– A veces la obsesión amorosa disminuye con el tiempo y se convierte en algo más moderado -respondió con intenso disgusto-. Yo esperaba que cuando Friedrich se percatase de la necesidad de su país, dejara de lado los sentimientos personales y cumpliera con el deber para el que nació y fue educado, y cuyos privilegios aceptó de buen grado durante los treinta primeros años de su vida.
– Sería un gran sacrificio… -Rathbone tanteaba el terreno.
Rolf le dirigió una mirada fulminante.
– ¡Todos los hombres hacen sacrificios por su país, señor! ¿Algún caballero inglés al que usted respete responde a la llamada de las armas diciendo que prefiere quedarse en casa con su esposa? -Casi se atragantó con el espeso desagrado que destilaba su voz-. ¡Al infierno con el invasor o el ejército extranjero que pisotee sus tierras! Que luche otro. ¡Él prefería bailar en Venecia e ir flotando en góndola haciéndole el amor a una mujer! ¿Admiraría usted a un hombre así, señor?
– No, no lo haría -respondió Rathbone, sintiendo de pronto cómo ardía la vergüenza en el interior del hombre que tenía delante. Friedrich no era sólo su príncipe sino también el hijo de su hermana, su propia sangre. Y él le había presionado para que llegara a esa conclusión delante de un tribunal lleno de gente de la calle, de una calle extranjera-. ¿Se lo expresó usted de ese modo al príncipe Friedrich en Wellborough Hall, conde Lansdorff?
– Sí.
– ¿Y cuál fue su respuesta?
– Que si tanto lo necesitábamos para luchar por la independencia, tendríamos que hacer concesiones y aceptar a esa mujer como su esposa.
Una ola de emoción inundó la sala como una marea.
Por primera vez, también Gisela reaccionó. Se estremeció como si la hubiesen amenazado con darle una bofetada en la cara.
– Y teniendo en cuenta la importancia de las cosas que dependían de su regreso, ¿estaba dispuesto a aceptar esas condiciones? -preguntó Rathbone en medio del silencio.
Rolf alzó el mentón unos milímetros.
– No, señor, no estábamos dispuestos.
Hubo un suspiro general en el público.
– Ha dicho «estábamos» -dijo Rathbone-. ¿A quién más se refiere, conde Lansdorff?
– A los que creemos que el mejor futuro para nuestro país pasa por conservar la independencia, las leyes y los privilegios que tenemos en la actualidad -contestó Rolf-. A los que creemos que la alianza con otros países alemanes, en concreto Prusia o Austria, sería un paso atrás, hacia una época más oscura y represiva.
– ¿Y a usted lo han rechazado como líder? -inquirió Rathbone.
Rolf le miró como si le hubiese hablado en un idioma ininteligible.
Rathbone dio unos pasos por la sala, para volver a atraer su atención.
– ¿Es su hermana, la reina Ulrike, de su misma opinión, conde Lansdorff?
– Sí.
– ¿Y su sobrino Waldo, el príncipe heredero?
La cara de Rolf apenas mostraba emoción alguna, sólo la creciente rigidez de los hombros traicionaba sus sentimientos.
– Él no.
– Naturalmente. Si no, él habría liderado el partido y el regreso de Friedrich no habría sido necesario. Me parece que la salud de su majestad el rey es causa de preocupaciones, ¿no?
– El rey está muy enfermo. Está muy débil -admitió Rolf.
Rathbone se volvió de nuevo, mirando en dirección contraria.
– Sus motivos para desear que el príncipe Friedrich regresara son muy comprensibles, señor. De hecho, imagino que casi todos los aquí presentes simpatizarían con usted y, dadas las circunstancias, harían seguramente lo que usted hizo. Lo que es más difícil de comprender, al menos a mí me resulta imposible, es por qué el odio a la princesa Gisela es tan intenso, a tal punto que el hecho de abandonarla fuera la condición para el regreso del príncipe Friedrich. No parece tener mucho sentido.
Rathbone miró durante un segundo a Gisela.
