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Robert miró más allá, a Dagmar.

– Será mejor que entres, madre -dijo con claridad-. Cogerás frío si te quedas ahí. Se está levantando niebla. -Se obligó a sonreírle, y poco a poco esa sonrisa se hizo auténtica, llena de luz, de recuerdos sobre la ternura que tan seguro estaba de haber recibido.

Hester bajó tras él y los siguió escaleras arriba hacia la casa. No sintió el aire de la noche, helado, ni se dio cuenta de que el bajo de la falda se le había mojado en la alcantarilla y que tenía los pies insensibles a causa del frío.

Victoria fue a ver a Robert en cuanto recibió la carta; de hecho, acudió en el mismo coche que el lacayo había enviado con el mensaje. Robert la recibió a solas. Por una vez, la puerta se cerró y Hester esperó en la antesala con Bernd y Dagmar.

Bernd recorría la habitación, se volvía cuando llegaba a los extremos, tenía la cara pálida, los ojos no hacían más que dirigirse a la puerta.

– ¿Qué hará ella? -se preguntó, mirando a Hester-. ¿Qué le dirá? ¿Será capaz de aceptarlo o de hablar de su… origen? -Tampoco él conseguía nombrar a Gisela como la madre del chico.

– Teniendo en cuenta quién fue su padre, ella, más que nadie, lo comprenderá -dijo Hester, despacio pero con total seguridad-. ¿Será Robert capaz de aceptar eso?

– Sí -se apresuró a decir Dagmar, sonriendo-. Uno no es responsable de los pecados de sus padres. Y Robert la quiere, más de lo que jamás habría querido a una mujer normal que no hubiera pasado pruebas y penalidades. Espero que tenga el valor de pedirle que se case con él. Y espero que ella tenga la fe suficiente para aceptarlo. ¿Cree usted que lo hará? -Ni siquiera miró a Bernd para ver si él lo aprobaba. No tenía la menor intención de dejar que lo impidiera.

– Sí -dijo Hester con seguridad-. Creo que aceptará por voluntad propia. Creo que la convencerá. Pero si tiene dudas, debemos darle fuerzas.

– Por supuesto que lo haremos -estuvo de acuerdo Dagmar-. La suya será una clase de felicidad diferente a la de la mayoría de la gente, pero igual de profunda, o quizá más. -Levantó la vista hacia Bernd, y extendió la mano.

Él dejó de pasearse y la tomó, la sostuvo con firmeza, con tanta fuerza que Dagmar se estremeció, pero no la apartó de sí. Bernd sonrió a Hester y asintió con la cabeza, algo bruscamente.

– Gracias…

Capítulo 12

La mañana siguiente era sábado y Hester durmió hasta tarde. Se despertó de una sacudida, recordando que el caso aún no había finalizado ni mucho menos. Todavía no tenían ni la más remota idea de quién había matado a Friedrich. Legalmente, si no moralmente, Gisela seguía siendo la parte atacada pues Zorah la había calumniado al culparla del asesinato de su marido. El jurado no tendría más remedio que fallar a favor de Gisela, quien no tenía nada que perder exigiendo una multa como indemnización. Carecía ya de una reputación que pudiera mejorar con la compasión. Era una mujer arruinada y necesitaría cada medio penique que pudiera arrebatarle a quien fuera. Su único consuelo sería la venganza contra la persona que había provocado todo ese desastre.

A la derrota de Zorah le seguiría la de Rathbone. Y, en el peor de los casos, Zorah podría verse acusada del asesinato de Friedrich.

Hester se levantó y se vistió con las mejores ropas que tenía allí: un vestido de corte sencillo de un oscuro color rojo óxido con terciopelo negro en el cuello.

No es que pensara que en aquel asunto importara la apariencia, pero cuidarse, arreglarse el cabello lo mejor que pudiera, poner algo de color de sus mejillas, era un acto de confianza. Era como un soldado dando lustre a sus botas y colocándose la casaca rojo escarlata antes de ir a la batalla. Era cuestión de moral, el primer paso hacia la victoria.

