– Tal vez no habría conseguido preservar nuestra independencia -dijo Stephan con paciencia-. Pero bien podría haber provocado una guerra, y la guerra es lo que más teme Von Seidlitz. Tiene mucho que perder.
Harvester parecía asombrado.
– ¿Y el resto de ustedes no? -Se volvió a medias hacia el público, como para incluirlos en su sensación de sorpresa.
– Por supuesto. -Stephan respiró hondo-. La diferencia es que muchos de nosotros pensamos que también tenemos algo que ganar. O tal vez debería decir, con más exactitud, preservar.
– ¿Su identidad como estado independiente? -La voz de Harvester no era burlona, ni siquiera irrespetuosa, pero sí que intentaba provocar a Stephan con un realismo duro e implacable-. ¿De veras cree que merece la pena una guerra, barón Von Emden? Y en caso de que estallara, ¿quién lucharía? -Gesticulaba con furiosa perplejidad-. ¿Quién perderá el hogar y las tierras? ¿Quién morirá? A mí no me parece tan innoble querer evitar la guerra en su país, aunque sea algo horrible matar al príncipe por semejante causa. Al menos la mayoría de los que estamos aquí podemos comprenderlo, a mí me resulta fácil de aceptar.
– Tal vez -admitió Stephan, su rostro estaba encendido con una pasión que hasta ahora había conseguido dominar-. Pero todos ustedes viven en Inglaterra, donde hay una monarquía constitucional, un parlamento en el que debatir, una ley de sufragio mediante la cual los hombres votan el gobierno que desean. Tienen libertad de expresión. -No movía las manos, pero sus palabras abarcaron al total de personas presentes en la sala-. Tienen libertad para reunirse y debatir, incluso para criticar a sus superiores así como a las leyes que éstos promulgan. Pueden ponerlas en duda sin sufrir represalias. Pueden formar un partido político que defienda la causa que quieran. Pueden adorar a Dios de la forma que elijan. Su ejército obedece a los políticos, y no los políticos al ejército. Su reina nunca acataría órdenes de los generales. Están ahí para protegerlos de una invasión, para conquistar naciones más débiles y menos afortunadas, pero no para gobernarlos y hacerlos desaparecer si amenazasen con reunirse en masa para protestar contra el estado o las leyes laborales, los salarios o las circunstancias en general.
En el público no se oía ni un susurro. Cientos de rostros contemplaban a Stephan con asombro y en total silencio.
– A lo mejor si vivieran en alguno de los estados germánicos -prosiguió, en el tono de su voz se apreciaba una cruda tristeza-, y pudieran recordar los ejércitos que marchaban por las calles hace una década, si hubieran visto a la gente levantando las barricadas con la frágil esperanza de que tal vez nosotros podríamos gozar también de unas libertades que para ustedes son tan nimias, y hubieran visto después a los muertos, cómo la esperanza desembocaba en desesperación, las promesas truncadas, estarían dispuestos a luchar para conservar los pocos privilegios de los que Felzburgo dispone. -Se inclinó hacia delante-. Y en memoria de todos los que lucharon y murieron en otros lugares, ofrecerían también su vida, por sus hijos y por los hijos de sus hijos, o incluso por su país, sus amigos, por el futuro, ya fueran ustedes a verlo, a conocerlo, o no, solamente porque creen en esas cosas.
El silencio resultaba hiriente para los oídos.
– ¡Bravo! -gritó alguien del público-. ¡Bravo, señor!
– ¡Bravo! -gritaron una decena más de hombres, y uno a uno empezaron a ponerse en pie, luego fueron decenas, veintenas, las manos alzadas, los rostros encendidos de emoción-. ¡Bravo!
– ¡Dios salve a la Reina! -exclamó una mujer, y otra lo repitió.
El juez no hizo sonar el mazo ni efectuó ningún otro intento de restablecer el orden. Dejó que todo siguiera su curso y se calmara por sí solo. Al cabo de unos instantes, la ola de pasión se consumió y la emoción se asentó.
– ¿Señor Harvester? -inquirió el juez-. ¿Tiene algo más que preguntarle al barón Von Emden?
