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Stephan meditó un momento.

El juez le observaba.

La sala estaba casi en completo silencio. Se oía algún que otro crujido o el roce de algún movimiento en los bancos.

Gisela estaba rígida. Por una vez, su rostro mostraba emoción, como si el mencionar esa antigua humillación hubiese abierto una herida. Tenía los labios tensos. Las manos enguantadas se cerraban con fuerza. Pero no había forma de saber si era el rechazo que ella había sufrido el que recordaba o el de Friedrich.

– No era sólo una cuestión de sentimientos en torno al pasado -contestó Stephan, mirando a Rathbone a los ojos-. Han surgido nuevas situaciones políticas que convierten esos antiguos sucesos en algo de suma importancia.

Harvester se removió incómodo, pero sabía que no tenía sentido protestar. Lo único que conseguiría sería grabar lo que Stephen estaba diciendo en la mente de todos.

– ¿Quiere explicarse, por favor? -presionó Rathbone.

– Mi país es uno más entre un gran número de estados, principados y electorados germánicos. -Stephan se dirigía al tribunal en general-. Tenemos un idioma y una cultura común, y existe un movimiento político que pretende aunar la fuerza de todos nosotros y reunimos bajo una sola corona y un solo gobierno. Naturalmente, en cada uno de esos territorios hay quien ve los beneficios que comportaría esa unidad y hay quien está dispuesto a luchar con todas sus fuerzas por conservar su carácter individual y su independencia. Mi país, en ese sentido, se encuentra dividido como los demás. Incluso la familia real está dividida.

Ahora gozaba de la máxima atención. Muchos miembros del jurado negaban con la cabeza. Como ciudadanos de una nación isla, no podían comprender, al menos de un modo racional, la pasión por la independencia. En su concepción política no existía el miedo a ser absorbidos. No lo habían sufrido en cincuenta generaciones.

– ¿Sí? -le animó Rathbone para que continuara.

Era evidente que a Stephan no le gustaba tener que hablar de la escisión interna de su país en público, pero sabía que no tenía otra opción.

– La reina y el conde Rolf están apasionadamente a favor de la independencia -respondió-. El príncipe Waldo, apoya la unificación.

– ¿Y la baronesa von Arlsbach?

– Independencia.

– ¿El barón Von Seidlitz?

– Unificación.

– ¿Cómo lo sabe?

– No lo ha mantenido en secreto.

– ¿La ha propugnado?

– Abiertamente no, no ha llegado tan lejos. Pero ha argumentado sus posibles ventajas. Ha trabado amistad con muchos de las personalidades que ocupan cargos de relevancia en Prusia.

Hubo un rumor de desaprobación en la sala; Parecía más algo emocional que el resultado de una deliberación.

– ¿Y cuáles eran los sentimientos del príncipe Friedrich al respecto? -preguntó Rathbone-. ¿Sabe usted si llegó a expresarlos públicamente?

– Estaba a favor de la independencia.

– ¿Lo suficiente como para tomar cartas en el asunto?

Stephan se mordió el labio.

– No lo sé. Lo que sí sé es que ése era el motivo por el cual había ido el conde Lansdorff a Wellborough Hall, pretendía hablar con él del asunto. En otras circunstancias, el conde Lansdorff habría rechazado cualquier tipo de invitación para sentarse en la misma mesa que Friedrich.

La cara del juez expresaba preocupación y miró muy fijamente a Rathbone, como si estuviese a punto de interrumpirlo, pero no lo hizo.

– ¿Sabe si fue él quien propició la reunión o si fue el príncipe Friedrich? -prosiguió el abogado, muy consciente de lo que hacía.

– Creo que fue el conde Lansdorff.

– Dice que lo cree. ¿No lo sabe?

– No, no lo sé a ciencia cierta.

– Y el barón Von Seidlitz, ¿por qué estaba él allí, si sostenía una opinión contraria? ¿Habían planeado algún tipo de debate, una discusión abierta?

Stephan sonrió por un instante.

