– Alguien aprovechó la situación, cortó hojas y corteza de tejo, fabricó el veneno y lo hizo llegar a Friedrich -dijo Monk, cambiando de postura y reclinándose en la repisa de la chimenea-. La cuestión más importante que debemos descubrir es si intentaban matar a Friedrich o a Gisela. -Estaba demasiado cerca del fuego, pero parecía no notar el fuerte calor-. O el veneno estaba destinado a Friedrich, para evitar su regreso, en cuyo caso probablemente el culpable fuera Klaus von Seidlitz, o tal vez… su mujer. -Una extraña expresión asomó en su rostro y desapareció al instante-. O era para Gisela, y por algún motivo ella le dio la comida o la bebida, o lo que fuera, a Friedrich. En ese caso, podría haber sido cualquier partidario de la independencia: Rolf, Stephan, la propia Zorah, incluso Barberini.
– O lord Wellborough, la verdad -añadió Rathbone- pues sus intereses económicos estarían en juego a la hora de armar al ejército para la lucha que conllevaría el regreso de Friedrich.
– Es posible -reconoció Monk-. Pero poco probable. Ya hay bastantes guerras. No veo a lord Wellborough arriesgándose de ese modo. Estoy convencido de que se trata de un crimen pasional, no lucrativo.
Hester había estado pensando, intentado verlo todo en términos puramente prácticos.
– ¿Cómo lo hicieron? -preguntó en voz alta.
– Muy fácil -respondió Monk con impaciencia-. Distraen al criado que lleva la bandeja. Guardan la destilación de tejo en un frasquito, o lo que sea. Una petaca serviría. Sólo tenían que verterla en el consomé, o en lo que hubiese en la bandeja que supieran que era para Friedrich o para Gisela, según a quién estuviese destinado el veneno. Él estaba demasiado enfermo para comer lo mismo que ella. Tomaba sobre todo infusiones, cremas y cosas por el estilo. Ella comía con normalidad, quizá no en mucha cantidad. Sin duda el personal de cocina y los lacayos testificarán exactamente eso.
– ¿Habéis intentado hacer alguna vez una infusión de hojas o de corteza? -preguntó Hester frunciendo el ceño.
– No. ¿Por qué? Sé que tuvo que hervir durante un buen rato. -El detective arrugó la frente-. La cocinera afirma que en su cocina no pudieron hacerlo. Tuvo que hacerse en la chimenea de un dormitorio. Todos los dormitorios tienen chimenea y en primavera aún debían estar encendidas. Cualquiera podría haber dispuesto de toda la noche para hacerlo en secreto. Eso es lo que debió de suceder. -Su cuerpo se relajó de nuevo al concluir su exposición. Fue consciente de ello y dio un paso a un lado-. Cualquiera pudo recoger las hojas. Todos pasearon por la avenida de tejos. También yo lo hice. Es el lugar más normal al que ir si se desea tomar un rato el aire.
– ¿Y con qué lo hicieron? -preguntó Hester, negándose a darse por satisfecha. Los dos hombres la miraron. -Bueno, si vas a hervir algo a media noche en la chimenea del dormitorio, tienes que hacerlo con algo -explicó-. Nadie se llevó una olla de la cocina. ¿O crees que llevaban una olla en el equipaje… por si la necesitaban?
– ¡No seas estúpida! -exclamó Monk con enojo-. Si hubieran pensado en envenenar a alguien antes de ir allí, se habrían llevado el veneno, no la olla para prepararlo. ¡Sería absurdo!
– ¿Estamos seguros de que se trata de un crimen impulsivo? -Rathbone no se lo preguntaba a nadie en particular-. ¿No podría Rolf haber previsto matar a Gisela si Friedrich no aceptaba sus condiciones?
– Es posible -admitió Monk.
– Entonces es un incompetente -dijo Hester con antipatía-. Y sería estúpido. ¿Por qué matar a Gisela cuando ni siquiera sabía si Friedrich iba a recuperarse ni tampoco cuál sería su respuesta? Habría esperado.
– Sólo tenemos la palabra de Rolf de que Friedrich no había contestado -observó Monk-. A lo mejor rechazó la oferta.
Hester se puso a pensar en voz alta.
– A lo mejor ya tenía a alguien para ocupar su puesto. Y necesitaba a Friedrich más como un mártir que como el príncipe que se negaba a regresar a su país.
