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Rathbone se volvió intencionadamente para mirar a Gisela, sentada junto a Harvester. Era la imagen del dolor, una víctima perfecta. Harvester no tenía que defenderla de Rolf, su propio porte ya ejercía esa función mejor que cualquier palabra que se le pudiese ocurrir al abogado. Parecía enfadado, aunque satisfecho.

Zorah estaba muy erguida, tensa, con la cara pálida.

Rathbone miró de nuevo hacia Rolf.

– A mí me parece muy adecuada -dijo en tono inocente-. Tiene dignidad, presencia, provoca admiración, amor o incluso envidia en medio mundo. ¿Qué más podría desear?

La boca de Rolf se retorció a causa de un sentimiento que expresaba tanto dolor como desprecio.

– Posee el arte de seducir a los hombres -respondió Rolf-, la inteligencia para convertirse en el centro de atención y el estilo para vestir siempre de manera impecable. Eso es todo.

Hubo silbidos en el público. A uno de los miembros del jurado se le escapó una exclamación de horror.

– Oh, vamos, señor… -protestó Rathbone, de pronto el pulso se le aceleró, tenía la boca seca-. Eso parece, en el mejor de los casos, una descortesía guiada por los prejuicios. Y en el peor, parece un comentario fundamentado en un profundo odio personal.

Rolf perdió los estribos. Por fin se dejó llevar y se inclinó hacia delante sobre la barandilla, fulminando a Rathbone con la mirada.

– Que no se dé usted cuenta de su naturaleza, señor, tan sólo es culpa suya. La mayor parte de Europa no puede apreciarlo, gracias a Dios. Me hubiese gustado dejar las cosas así, pero usted me ha obligado. Al igual que cualquier otra casa real, necesitamos un heredero. Waldo no puede dárnoslo, aunque no es culpa suya. No es ése asunto que pueda ni vaya a comentar aquí. Gisela no tiene hijos por decisión propia.

Hubo una oleada de reacciones entre el público.

Harvester se levantó a medias de la silla, pero su protesta se perdió en medio del alboroto generalizado.

El juez golpeó con el mazo para ordenar silencio.

Rathbone miró a Rolf, luego a Gisela. Ella parecía carente de vida, sus enormes ojos parecían hundidos, pero Rathbone no sabía si era debido al miedo, al horror y a la vergüenza ante tal revelación pública o a causa de un viejo dolor que había vuelto a despertarse.

El ruido aún no había cesado. Rathbone miró a Zorah.

Parecía tan sorprendida y confusa como el resto de los presentes.

El juez volvió a golpear con el mazo. Se restableció el orden.

– ¿Conde Lansdorff? -incitó Rathbone con mucha claridad.

Rolf no iba a detenerse.

– Si Friedrich la hubiese abandonado, podría haberse casado con una mujer más adecuada, una que le diera un heredero al país -prosiguió Rolf-. Hay muchas jóvenes de noble nacimiento y con una reputación intachable, lo bastante agradables de trato y aspecto. -No apartaba la mirada de Rathbone, pero en su rostro se notaba la renuencia-. La baronesa Von Arlsbach habría sido perfecta. La reina le suplicó que se casara con ella. Tenía todas las virtudes y el pueblo la adoraba. Su familia es intachable. Su reputación mejora con cada día que pasa.

No hacía caso de la gente, ni siquiera del jurado. Todos los ojos repasaban los bancos para el público intentando descubrir si ella estaba allí.

– Posee dignidad, honor, la lealtad del pueblo y el respeto de todos los que la conocen, nativos y extranjeros por igual -continuó-. Pero él escogió a esa otra mujer. -Su mirada se dirigió a Gisela por un instante y luego la apartó de nuevo-. ¡Nos hemos quedado yermos!

– Ésa es una tragedia que ha afectado a muchas dinastías, conde Lansdorff -dijo Rathbone compasivamente-. Aquí, en Inglaterra, no nos es ajena. Deberán enmendar la constitución para que la corona pase también por línea femenina. -Hizo caso omiso de la expresión de incredulidad de Rolf-. Pero cuando el príncipe Friedrich se casó con Gisela no podían saber que esa unión no daría hijos. Es injusto pensar que es por culpa de Gisela, y de forma voluntaria.