– Claro que no. Sólo son conjeturas. Tampoco sé si llegó a producirse alguna conversación. Es probable que Klaus von Seidlitz estuviera allí para ocultar el aspecto político del encuentro.

– ¿Y la condesa Rostova y el señor Barberini?

– Ambos están a favor de la independencia -respondió Stephan-. Pero Barberini es medio veneciano, así que hasta cierto punto resultaba natural invitarlo, ya que Friedrich y Gisela viven en Venecia. Eso hizo que la reunión tuviera el aspecto de una fiesta de primavera normal y corriente en una casa de campo.

– ¿Pero, en realidad, detrás de las celebraciones, las fiestas y las comidas en el campo, la caza, las veladas teatrales, la música y las cenas, se desarrollaba una importante reunión política?

– Sí.

Sabía que Stephan no podía decir si le habían hecho a Friedrich alguna oferta o alguna petición, así que no lo preguntó.

– Gracias, barón Von Emden. -Se volvió hacia Harvester.

El letrado se levantó, su expresión mostraba una curiosa mezcla de miedo e inquietud. Caminó hasta el centro de la sala dando grandes zancadas, como si tuviera un firme propósito, con los hombros encorvados.

– Barón, ¿formaba usted parte de las conspiraciones para invitar al príncipe Friedrich a regresar a su país y usurpar así el trono de su hermano?

Rathbone no podía protestar. El lenguaje era peyorativo, pero él mismo había preparado el terreno para ello.

Stephan sonrió.

– Señor Harvester, si existía un plan para hacer regresar al príncipe Friedrich y lograr que encabezara la lucha para preservar nuestra independencia, yo no formaba parte de él. Pero suponiendo que se hubiese tratado de eso, y sólo de eso, de haberlo sabido, me habría unido a él de buena gana. Si cree usted que se hubiese tratado de una usurpación, demuestra no comprender en absoluto el asunto. El príncipe Waldo está totalmente dispuesto a abandonar el trono, no le importa que nuestro país pierda su independencia y que nos absorban para formar parte de un gran estado.

Se inclinó hacia delante sobre la barandilla, le hablaba a Harvester como si fuera la única persona presente en la sala.

– No quedaría trono alguno en Felzburgo -prosiguió-, ninguna corona por la que pelearse. Seríamos una provincia de Prusia, o de Hannover, o de como quiera que se llame el conglomerado de países que resulte de la unificación. Nadie sabe quién sería entonces el rey, o el presidente, o el emperador. Si de veras le pidieron a Friedrich que regresara y él aceptó, sería con la intención de salvar el trono de Felzburgo sin importar quién lo ostentase. Tal vez Friedrich no deseaba hacerlo. Tal vez habría perdido la batalla de todos modos y también habríamos quedado absorbidos en ese gran estado. Tal vez su regreso habría comportado una guerra y nos habrían conquistado. O a lo mejor los otros pequeños estados liberales se habrían aliado con nosotros para no verse dominados por los reaccionarios. Ahora ya no lo sabremos, porque está muerto.

Harvester sonrió sombríamente.

– Barón, si ése era el propósito de la visita a Wellborough Hall, y estoy convencido de que usted así lo cree, entonces me contestará a unas preguntas que surgen a partir de tal suposición. Si Friedrich hubiese rechazado la invitación, ¿le habría dado a alguien motivos para desear su muerte?

– No que yo sepa.

– ¿Y si hubiese aceptado?

La boca de Stephan quedó rígida por el disgusto que sentía al verse obligado a expresar en voz alta sus creencias, pero no evitaría la cuestión.

– Quizá el barón Von Seidlitz.

– ¿Porque estaba a favor de la unificación? -Harvester enarcó las cejas-. ¿Tantas posibilidades existían de que el príncipe Friedrich, sin la ayuda de nadie, hubiese logrado su objetivo? En sus respuestas anteriores, usted ha dado a entender que parecía algo difícil de conseguir. No sabía que aún tuviese tanto poder.