Oliver se sentó.
– Aún no, gracias -rehusó-. Tal vez más tarde.
– He estado en el tribunal -dijo Henry al cabo de unos instantes-. No tienes que explicármelo. -No le preguntó qué pensaba hacer a continuación.
– No te he visto. Lo siento. -Oliver miró al fuego. A lo mejor debía haber aceptado el oporto. Tenía más frío de lo que pensaba. El sabor sería agradable y el calor bajaría por su garganta.
– No quería distraerte de tu tarea -respondió Henry-. Pero pensaba que querrías hablar de ello después y que sería más fácil si yo había estado allí. No es sólo lo que se dice, sino la forma en que la gente reacciona.
Oliver miró a su padre.
– Y vas a decirme que el público está con Gisela, la pobre viuda afligida. Ya lo sé. Y por lo que veo, tienen razón. Monk cree que fue un crimen político y que quien lo hizo intentaba matar a Gisela para liberar a Friedrich y que de este modo él pudiera regresar a su país y liderar la independencia. Pero el plan salió mal por alguna cuestión desconocida y tomó el veneno la persona equivocada.
– Es posible -dijo Henry con el ceño fruncido, arrugando la frente-. Espero que no vayas a decir nada tan estúpido en los tribunales.
– No creo que sea estúpido -repuso Oliver de inmediato-. Creo que existe la probabilidad de que sea cierto. La reina odiaba a Gisela con todas sus fuerzas, pero con el mismo fervor deseaba también el regreso de Friedrich, para que encabezara el partido independentista y se casara con una esposa que le diera un heredero al trono. El otro hijo de la reina no tiene descendencia.
Henry parecía desconcertado.
– Pensaba que Friedrich tenía varias hermanas.
– El ascenso al trono no pasa por línea femenina -contestó Oliver, poniéndose algo más cómodo en la silla.
– ¡Pero esto se puede cambiar! -exclamó Henry con impaciencia-. Es mucho más sencillo y menos peligroso que asesinar a Gisela e intentar convencer al afligido Friedrich, presionarlo para que encabece una batalla en la que necesitará de todo su valor, destreza y determinación. E incluso llegados a ese punto podría ser una causa perdida. Se necesita un milagro para eso, no a un hombre que acaba de perder al amor de su vida y que tal vez sea lo bastante inteligente como para darse cuenta de quién ha sido el responsable.
Oliver miraba a su padre sin abrir boca. No había pensado tan a fondo en esa cuestión. Si hubiesen logrado asesinar a Gisela, seguro que Friedrich habría sospechado siquiera un poco.
– Tal vez no fuera la reina, ni Rolf, sino algún fanático descerebrado que no calculó lo que sucedería -dijo vacilante.
Henry enarcó las cejas.
– ¿Y había muchos de esos fanáticos descerebrados en Wellborough Hall con acceso a la comida del príncipe?
Oliver no se molestó en responder.
El fuego se apagaba con una lluvia de chispas y Henry alcanzó las tenazas y añadió más carbones, luego se volvió a reclinar en su asiento.
– ¿A quién llamará Harvester mañana? -preguntó, alargando la mano para tomar la pipa y llevándosela distraídamente a la boca sin intentar siquiera encenderla.
– No lo sé -contestó Oliver con la mente casi en blanco.
– ¿Podría Gisela ser culpable? -presionó Henry-. ¿Hay algún razonamiento según el cual algo así resulte plausible, suponiendo que tuviera motivos para hacerlo?
– El servicio -dijo Oliver en respuesta a la pregunta anterior-. Harvester llamará al servicio de Wellborough Hall. Casi con total seguridad testificarán que después del accidente Gisela no salió de las habitaciones que ocupaba su marido.
– ¿Es eso cierto?
– Al parecer, sí.
Henry sacó la pipa de su boca. Tenía las zapatillas tan cerca del fuego que las suelas empezaban a chamuscarse, pero no se había dado cuenta, estaba demasiado absorto en el problema.
– Entonces no puede ser culpable -dijo con franqueza-. A no ser que supongamos que lleve consigo destilación de tejo, o bien que lo planeó todo desde antes del accidente. Ambas suposiciones requieren pruebas irrefutables para que alguien se moleste en considerarlas.