Bajó un poco la voz.

– Muchas mujeres desean con desesperación concebir un hijo y, si no pueden hacerlo, plantan cara al mundo valientemente y esconden su dolor fingiendo que éste no existe. Se trata de una aflicción muy íntima y personal. ¿Por qué debería alguien, una princesa, exponerlo para que el público lo viera o se compadeciera de ella?

Rolf habló con una amargura tensa, casi sibilante:

– Gisela no tiene hijos porque ésa fue su decisión. ¡No me pregunte cómo lo sé!

– Debo hacerlo -insistió Rathbone-. Es una acusación muy dura, conde Lansdorff. ¡No puede esperar que el tribunal, ni nadie, le crea a menos que lo demuestre! -Sonrió con cierto sarcasmo.

Rolf permaneció en silencio.

Harvester se levantó, tenía la cara congestionada.

– ¡Señoría… esto es absurdo! Yo…

– Sí, señor Harvester -dijo el juez con calma-. Conde Lansdorff, o bien se retracta de sus afirmaciones sobre la princesa Gisela y reconoce que son falsas, o bien explica los motivos que tiene para sostenerlas y deja que el tribunal decida si las cree o no.

Rolf se puso firme de nuevo, se enderezó e irguió los hombros. Miraba más allá de Rathbone y de las mesas de la demandante y la demandada, hacia algún lugar del público y, sin pensarlo, también Rathbone se volvió en esa dirección. El juez siguió la mirada de Rolf y el jurado le imitó.

Rathbone vio a Hester y, junto a ella, a un joven en silla de ruedas, la luz se reflejaba en su cabello de color castaño claro. Detrás de él, también en el pasillo, había un hombre y una mujer mayores, de aspecto especialmente atractivo. Al parecer, por el modo en que lo miraban, eran sus padres. Era el paciente del que le había hablado Hester. Le había contado que eran de Felzburgo. No era de extrañar que se sintieran obligados a asistir al juicio, después de las cosas que habían publicado los periódicos.

Rathbone se volvió de nuevo hacia el estrado.

– ¿Conde Lansdorff?

– Gisela no es estéril -dijo Rolf entre dientes-. Tuvo un hijo de una aventura ilícita años antes de casarse con Friedrich.

Un murmullo de respiraciones contenidas, tan intensas como un silbido, inundó la sala. Harvester se levantó de un salto y se encontró con que no tenía ni idea de qué decir. A su lado, Gisela estaba blanca como el papel.

Uno de los miembros del jurado tosió y se atragantó.

Rathbone estaba demasiado desconcertado como para decir nada.

– No quería al niño -continuó Rolf con la voz cargada de desprecio-. Quería deshacerse de él, abortar… -De nuevo se vio obligado a parar por el jaleo que se organizó en la sala.

El público estalló de furia, repugnancia y aflicción. Una mujer chilló. Alguien se puso a maldecir a diestro y siniestro, de manera indiscriminada.

El juez daba golpes con el mazo, tenía los ojos casi cerrados a causa de la inquietud.

La voz de Rolf, cruda y fuerte, se alzó por encima de todo aquello.

– Pero el padre quería al hijo, y le dijo que lo descubriría todo si ella lo mataba, pero si daba a luz y el niño vivía, se lo llevaría lejos para cuidarlo y amarlo.

En el público alguien lloraba.

Los miembros del jurado estaban lívidos.

– Dio a luz un niño -dijo Rolf-. El padre se lo llevó. Luchó durante un año para sacarlo adelante él solo, luego se enamoró de una mujer de su mismo rango y clase, una mujer tierna y noble dispuesta a criar al niño como si fuera su propio hijo. Por descontado, el niño nunca supo que no era su madre.

Rathbone tuvo que aclararse la garganta antes de poder encontrar la voz suficiente para hablar.

– ¿Puede demostrarlo, conde Lansdorff? Es una acusación horrible.

– ¡Por supuesto! -Los labios de Rolf mostraban desdén-. ¿Imagina que la acusaría desde el estrado si no pudiera probarlo? Puede que Zorah Rostova sea imbécil… ¡pero yo no!