Pero aún estaba muy lejos de poder ayudar a Zorah. Debía hacer durar el proceso todo cuanto pudiera y esperar que con las investigaciones se desvelara algo concreto, algo que señalara de manera indiscutible a otra persona.
Miró atrás, adonde ella estaba sentada, con la cara pálida pero manteniendo la compostura. Él era el único que podía ver sus puños apretados sobre el regazo. No recordaba haber sabido nunca tan poco de la verdadera opinión de un cliente. Desde luego, no era la primera vez que lo embaucaban. Algún cliente le había convencido de su inocencia para descubrir después una culpabilidad amarga y cruel.
¿Era ése el caso de Zorah Rostova?
La miraba, miraba su cara turbulenta, que con tanta facilidad parecía fea o hermosa según incidiera en ella la luz o el ánimo. La encontraba fascinante. No quería que fuese culpable, pero tampoco que fuera una ilusa. ¿Tal vez ésas eran sus artes? Había conseguido importarle. Y no tenía la más mínima idea de qué le pasaba a ella por la cabeza.
Pidió volver a llamar a Florent Barberini al estrado. El juez no tuvo objeción, y una mirada en dirección a Harvester silenció cualquier protesta. Los miembros del jurado estaban erguidos sobre sus asientos, esperaban cada palabra.
– Señor Barberini -comenzó Rathbone, caminando despacio hacia el centro de la sala-, con su anterior testimonio me he formado la idea de que conoce la situación política tanto de los estados alemanes como de Venecia. Desde que subió usted al estrado han salido a la luz muchos otros hechos que convierten la situación política en un factor relevante de la muerte del príncipe Friedrich, así como en nuestro intento de descubrir quién la provocó, ya fuera intencionadamente, o fruto de un trágico accidente mortal cuando, de hecho, lo que pretendían era asesinar a la princesa Gisela.
Toda la sala se sobrecogió. Alguien del público sofocó un grito.
Gisela se estremeció, Harvester extendió la mano como para tranquilizarla aunque, en el último momento, se echó atrás. No era una mujer accesible. Estaba sentada como si la rodeara un cordón de aislamiento. Parecía darse cuenta sólo a nivel superficial del drama que se estaba representando en aquella abarrotada sala. Su pena resultaba visible más allá de las simples ropas negras, las joyas de luto o el sombrero de velo negro. Se había recluido a un lugar inaccesible dentro de sí misma. Rathbone sabía que el jurado era muy sensible a eso. De algún modo, era una proclamación del daño que sentía más vehemente que las palabras de cualquier otra persona. Harvester tenía una cliente ideal.
Zorah era el polo opuesto. Estaba llena de un colorido y una energía turbulentos, era completamente extraña, ponía en duda demasiados de los supuestos sobre los que descansaban las creencias de la sociedad.
Rathbone regresó a Florent en cuanto el murmullo se silenció.
– Señor Barberini, el quid de este caso reside en la pregunta de si realmente hubo un plan para pedirle al príncipe Friedrich que regresara a su país para liderar un partido que luchara por la independencia frente a cualquier propuesta de unificación. ¿Existía semejante plan?
Florent no vaciló ni un instante.
– Sí.
Hubo cientos de gritos ahogados entre el público. Incluso el juez se puso tenso y se adelantó un poco en su asiento, mirando a Florent a los ojos. Zorah dejó escapar un gran suspiro.
Rathbone sintió que una corriente de alivio recorría sus venas como una ola de calidez después de un viaje gélido. No quería sonreír, pero no pudo evitarlo. Le temblaban las manos y por un momento no pudo moverse, no tenía fuerza en las piernas.
– Y… -Se aclaró la voz-. ¿Y quién estaba involucrado en él?
– Sobre todo el conde Lansdorff -contestó Florent-. Ayudado por la baronesa Von Arlsbach y por mí.
– ¿De quién fue la idea?
Esta vez Florent sí dudó.
– Si le resulta comprometedor políticamente -intervino Rathbone-, o si el honor le impide mencionar nombres, ¿puedo preguntar si cree que la reina hubiese aprobado la causa?