– Lo sé -reconoció Oliver sin demora-. No fue ella.
Se quedaron sentados en silencio, sólo se escuchaba el sonido del alto reloj de pared y el agradable crepitar del fuego.
– Se te están quemando los pies -comentó Oliver distraídamente.
Henry los movió, haciendo un gesto de dolor al notar las suelas calientes.
– Entonces debes descubrir quién fue -dijo el anciano.
– O Rolf o Brigitte, si lo que querían era matar a Gisela y dejar a Friedrich libre para regresar a su país, o Klaus von Seidlitz, si lo que pretendían era asesinar a Friedrich para evitar su retorno.
– Aún no has demostrado que existiera una conspiración -observó Henry-. No puedes dejarlo en el aire como una mera suposición. El jurado no emitirá ningún veredicto en el que, eso quede reflejado si no lo demuestras.
– No importa -dijo Oliver, melancólico-. La acusación es de calumnia, y sólo pueden emitir un veredicto de culpabilidad, porque Zorah es culpable. Tal vez consiga convencerlos de que lo hizo para sacar a la luz el hecho de que fue asesinado y no se atrevía a acusar a nadie más, o que, de algún modo, al principio creyó que podría haber sido Gisela, aunque no pienso que creyera algo semejante. Sólo habría que preguntarle por qué lo pensaba. Pero no hay forma de que responda algo coherente.
Se levantó y se acercó a la vitrina, la abrió y sacó una copa. Regresó junto a la chimenea, llenó la copa de oporto y se sentó.
– No me atrevo a hacerla declarar. Se ahorcará ella sola.
Henry le miraba fijamente.
– Lo siento -se disculpó Oliver por la exageración-. ¿Quieres un poco más? -Hizo un gesto en dirección a la botella de oporto.
– Quizá se ahorque. -Henry no hizo caso del ofrecimiento, como si no lo hubiese oído-. Tal vez haga exactamente eso, Oliver, si no vas con mucho cuidado, si no demuestras la existencia del plan para hacer regresar a Friedrich. Y, aunque lo hagas, surgirán entonces las siguientes preguntas: ¿Lo mató la propia Zorah? ¿Tuvo oportunidad?
– Sí. -Ni siquiera el oporto logró calmar el frío que le inundaba por dentro.
– ¿Pudo Zorah cortar y destilar el tejo?
– Claro que pudo haberlo cortado. Igual que cualquiera, menos Gisela. Aún no hemos descubierto cómo lo destilaron. Ése es el mayor fallo en la serie de pruebas. El personal de la cocina parece muy seguro de que nadie utilizó sus instalaciones para hacerlo. Pero Zorah no está ni mejor ni peor situada que los demás en ese aspecto.
– ¿Tiene un motivo?
– No lo sé, pero no sería difícil insinuar unos cuantos, desde los celos y el resentimiento por el matrimonio de Gisela y Friedrich hace doce años -argumentó Oliver-, hasta el odio político, debido a que Gisela impedía que Friedrich regresara a su país y encabezara así la lucha por la independencia, o, en realidad, porque había impedido desde un primer momento que cumpliera con su deber de ser rey.
– Así que la respuesta es que sí tenía un motivo: el más antiguo del mundo y el más fácil de comprender. -Henry negó con la cabeza-. Oliver, me temo que tu cliente y tú os habéis metido en la boca del lobo. Vas a tener muchísima suerte si escapa de la horca.
Oliver no dijo nada. Sabía que era cierto.
Como Rathbone había anticipado, Harvester pasó el día siguiente llamando a testificar al servicio de Wellborough Hall. Debía tenerlo preparado, a no ser que hubiese enviado a alguien a por ellos el día anterior, después de que se levantara la sesión, y hubiesen viajado toda la noche; suponiendo que hubiera trenes nocturnos desde esa parte de Berkshire.
Las peores expectativas de Rathbone se vieron confirmadas. Criado tras criado, subieron todos al estrado muy sobrios, muy asustados, con su ropa de los domingos, transparentemente sinceros, retorciéndose las manos a causa de la vergüenza.