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»Su segundo hijo no tuvo tanta suerte -prosiguió, la voz gélida como el hielo-. Lo concibió de Friedrich, pero esa vez consiguió abortar. Por lo visto, conocía unas hierbas. Es un arte que a algunas mujeres les gusta cultivar; por razones de salud o cosmética, entre otros motivos. Y para preparar afrodisíacos y provocar abortos también. Después de aquello estuvo enferma y durante un tiempo la atendió un médico. No sé si pueden obligarlo a testificar, pero no mentiría bajo juramento. El asunto le preocupaba. -Tenía la cara crispada por la emoción-. Pero si su profesión le obliga a callar, pregunten a Florent Barberini. Él hablará, si le presionan. No tiene lealtades que lo aten. -Calló de repente.

Rathbone no tenía alternativa. El tribunal contenía la respiración.

– ¿Pero y el hijo que dice que dio a luz, conde Lansdorff? ¡El hijo de Gisela! ¿Eso sí puede demostrarlo?

Rolf miró al juez una vez más.

La cara del juez expresaba pesar, pero era inflexible.

– Lo siento, conde Lansdorff, la acusación que ha hecho es demasiado terrible como para dejarla sin demostrar, sea cierta o falsa. Si puede, debe contestar.

– La aventura de Gisela fue con el barón Bernd Ollenheim -dijo Rolf sombríamente-. Él se llevó a su hijo y, cuando se casó, su esposa quiso al niño como si fuera suyo.

No tenía nada más que decir, pero la emoción del tribunal no le hubiese dejado hablar de todas maneras. De una forma tan repentina como el estallido de una tormenta, la adoración de los asistentes por Gisela se había convertido en odio.

Harvester parecía un hombre que acabara de presenciar un accidente mortal. Su rostro había perdido el color, dejaba los gestos a medias, cambiaba de opinión, abría la boca como para hablar y no encontraba palabras.

Gisela estaba sentada como si se hubiera quedado petrificada. Lo que fuera que sintiese, no se reflejaba en sus facciones. No había nada en su rostro que hablara de arrepentimiento. Ni una sola vez se volvió para ver si reconocía a Bernd Ollenheim entre el público, y no podía haber dejado de darse cuenta de que estaba allí, por la fija mirada de Rolf, llena de lástima, y por el movimiento de la multitud cuando se percataron de a quién estaba mirando.

Rathbone miró a Zorah. ¿Estaba ella al corriente? ¿Había estado esperando a que Rolf lo desvelara, deseándolo, confiando en que lo hiciera?

Por la inmóvil sorpresa que reflejaba su rostro, Rathbone sólo pudo deducir que había resultado tan impactante para ella como para los demás, exceptuando a la propia Gisela.

Pasaron segundos, minutos, hasta que el barullo descendió lo suficiente como para que Rathbone se hiciese oír.

– Gracias, conde Lansdorff -dijo al cabo-. Nos damos cuenta de que ha debido ser muy duro para usted revelar esto, por el bien de los inocentes. Sin embargo, eso explica el infinito desagrado de la reina Ulrike por Gisela. -También él omitió el título sin darse cuenta-. Y la razón por la que, bajo ninguna circunstancia, permitiría que ella regresara a Felzburgo y se convirtiese en reina. Si algo así se hubiese llegado a hacer público después de la coronación, el escándalo habría sido atroz. Podría haber destruido la corona. La reina no habría permitido algo semejante.

Dio un paso atrás, se volvió y luego le habló otra vez a Rolf.

– Conde Lansdorff, ¿tenía conocimiento el príncipe Friedrich de esta tragedia del pasado y del hecho de que Gisela tuviera un hijo?

– Por supuesto -dijo Rolf con pesar-. Se lo contamos en cuanto mostró la intención de casarse con ella. No hizo caso. Tenía la capacidad de no ver lo que no quería ver.

– ¿Y el aborto? ¿Supongo que ése es el motivo de que ya no haya concebido más hijos desde entonces?

– Supone correctamente. Ahora ya no puede. Dudo que consiga que el médico lo declare, pero es la verdad.

– ¿Y sabía el príncipe Friedrich que Gisela mató a la criatura que había llevado en su vientre?

