.

– ¿Así que habría sido preciso que alguien cortara hojas, o corteza, y las hirviera durante un tiempo considerable?

– Sí.

– Y, sin embargo, nos ha dicho que la princesa no bajó a la cocina. ¿Disponía de algún artefacto en su habitación que le permitiera haber fabricado algo así?

– Creo que no.

– ¿Podría haberlo hecho en la chimenea del dormitorio?

– No, claro que no. Además, la habrían visto.

– ¿Había hornillos en la chimenea del dormitorio?

– No.

– ¿Salió la princesa a recoger corteza u hojas de los tejos?

– No lo sé. Creo que no se separó del príncipe.

– ¿Le parece razonable suponer que dispuso de los medios o la oportunidad para envenenar a su marido, doctor Gallagher? ¿O, en realidad, algún motivo en absoluto?

– No.

– Gracias, doctor Gallagher. -Harvester le dio la espalda al testigo y miró a la sala-. A menos que la condesa Rostova conozca algún hecho relevante que no sepamos y haya decidido escondérselo a las autoridades, me parece que tampoco ella puede creerlo, ¡su acusación es falsa y lo sabe tan bien como todos nosotros!

Henry Rathbone había estado en el tribunal aquel día, igual que el anterior. Oliver fue a visitarlo a su casa por la noche. Tenía un intenso deseo de alejarse de la ciudad todo lo posible, así como del tribunal y de lo que allí había sucedido. Fue en coche de caballos, atravesando la intensa y ventosa noche de finales de otoño, hacia Primrose Hill. El tráfico era escaso y su carruaje avanzaba con rapidez.

Llegó algo pasadas las nueve y encontró a Henry sentado junto a un vivo fuego y hojeando un libro de filosofía en el que parecía incapaz de concentrarse. Lo dejó en cuanto Oliver entró en la habitación. Tenía la cara lívida de preocupación.

– ¿Oporto? -preguntó mientras señalaba la botella que había en una mesita junto a su asiento. Sólo había una copa, pero tenía más en la vitrina de la pared. Las cortinas estaban echadas para aislarse de la noche salpicada de lluvia. Eran las mismas cortinas de terciopelo marrón que llevaban allí colgadas los últimos veinte años.