– Es una mujer encantadora y atractiva -prosiguió el abogado-, y ha demostrado ser una excelente esposa para el príncipe: leal, digna, inteligente, una de las anfitrionas más respetadas de Europa. Nunca se ha dicho siquiera una sola palabra en contra de su reputación en ningún sentido. ¿Por qué estaban dispuestos a arriesgar la batalla de la independencia sólo para asegurarse de que no regresara con su marido?
En el estrado, Rolf estaba muy tenso. No apartó las manos de los costados, se mantuvo en posición de firmes.
– Señor, la situación viene de muy antiguo, de hace unos doce años. Usted no conoce más que lo ocurrido en los últimos meses. Es ridículo suponer que podría llegar a entenderlo.
– Necesito entenderlo -aseguró Rathbone-. Y también el tribunal.
– ¡No! -contradijo Rolf-. No tiene nada que ver con la muerte de Friedrich ni con la calumnia de la condesa Rostova.
El juez miró a Rolf, tenía la frente arrugada, pero cuando habló lo hizo con una voz infinitamente cortés.
– No es usted jurado de esta cuestión, conde Lansdorff. Ahora está en un tribunal inglés y yo decidiré qué es necesario y qué no lo es, según la ley. Y esos doce caballeros -señaló al jurado- deliberarán y decidirán lo que crean que es cierto. No puedo obligarle a responder las preguntas de sir Oliver. Sólo puedo decirle que, en caso de negarse a hacerlo, insinuará una opinión adversa como causa de su silencio. El asesinato está castigado con la pena capital. Éste en concreto se cometió en territorio inglés y está sujeto a las leyes inglesas, sea quien sea el hombre o la mujer que lo cometió.
Rolf quedó lívido.
– No tengo ni idea de quién mató a Friedrich ni por qué. Pregunte lo que quiera. -No añadió «y al cuerno», pero se le veía en la cara.
– Gracias, señoría -agradeció Rathbone, y luego se volvió hacia Rolf-. ¿La princesa Gisela estaba al corriente de sus negociaciones, conde Lansdorff?
– No porque yo se lo hubiera dicho. Si Friedrich se lo contó o no, no lo sé.
– ¿No pudo usted deducirlo por su comportamiento? -inquirió Rathbone sorprendido.
– No es una mujer que haga visibles sus pensamientos o sus sentimientos con su expresión -respondió Rolf con frialdad, sin mirar siquiera a Gisela-. Si su ininterrumpido… -buscó la palabra- disfrute de la fiesta se debía a la ignorancia de nuestra misión o a la confianza en que Friedrich no la abandonaría, no tengo forma de saberlo.
– ¿Había estado alguna vez en otra fiesta como aquella, conde Lansdorff?
– Si Friedrich estaba allí, no. Soy hermano de la reina. Friedrich escogió el exilio en lugar de cumplir con su destino. -En su expresión había una condena total, igual que en el tono de su voz dura y precisa.
– ¿Debo deducir que Gisela creía que Friedrich no la abandonaría?
– Puede deducir lo que le apetezca, señor.
Harvester sonrió sombríamente. Rathbone lo apreció por el rabillo del ojo. Intentó enfocarlo de otro modo.
– ¿Estaba autorizado a tomar decisiones en cuanto a las condiciones o concesiones al príncipe Friedrich, conde Lansdorff? ¿O tenía que consultar con la reina?
– No había concesiones que hacer -contestó Rolf con cara de pocos amigos-. Creía que ya lo había dejado claro, señor. Su majestad no toleraría el regreso de Gisela Berentz, ni como princesa heredera ni como consorte. Si Friedrich no aceptaba esas condiciones, se buscaría a otro líder para la causa.
– ¿Quién?
– No lo sé.
Rathbone pensó que era mentira, pero por la expresión de Rolf pudo ver que ésa sería la única respuesta que conseguiría de él.
– La reina siente un odio muy intenso por la princesa Gisela -dijo Rathbone, pensativo-. Parece ir en contra de los intereses de su país, permitir que los sentimientos personales gobiernen sus acciones. -No era una pregunta, pero esperaba que provocase en Rolf una reacción defensiva.
Lo consiguió.
– ¡No es odio personal! -exclamó-. Esa mujer era inaceptable como esposa de Friedrich, por muchas razones, y ninguna de ellas era estrictamente personal. -Empleó el término con absoluto desdén.