Hubo un grito ahogado en toda la sala. Entre el público, una mujer lloraba. Los miembros del jurado parecían una fila de hombres en un fusilamiento.

Rolf palideció aún más.

– No lo sé. No se lo dije, aunque yo lo sabía. Dudo que ella se lo hubiese contado. A no ser que lo hubiera hecho Barberini. Pero no lo creo probable.

– ¿No utilizaron esa información para intentar convencerlo de que abandonara a su esposa? Confieso que yo, casi con total seguridad, lo habría hecho.

– Yo también, sir Oliver -dijo Rolf con gravedad-. Pero sólo como último recurso. No quería a un hombre destrozado. Cuando sucedió, no tuve oportunidad de hacerlo, y después del accidente habría sido brutal. Lo habría matado. No sé si se lo hubiese dicho más adelante, una vez recuperado. No lo sé.

– Gracias, conde Lansdorff. No tengo más preguntas para usted. Por favor, no se vaya, quizá el señor Harvester tenga alguna.

Harvester se puso en pie, se tambaleó un poco, como si una ráfaga de viento hubiese impactado con su cuerpo, y se aclaró la voz.

– Yo… Supongo, conde Lansdorff, que podrá probar esta monstruosa historia ante el tribunal si resulta necesario. -Intentaba aparentar valentía, incluso mostrarse desafiante, pero le fallaron las fuerzas. Era obvio que estaba tan abatido como todas las personas de la sala. Era un hombre dedicado con devoción a su mujer y sus hijas, y sus emociones se habían visto demasiado ultrajadas como para esconderlo.

– Por supuesto -contestó Rolf secamente.

– Tal vez le pidan que lo haga. De más está decir que yo cumpliré instrucciones. -No podía decir nada para rebatir la acusación, y hablar en ese momento de la falta de relevancia en el caso de calumnia de Zorah habría sido ridículo. A nadie le importaba ya. Nadie escuchaba siquiera. Se sentó de nuevo como un hombre totalmente diferente.

El juez miró a Rathbone, la tristeza se reflejaba en su cara.

– Sir Oliver, lo siento pero creo que lo mejor será que aporte cualquier prueba de la que disponga. No ponemos en entredicho el testimonio del conde Lansdorff, pero hasta ahora sólo tenemos su palabra. Lo más adecuado sería zanjar este asunto lo antes posible, si es que tenemos oportunidad de hacerlo.

Rathbone asintió con la cabeza.

– Llamo a declarar al barón Bernd Ollenheim.

– ¡Barón Bernd Ollenheim! -repitió el ujier.

Muy poco a poco, Bernd se puso de pie y avanzó desde el público, cruzó la sala, subió los escalones del estrado y, una vez arriba, se volvió para enfrentarse al tribunal. Estaba pálido, los ojos llenos de angustia. Miraba hacia Gisela, por encima de la cabeza de Rathbone, como si se tratara de un ser que hubiese salido reptando de un pozo negro.

– ¿Quiere un vaso de agua, señor? -preguntó el juez con amabilidad-. Puedo enviar a un ujier a por uno sin problema.

Bernd volvió en sí.

– No… No, gracias, señoría. Conseguiré dominarme.

– Si desea algún tipo de ayuda, puede pedirla -le tranquilizó el juez.

Rathbone se sentía como si estuviera desnudando a un hombre. Sólo le llamó porque había que aportar una respuesta al interrogante que había planteado Rolf, una respuesta que fuese definitiva.

– Barón Ollenheim, no le entretendré demasiado. -Respiró hondo-. Lamento la necesidad de llamarlo al estrado. Solamente deseo pedirle que corrobore o desmienta el testimonio del conde Lansdorff en relación a su hijo. ¿Es cierto que es hijo de Gisela Berentz?

Bernd tenía dificultades para hablar. Parecía habérsele cerrado la garganta. Luchaba por hacer llegar el aire a sus pulmones y, después, por dominar la angustia que lo abatía.

El tribunal al completo estaba en silencio y compartía su inquietud.

– Sí… -dijo al fin-. Sí, lo es. Pero mi esposa… Mi esposa siempre lo ha querido… No sólo por mí, sino por él mismo. Nadie… -Se quedó otra vez sin aliento, la cara desfigurada por el dolor del recuerdo y el temor que sentía por ella ahora-. Nadie podría querer más a un niño.