Ahora luchaba por salvarla de la horca.
El tribunal estaba tan abarrotado que en el interior de la sala parecía no quedar aire, estaban todos tan apretados unos contra otros que se escuchaba el roce de las telas, el chirrido de los zapatos, el crujir de las ballenas de los corsés con la respiración de las mujeres. Rathbone olía la lana mojada de miles de abrigos empapados por la lluvia. El suelo estaba resbaladizo por las gotas y los pequeños charcos. Las ventanas estaban empañadas a causa del vapor de las respiraciones.
Los periodistas estaban sentados codo con codo, apenas podían moverse lo suficiente para escribir. Los lapiceros, afilados, mojados ya con saliva. El papel, húmedo entre las manos temblorosas.
Los miembros del jurado tenían un aspecto sombrío. Un hombre con bigotes blancos no dejaba de jugar con su pañuelo. Otro sonrió un momento a Gisela y apartó deprisa la vista. Ninguno miraba a Zorah.
El juez ordenó a Rathbone que comenzara.
Rathbone se puso de pie y llamó a declarar a Stephan von Emden. El ujier repitió el nombre y su voz se perdió en la sala abarrotada de gente. No había eco.
Todos estaban expectantes, los cuellos se estiraban. Lo siguieron con la mirada cuando entró, cruzó la sala y subió los escalones del estrado. Como lo había llamado la defensa, se suponía que estaba a favor de Zorah. La animosidad se sentía como una ola de rabia desde el público.
Le tomaron juramento.
Rathbone se adelantó, se sentía más vulnerable de lo que podía recordar en cualquiera de las incontables ocasiones en que había hecho aquello. Había tenido más casos difíciles, clientes de los que dudaba, clientes en los que creía aunque se sentía incapaz de defenderlos. Nunca antes había sido tan consciente de sus propios errores de juicio o de su falibilidad. Ni siquiera estaba seguro de que a todo eso no se le fuera a añadir algo más durante el día. La única cosa en la que creía por completo era en la lealtad de Hester. No es que ella pensara que tenía razón, pero estaría a su lado para apoyarlo sin importar la naturaleza ni el grado de su derrota. Qué ciego había estado para tardar tanto en ver aquella belleza en ella, y en darse cuenta de su valía.
– ¿Sir Oliver? -apremió el juez.
El tribunal esperaba. Debía empezar, tenía que decir algo, ya fuese para bien o para mal. ¿Tenían idea de lo perdido que se encontraba? Al mirar la cara enjuta de Harvester y su expresión, estuvo seguro de que el letrado contrario lo sabía muy bien. Incluso apreciaba cierta lástima en él, aunque le pararía los pies en cuanto dispusiera de la más mínima oportunidad.
– Barón Von Emden -Rathbone se aclaró la voz-, se encontraba usted en Wellborough Hall cuando el príncipe Friedrich sufrió el accidente, durante su aparente convalecencia y posterior defunción, ¿no es cierto?
– Sí, señor, estuve allí -ratificó Stephan. Parecía tranquilo y muy serio, con sus claros ojos color avellana y el cabello rojizo que le caía un poco sobre el lado derecho de la frente.
– ¿Quién más estaba allí? -preguntó Rathbone-. Aparte del personal de la casa, claro está.
– El barón y la baronesa Von Seidlitz, el conde Rolf Lansdorff…
– Es el hermano de la reina Ulrike, ¿verdad? -interrumpió Rathbone-. ¿El tío del príncipe Friedrich?
– Sí.
– ¿Quién más?
– La baronesa Brigitte von Arlsbach, Florent Barberini y la condesa Rostova -terminó Stephan.
– Por favor, continúe -dijo Rathbone.
Stephan prosiguió.
– El coronel y la señora Warboys, los dueños de una de las casas vecinas, fueron invitados a cenar en dos o tres ocasiones con sus tres hijas. También estuvieron sir George y lady Oldham, y una o dos personas más cuyos nombres no recuerdo.
Harvester se mostraba ceñudo, pero hasta ahora no había interrumpido. Rathbone sabía que lo haría si no llegaba pronto a algún punto relevante.