Harvester tenía el semblante desencajado y triste. Estaba claro que el testimonio había despertado una intensidad que no había anticipado. El asunto había dejado de ser meramente político, en sentido frío y objetivo, y se había convertido en algo de rabiosa actualidad que le importaba a todo el mundo. La balanza emocional se había decantado de manera irrevocable. Y Harvester no estaba seguro de adónde conduciría.
– No, señoría, gracias -respondió-. Creo que el barón ha demostrado de manera admirable que los sentimientos en Wellborough Hall eran muy intensos, y que muchos creían que el futuro de una nación dependía de que el príncipe Friedrich regresara o no. -Negó con la cabeza-. Nada de lo cual tiene la menor relevancia en la acusación de la condesa Rostova contra la princesa Gisela y su evidente falsedad. -Miró un momento en dirección a Rathbone y luego regresó a su asiento.
Todo estaba perfectamente calculado. Rathbone lo sabía tan bien como Harvester. No había defendido a Zorah de la acusación de calumnia, ni siquiera la había defendido de la tácita acusación de asesinato. Stephan incluso había empeorado la situación sin darse cuenta. Había mostrado cuánto estaba en juego y había jurado que Zorah creía en la independencia. No podría haber deseado la muerte de Friedrich, pero con facilidad habría podido intentar matar a Gisela y considerarlo un acto patriótico. Todas las personas de la sala lo creerían ahora como una posibilidad verosímil.
– ¿Qué demonios está haciendo, Rathbone? -quiso saber Harvester cuando se cruzaron al salir de la sala durante el descanso del almuerzo. Parecía confundido-. Su cliente tiene tantas probabilidades de ser culpable del asesinato y de haber equivocado la víctima como cualquier otra persona. -En su voz se apreciaba una preocupación auténtica-. ¿Está seguro de que la condesa está en sus cabales? Por su propio interés, ¿no puede hacer que se retracte? Ahora el tribunal querrá saber la verdad, haga lo que haga y diga lo que diga su cliente. Al menos protéjala convenciéndola de que guarde silencio, antes de que se incrimine a sí misma y, además, le arrastre a usted con ella. Ya tiene demasiados testigos que le son desfavorables, Rathbone.
– El caso es desfavorable -admitió el abogado con pesar, siguiendo el paso de Harvester.
– ¡Me imagino la cara que pondrá el Lord Canciller! -Harvester esquivó a un grupo de oficinistas que discutían acaloradamente y se reunió con Rathbone al tiempo que bajaban las escaleras en pos del crudo viento de finales de octubre.
– Yo también -dijo Rathbone con demasiada sinceridad-. Pero no tengo alternativa. Sostiene de forma inflexible que Gisela lo mató y, a no ser que abandone el caso, para lo que no tengo motivos, debo seguir sus instrucciones.
Harvester negó con la cabeza.
– Lo siento. -Era conmiseración, no una disculpa. Harvester no impediría que el caso siguiera su curso, como tampoco Rathbone lo habría impedido de estar en su lugar.
Por la tarde, cuando regresaron, Rathbone llamó a declarar a Klaus von Seidlitz, quien se vio obligado a corroborar lo que había dicho Stephan. Al principio se mostró reacio a admitirlo, pero no podía negar que estaba a favor de la unificación. Cuando Rathbone le presionó, argumentó su opinión en contra de la guerra y la destrucción que conllevaba, y su enorme cara retorcida se llenó de creciente pasión al describir la ruina que causa un ejército a su paso: la muerte, la tierra arrasada, la confusión y la pérdida de las regiones fronterizas, los mutilados y los desaparecidos. Su desgarbada figura desprendía cierta dignidad al hablar de sus tierras y de su amor por los pueblos, los campos y los caminos.
Rathbone no le interrumpió. Ni siquiera, cuando Klaus terminó, insinuó que podría haber asesinado a Friedrich para evitar que regresara a su país y lo condujera en una guerra como la que había descrito.
Si algo bueno había en aquello, era que no quedaría duda alguna de que había muchos motivos para el asesinato de Friedrich, o para el infortunado equívoco que había matado a Friedrich en lugar de a Gisela. Había pasiones y cuestiones afines que todo el mundo podía comprender, tal vez incluso identificarse con ellas.