Llegó a la oficina de Rathbone a las once y cinco, y se encontró con que Monk ya estaba allí. Fuera hacía frío y humedad, en la chimenea ardía un fuego reconfortante y las lámparas brillaban llenando la sala de calidez.

Monk, vestido de marrón oscuro, estaba de pie junto a la chimenea, con las manos alzadas como si hubiese estado gesticulando para enfatizar algún detalle de su discurso. Rathbone estaba sentado en el sillón más grande, con las piernas cruzadas, los pantalones color ocre tan inmaculados como siempre, pero llevaba la corbata algo torcida y el pelo un poco ahuecado en un lado, por donde parecía que acababa de pasarse los dedos.

– ¿Cómo está el hijo de los Ollenheim? -preguntó Monk, y luego miró su vestido y el color de sus mejillas con expresión crítica-. Por tu aspecto supongo que se lo ha tomado bastante bien. Pobre diablo. Ya es bastante duro descubrir que tu madre te consideraba un estorbo para sus ambiciones sociales, que quiso abortar y que, en cuanto naciste, te abandonó, como para estar presente en un tribunal mientras medio Londres se entera al mismo tiempo que tú.

– ¿Y la baronesa? -preguntó Rathbone-. Para ella tampoco ha debido de ser fácil, ni para el barón, la verdad.

– Creo que estarán muy bien -respondió Hester con contundencia.

– Pareces extrañamente satisfecha contigo misma. -Al parecer, a Monk le molestaba-. ¿Has descubierto algo útil?

Fue una forma de recordarles un futuro próximo al que aún habían de enfrentarse.

– No -admitió Hester-. Me he alegrado mucho por Robert y por Victoria Stanhope. No he descubierto nada. ¿Y tú? -Se sentó en la tercera silla, mirando alternativamente a uno y otro hombre.

Monk la contemplaba con tristeza.

Rathbone estaba demasiado preocupado por el caso como para abandonarse a otras emociones.

– Hemos conseguido que el jurado mire a Gisela de un modo muy diferente… -dijo para empezar.

Monk dejó escapar una carcajada.

– Pero eso no corrobora la acusación de Zorah -continuó Rathbone con mala cara, haciendo caso omiso de Monk y mirando sólo a Hester-. Si tenemos que impedir que Zorah se enfrente a la acusación de haber asesinado a Friedrich, estamos en la obligación de descubrir quién lo hizo y demostrarlo. -Tenía la voz calmada, tan contenida que carecía de su acostumbrado timbre. Hester sentía cómo le invadía la derrota-. Es una patriota -prosiguió-. Y está muy claro que odia a Gisela. Habrá mucha gente que pensará que, en este momento crítico de la historia de su país, Zorah aprovechó la oportunidad para intentar asesinarla pero cometió un terrible error y Friedrich murió en su lugar. -Parecía profundamente triste-. Yo mismo lo creería.

Monk le miró con denuedo.

– ¿Lo crees?

Hester aguardaba la respuesta.

El abogado tardó un buen rato en contestar. En el despacho no había más ruido que el crepitar del fuego, el tictac del alto reloj de pared y el repiqueteo de la lluvia en la ventana.

– No lo sé -dijo al fin-. No lo creo. Pero…

– ¿Pero qué? -inquirió Monk, volviéndose hacia él-. ¿Qué?

Rathbone levantó la vista deprisa, como para contraatacar con alguna puntualización. Monk le estaba interrogando como si fuera un testigo en el estrado. Luego cambió de opinión y no dijo nada. Que Rathbone se rindiera con tanta facilidad daba una idea de su desasosiego interior, y eso preocupó más a Hester que si hubiera admitido cualquier cosa con palabras.

– ¿Pero qué? -repitió Monk con aspereza-. Por amor de Dios, Rathbone, tenemos que saberlo. Si no llegamos al fondo del asunto, esa mujer podría acabar en la horca. Friedrich fue asesinado. ¿No quieres saber quién lo hizo, fuera quien fuese? ¡Pues yo sí!

– Sí, claro que sí. -Rathbone se deslizó hacia delante en el sillón-. Incluso aunque fuera Zorah, quiero saberlo. Creo que nunca podré volver a dormir tranquilo si no llego a saber qué pasó en realidad en Wellborough Hall, y por qué.