De nuevo, los dos hombres se la quedaron mirando, pero esta vez con incipiente incredulidad y, luego, asombro.
– Podrías tener razón -dijo Monk con los ojos muy abiertos-. ¡Podría ser eso! -Se volvió hacia Rathbone-. ¿A quién más podían elegir? Con el heredero natural fuera del camino, ¿quién es el siguiente? ¿Un héroe político? ¿Una figura emblemática que cuente con el amor del pueblo? ¿Barberini? ¿Brigitte?
– Tal vez sí. Quizá uno de los dos. ¿Crees que ellos estarían de acuerdo con algo así? -Levantó las manos y se las pasó por el pelo-. ¡Maldita sea! ¡Eso nos lleva de vuelta a Zorah Rostova! Pondría la mano en el fuego a que lo haría si creyera que era por el bien de su país. ¡Y luego intentaría que colgaran a Gisela por ello!
Monk hundió las manos en los bolsillos, parecía abatido. Por una vez se abstuvo de expresarle a Rathbone su opinión acerca de haberla aceptado como cliente. De hecho, por la expresión de su rostro, Monk miró a Hester como si se hubiese resistido incluso a emitir ese juicio mentalmente. Su expresión era de preocupación, incluso de lástima.
– ¿Y qué dice Zorah? -preguntó ella-. Ni siquiera la conozco. Es raro estar hablando de alguien fundamental en un asunto cuando ni siquiera he charlado con ella ni he visto su cara más que un instante, cuando se volvió, a una distancia de al menos seis metros. Y, desde luego, tampoco he hablado nunca con Gisela. Tengo la impresión de que no sé nada de las protagonistas de este caso.
Monk rió con brusquedad.
– Empiezo a pensar que ninguno de nosotros las conoce.
– Voy a dejar de lado los juicios personales e intentaré aplicar la inteligencia para razonar. -Rathbone tomó el atizador y avivó el fuego. El carbón crujió. Luego añadió más con cuidado, usando las tenazas de latón-. Mis juicios acerca de las personas involucradas en este caso parecen no haber sido muy perceptivos. -Se le subieron los colores-. Al principio creí de verdad que Zorah tenía razón y que Gisela lo había envenenado de algún modo.
Monk se sentó frente a Rathbone y se inclinó hacia delante, con los codos sobre las rodillas.
– Vamos a considerar lo que sabemos a ciencia cierta y qué podemos deducir a partir de ahí -aseveró Monk-. A lo mejor hemos dado por supuestas demasiadas cosas. Limitémonos a lo incuestionable y empecemos por ahí.
Rathbone no protestó. Que no le importara recibir órdenes de Monk era otra señal de su desesperación.
– Friedrich se cayó y resultó gravemente herido -dijo-. Fue atendido por Gallagher.
Monk señalaba los puntos con los dedos a medida que Rathbone los exponía.
– Gisela se ocupó de él -continuó el letrado-. Nadie más entró ni salió, aparte del servicio y de una visita del príncipe de Gales.
– Parecía estar recuperándose -interrumpió Monk-. Al menos, eso es lo que veían todos. Todos debieron de pensarlo.
– Eso es importante -estuvo de acuerdo Rathbone-. Seguramente pensaron que el plan volvía a ser viable.
– Pero no lo era -contradijo Hester-. Tenía las piernas rotas por tres puntos, destrozadas, como dijo Gallagher. En ese momento, Gisela ya había ganado. No le habría servido al partido de la independencia más que como figura emblemática, y necesitaban mucho más que eso. Un inválido, dependiente, con dolores, débil, no les servía de nada.
Ambos se la quedaron mirando y luego volvieron despacio a mirarse el uno al otro.
Rathbone parecía abatido. Incluso Monk parecía de pronto estar agotado.
– Lo siento -dijo Hester muy rápido-. Pero es la verdad. Cuando lo asesinaron, los únicos para los que tenía sentido desear su muerte eran los miembros del partido de la independencia, para así poder buscar legítimamente un nuevo líder.
Quedaron en silencio durante minutos. El fuego ardía con ganas, Monk se levantó y dio un paso en dirección contraria.
– Pero nadie estuvo a solas con él, según parece -dijo Monk finalmente-. El servicio iba y venía. Las puertas no estaban cerradas con llave. Todo el mundo está de acuerdo en que Gisela no salió de las habitaciones.