– Sí, señoría -contestó Rathbone con gravedad-. Con permiso de su señoría, llamaré al conde Lansdorff al estrado. Su asesor me ha informado de que no deseaba venir, lo cual es comprensible, pero creo que el testimonio del señor Barberini no nos deja otra opción. Muchas reputaciones, vidas tal vez, dependen de que conozcamos la verdad.
Harvester parecía descontento, pero protestar sería como dar a entender que creía que Gisela no podía permitirse que se conociera la verdad, y eso era equivalente a la derrota ante la opinión pública, cuando no también ante la ley. Y por el momento, la ley no era más que una pequeña parte del asunto. Apenas importaba lo que podía demostrarse judicialmente, se trataba de lo que creyera la gente.
El tribunal levantó la sesión en medio de un gran alboroto. Los periodistas pasaban unos por encima de otros, incluso tiraban al suelo a las gentes del público para abrirse paso y trepar a los coches de caballos, gritar los nombres de sus periódicos y pedir que los llevasen allí de inmediato. Ya nadie sabía qué pensar. ¿Quién era inocente? ¿Quién era culpable?
Rathbone tomó a Zorah del brazo e hizo que acelerara el paso, casi la empujaba para que pasara la primera fila de asientos públicos hacia la puerta y el pasillo. Después Rathbone caminó lo más deprisa que pudo hacia una sala privada y una salida discreta. Sólo llegados a ese punto se sorprendió de que ella pudiera seguirle el paso.
Esperaba que Zorah estuviera exultante, pero cuando se volvió para mirarla sólo apreció valentía, calma y alerta. Estaba confundido.
– ¿No es esto lo que usted pensaba? -dijo, y al instante deseó no haberlo hecho, pero era demasiado tarde para detenerse-. ¿Que le habían propuesto a Friedrich regresar a condición de que abandonara a su esposa, y que ella tenía tanto miedo de que aceptara la oferta que lo mató antes que verse descartada? Ahora empieza a parecer concebible que alguien lo hiciera por ella movido por la compasión. O que pueda haber actuado en complicidad con alguien, cada cual según sus propios motivos.
Los ojos de Zorah reflejaban un negro humor, en parte burla, en parte rabia, en parte desdén.
– ¿Gisela y Klaus? -dijo con desprecio-. ¿Ella para mantener su posición como una de las grandes amantes del mundo, él para evitar una guerra y su ruina económica? ¡Nunca! No lo creería ni aunque lo viera con mis propios ojos.
Rathbone se quedó sin habla. Aquella mujer era imposible.
– ¡Entonces no tenemos nada! -Casi gritó-. ¿Klaus solo? Porque ella no pudo hacerlo. ¡Ya lo han demostrado! ¿Es eso lo que quiere, o intenta culpar del asesinato a la reina?
Ella estalló en una risa brillante, profunda y completamente sincera.
De buena gana Rathbone le habría dado una bofetada.
– No -dijo ella, dominándose con dificultad-. No, no quiero culpar a la reina. Tampoco podría. No tuvo nada que ver en el asunto. Si hubiese querido matar a Gisela ya lo habría hecho hace años, ¡y con mayor eficiencia! No es que crea que ella llora en estos momentos la muerte de Friedrich como lo habría hecho hace trece o catorce años. Creo que para ella su hijo murió cuando escogió a Gisela y abandonó su deber y a su pueblo.
– ¿El conde Lansdorff?
– No. Usted me gusta, sir Oliver. -Lo dijo como si se le hubiese acabado de ocurrir-. Lo mató ella -continuó-. Gisela lo mató.
– ¡No lo hizo! -Estaba exasperado por completo-. Es la única persona que no pudo hacerlo. ¿No ha escuchado los testimonios?
– Sí -le aseguró-. Pero no lo creo.
Y Rathbone no pudo conseguir nada más de ella. Se rindió y se fue a casa de muy mal humor.
Por la mañana, el conde Lansdorff subió al estrado. Lo hizo con talante sombrío, pero sin protestar. Mostrar su desagrado habría sido indigno en un hombre que no sólo era soldado y estadista, sino el hermano de la reina más formidable de los estados alemanes, cuando no de toda Europa. Al verlo con su pose erguida, la cabeza alta, los hombros echados hacia atrás, los ojos firmes y directos, no era fácil confundirse.