– ¿Le sorprendió encontrarse a la baronesa Von Arlsbach y al conde Lansdorff invitados a la misma casa que el príncipe y la princesa Gisela? -preguntó-. Es bien sabido que, cuando el príncipe abandonó su país, no despertó sentimientos agradables, sobre todo en la casa real y, también, en la baronesa, de quien se dice que el país la habría querido como reina. ¿Es eso falso?
– No -respondió Stephan con evidente reticencia. Se trataba de un asunto embarazoso, tanto por razones personales como patrióticas hubiese preferido no discutirlo en público, y se le notaba en la cara.
– ¿Se sorprendió, entonces? -presionó Rathbone, en su mente se desarrollaba la futura escena con el Lord Canciller como si fuera a tratarse de una ejecución.
– Me habría sorprendido de no estar la situación política como está -contestó Stephan.
– ¿Querría explicar eso un poco mejor?
Harvester se levantó.
– Señoría, la lista de invitados no es una cuestión relevante. No se trata de quién estaba presente y quién no. Sir Oliver está desesperado y malgasta su tiempo.
El juez volvió su cara anodina hacia Harvester.
– Soy yo quien decide cómo ha de emplear el tiempo este tribunal, señor Harvester. Estoy dispuesto a dejarle a sir Oliver cierta flexibilidad en el asunto, siempre y cuando no abuse de ella, dado que también usted debe participar. Sigo estando muy interesado en esclarecer la verdad acerca de la muerte del príncipe Friedrich y, en caso de que se deduzca que fue asesinado, averiguar quién realizó el crimen. En cuanto sepamos eso, podremos juzgar debidamente a la condesa Rostova por su acusación.
Pero Harvester no estaba ni mucho menos satisfecho.
– Señoría, ya hemos demostrado que la única persona a la que no se puede culpar de algo semejante es mi cliente, la princesa Gisela. Aparte de la devoción que sentía por su marido, su total falta de motivos, también hemos demostrado que no tuvo ni medios ni oportunidad de hacerlo.
– He estado presente cuando se han presentado los testimonios, señor Harvester -le recordó el juez-. ¿O imagina que no he prestado total atención?
Hubo un claro murmullo de diversión en el público y varios miembros del jurado sonrieron.
– ¡No, señoría! ¡Por supuesto que no! -Harvester había perdido la compostura. Era la primera vez que Rathbone lo veía así.
El juez sonrió muy ligeramente.
– Bien. Proceda, sir Oliver.
Rathbone inclinó la cabeza en señal de gratitud, pero no se hacía ilusiones respecto a que esa flexibilidad no tuviese un límite.
– Barón Von Emden, ¿querría explicarnos ese cambio de la situación política en Felzburgo que justificaba la lista de invitados?
– Hace doce años, cuando Friedrich abdicó en favor de su hermano pequeño, Waldo, para poder casarse con Gisela Berentz, a quien la familia real no aceptaba como princesa heredera, existía un fuerte sentimiento de repulsa contra él. Y aun más contra ella -dijo Stephan en un tono calmado, sosegado, pero que dejaba entrever el recuerdo del dolor y la vergüenza-. La reina, en particular, nunca le ha perdonado el daño que hizo a la casa real. Su hermano, el conde Lansdorff, compartía profundamente esos sentimientos. Al igual que la baronesa Von Arlsbach. Como bien ha dicho, muchas personas querían y esperaban que Friedrich se casara con ella. Para ella fue vergonzoso porque todo indicaba que habría aceptado su deber y se habría casado con él.
Stephan parecía triste, pero no vacilaba.
– El barón y la baronesa Von Seidlitz, por otro lado -prosiguió-, iban con frecuencia a Venecia, donde el príncipe Friedrich y la princesa Gisela habían ubicado su residencia principal, lo que provocó que ya no fueran en modo alguno aceptados por la corte de Felzburgo.
– ¿Está diciendo que los sentimientos de resentimiento, traición, o como quiera llamarlo, seguían siendo tan intensos después de doce años que resultaba imposible mantener la amistad con las dos partes? -preguntó Rathbone.