Florent sonrió. Era extraordinariamente atractivo.
– Habría aprobado el regreso de Friedrich para encabezar el partido por la independencia -respondió-. Siempre que se cumplieran sus condiciones, que eran inalterables.
– ¿Sabe cuáles eran?
– Por supuesto. No debería tomar parte en la negociación de ningún acuerdo que no contara con su aprobación. -Su cara se relajó y reflejó una especie de humor negro-. Sin mostrar lealtad hacia ella, un plan semejante nunca funcionaría.
Rathbone también se relajó y se encogió un poco de hombros.
– Supongo que la reina es una mujer con mucho poder.
– Muchísimo -corroboró Florent-. Tanto político como personal.
– ¿Y cuáles eran sus condiciones, señor Barberini?
Florent respondió con atención, sin hacer pausas, sin pensar en el jurado, en el juez ni en el público que escuchaba.
– Que volviera solo -dijo-. No toleraría que la princesa Gisela regresara como su esposa. Ella debía permanecer en el exilio y separarse de él.
Un grito ahogado recorrió la sala del tribunal y se oyó un profundo suspiro, el desahogo de las respiraciones contenidas.
Gisela levantó un poco la cabeza y cerró los ojos, no quería mirar a nadie.
La expresión de Harvester era adusta, pero no podía decir nada. No había protesta legal.
Zorah se mantuvo inexpresiva.
Rathbone se vio de nuevo obligado a romper sus propias reglas. Debía plantear una pregunta crucial de la que no conocía la respuesta, pero no le quedaba más alternativa.
– ¿Y se le dieron a conocer esas condiciones al príncipe Friedrich, señor Barberini?
– Sí.
De nuevo hubo murmullos entre la multitud y alguien lanzó un silbido de desaprobación.
– ¿Está seguro de ello? -presionó Rathbone-. ¿Estaba usted presente?
– Sí, así es.
– ¿Y cuál fue la respuesta del príncipe Friedrich?
El silencio se adueñó del aire. En la última fila del público se movió un hombre y el chirrido de sus botas pudo escucharse desde donde estaba Rathbone.
La más sombría de las sonrisas apareció y desapareció de inmediato en la cara de Florent.
– No contestó.
Rathbone sintió que empezaba a sudar.
– ¿No dijo nada?
– Discutió -explicó Florent-. Preguntó muchas cosas. Pero el accidente tuvo lugar antes de que las discusiones llegaran a un final definitivo.
– ¿Así que no se negó en redondo? -inquirió Rathbone, con la voz alterada a pesar de los esfuerzos que hacía por controlarla.
– No, expuso su propia contrapropuesta.
– ¿Cuál era?
– Que Gisela regresara con él. -Inconscientemente, Florent omitió el tratamiento de princesa, con lo que traicionaba sus sentimientos por ella. Para él sería siempre una plebeya.
– ¿Y el conde Lansdorff lo aceptó? -preguntó Rathbone.
– No. -Lo dijo sin dudar.
Rathbone enarcó las cejas.
– ¿No estaba abierto a negociación?
– No, no lo estaba.
– ¿Sabe por qué? Si la reina, y el conde Lansdorff, tienen sentimientos tan apasionados por las libertades de las que hablaba, y si los que debían formar una fuerza política combatiente también los tienen, el aceptar a la princesa Gisela como esposa de Friedrich hubiese sido un precio muy pequeño a pagar por el regreso del líder. Nadie podría haber aunado las diferentes fuerzas como él. Era el primogénito del rey, el heredero al trono, el líder natural.
Esta vez Harvester se puso de pie.
– Señoría, el señor Barberini no tiene competencia para responder a semejante pregunta, a no ser que declare hablar en nombre de la reina y pueda demostrar esa autoridad.
– Sir Oliver -el juez se inclinó hacia delante-, ¿tiene intención de llamar al estrado al conde Lansdorff? No puede hacer que el señor Barberini conteste por él. Tal respuesta no sería más que un chisme, como bien sabe.