Aquel hombre era ya un enemigo por el mero hecho de que Rathbone lo hubiera llamado al estrado para testificar y ser interrogado como una persona corriente. No sabía si era una circunstancia atenuante, o si se sumaba a la ofensa, el hecho de que el juicio no hubiese tenido lugar en el propio país del conde. No era la ley lo que le obligaba a estar allí, en el banquillo de la historia de Europa, sino la necesidad de aparecer ante la opinión pública, de defenderse, y con él a su dinastía.
Rolf escuchaba.
– Conde Lansdorff -empezó Rathbone cortésmente-, el señor Barberini nos ha contado que cuando estuvieron en Wellborough Hall la pasada primavera se reunió en varias ocasiones con el difunto príncipe Friedrich, para discutir la posibilidad de que regresase a su país y encabezara la lucha para conservar la independencia y no verse absorbidos en una Alemania unificada. ¿Es eso esencialmente correcto?
Los músculos de Rolf se tensaron cada vez más hasta parecer tan rígido como un soldado desfilando ante un general.
– Lo es… -admitió-. Esencialmente.
– ¿Hay algún detalle que resulte incorrecto o engañoso? -Rathbone mantuvo el tono casi informal.
En la sala no se oía un solo ruido. Se volvió y dio uno o dos pasos, como si pensara.
Gisela estaba sentada con el rostro inexpresivo. Rathbone se sorprendió al ver la fuerza que emanaba de ella cuando estaba en calma, cómo se pronunciaban los huesos de su rostro. No había ternura en su boca, ni vulnerabilidad. Se preguntó qué desesperanza la consumía por dentro para que pareciera tan impenetrable a todo cuanto sucedía a su alrededor. Parecía como si realmente, ahora que Friedrich estaba muerto, nada pudiera alcanzarla. Tal vez era por él, por su memoria, por lo que había emprendido esa acción.
Los labios de Rolf se cerraron formando una línea fina y delicada. Respiró profundamente. Su expresión era la de un hombre que ha mordido algo de sabor amargo.
– La oferta estaba sujeta a condiciones, no era absoluta -respondió.
– ¿Qué condiciones, conde Lansdorff?
– Ese es un asunto político, y también familiar, ambos delicados y confidenciales -respondió Rolf con frialdad-. Sería grosero discutirlo en público, y de muy mal gusto.
– Me doy cuenta, señor -dijo Rathbone con seriedad-. Y a todos nos pesa que sea necesario, absolutamente necesario, hacerlo, para que pueda impartirse justicia. Si le sirve de ayuda, ¿puedo preguntar si la condición era que el príncipe Friedrich se divorciara de su esposa y regresara solo?
El rostro de Rolf se tensó hasta que la luz se reflejó en la lisa superficie de sus mejillas y su frente, y la nariz pareciera una hoja afilada.
El juez tenía una expresión de profunda insatisfacción. Rathbone pensó con temor que, sin duda, el Lord Canciller le habría enviado también a él una nota de aviso.
– Ésa era la condición -dijo Rolf con un tono de voz glacial.
– ¿Y tenía la esperanza de que el príncipe Friedrich aceptara ese imperativo? -presionó Rathbone de manera implacable.
Rolf parecía asombrado. Estaba claro que ésa no era la pregunta que esperaba. Tardó un momento en ordenar sus pensamientos y responder.
– Esperaba poder apelar a cualquier sentido del honor que le quedara, señor. -No miraba a Rathbone sino a algún punto del panel de madera que cubría la pared que se encontraba frente a él, por encima de la cabeza del abogado.
– ¿Tenía usted indicios de ello antes de venir a Inglaterra, conde Lansdorff? ¿O existía alguna otra circunstancia o hecho que le hiciera suponer que podría cambiar de opinión respecto a su abdicación? -prosiguió Rathbone.
Rolf aún mantenía la pose de un soldado en un desfile, pero de uno que escucha cómo se detienen los pasos del pelotón de fusilamiento.