– Entonces la comida fue envenenada entre la cocina y el dormitorio -añadió Rathbone-. Eso ya lo sabíamos. Pudo haber sido con destilación de tejo. Eso también lo sabíamos. Pudo haber sido cualquiera de la casa, si exceptuamos la dificultad de descubrir cómo lo prepararon.
– A no ser que lo trajeran consigo -continuó Monk-. Podrían haber supuesto que una gran casa de campo como Wellborough Hall dispondría casi con toda probabilidad de un tejo, en sus terrenos o en un cementerio cercano. Aunque tal vez Rolf lo trajera consigo, con la intención de utilizarlo si Friedrich se negaba… y culpar después a Gisela.
– Pero eso habría sido contraproducente -dijo Hester muy tranquila-. Porque el tribunal insistiría en tener una serie de pruebas y eso nos conduciría de nuevo a Rolf, o a Brigitte, o a Florent, o a Zorah, ¡pero nunca a Gisela! No habría sido tan inteligente, ni tan minucioso, como suponía.
Se quedaron sentados sin decir nada durante varios minutos, Rathbone mirando al fuego, Monk con cara de estar meditando a fondo la cuestión, Hester mirando a uno y luego al otro respectivamente, consciente de que tenían miedo, igual que ella, un miedo intenso, horrible y muy real.
Estaban intentando razonarlo todo, pero la certidumbre del fracaso y del precio que tendrían que pagar les arrollaría en cuanto se apartaran de aquella fina y brillante luz de la lógica.
– Creo que voy a ir a ver a Zorah Rostova -dijo Hester al tiempo que se levantaba-. Me gustaría hablar con ella en persona.
– ¿Intuición femenina? -se burló Monk.
– Curiosidad. Pero si los dos la conocéis y no habéis perdido la cabeza, ¿por qué no habría de conocerla yo? No puede irme peor que a vosotros.
Encontró a Zorah en la extraordinaria sala donde el chal colgaba de la pared. Un brioso fuego hacía crecer las llamas hasta la mitad de la chimenea y se reflejaba en el color rojo sangre del sofá. Las pieles de oso del suelo casi parecían estar vivas.
Zorah se quedó sentada donde estaba y contempló a Hester con un mínimo interés.
– ¿Quién ha dicho que es? Le ha mencionado usted el nombre de sir Oliver a mi doncella, de otro modo no la hubiese dejado entrar. -Fue franca sin intentar resultar ofensiva-. La verdad es que no estoy en disposición de ser amable con las visitas. No dispongo ni de tiempo ni de paciencia.
Hester no se molestó. En las mismas circunstancias, se habría sentido igual. También ella había estado en el banquillo de los acusados, donde podría acabar Zorah si Rathbone no lograba ganar el caso, lo cual parecía ya terriblemente difícil.
Contempló el insólito rostro de Zorah con sus bellos ojos verdes demasiado separados, la nariz demasiado larga y demasiado prominente, la boca sensible, de labios delicados. La juzgó una mujer capaz de una pasión arrolladora, pero demasiado inteligente para dejar que esa pasión pasara por encima de su percepción o su comprensión de los demás, de la ley o de los acontecimientos.
– He dicho que soy amiga de sir Oliver porque lo soy -contestó Hester-. Lo conozco bien desde hace tiempo. -Se enfrentó a la mirada de Zorah, desafiándola a preguntar qué quería decir eso exactamente.
Zorah la miraba cada vez más divertida.
– ¿Y le preocupa que este caso le cause descrédito profesional? -dedujo-. ¿Ha venido a suplicarme, por su bien, que me retracte y diga que estaba equivocada, señorita Latterly?
– No, no es eso -respondió Hester con aspereza-. Si no lo ha hecho antes, no veo por qué tendría que hacerlo ahora. De todos modos, apenas mejoraría la situación actual. Si sir Oliver no descubre quién mató a Friedrich y es capaz de demostrarlo, usted misma se verá en el banquillo de los acusados, tarde o temprano. Más bien temprano.
Se sentó sin que Zorah le invitase a hacerlo.
– Y puedo decirle que es un lugar muy desagradable -prosiguió-. No se puede imaginar cuán desagradable es hasta que se está ahí. Podrá mostrarse valiente, pero por dentro estará aterrorizada. No es usted lo bastante estúpida como para no darse cuenta de que perder este caso no significa una pérdida económica o cierta deshonra social. Significa la soga del verdugo.
El rostro de Zorah se endureció.
– Le gusta hablar con claridad, ¿verdad, señorita Latterly? ¿Ha venido de parte de sir Oliver? -Aún miraba a la recién llegada con cierto desdén.
Hester no sabía si ese desprecio era por su sencillo y convencional vestuario, mucho más predecible y menos elegante, menos personal y, desde luego, menos favorecedor que el de Zorah. Tal vez era el desprecio que una condesa siente por una mujer de familia modesta que se ve obligada a ganarse la vida por sí misma. Pero si se trataba del desprecio que una mujer valiente y de espíritu aventurero muestra por una mujer que se queda en casa ocupándose de tareas adecuadamente femeninas, Zorah y Hester no podían parecerse más.
– Suponiendo que esté diciendo la verdad, o todo lo que sabe de ella -respondió Hester-, quiero que utilice la inteligencia, en lugar de usar sólo la fuerza de voluntad, e intenten reconstruir lo que sucedió en Wellborough Hall. Porque si no logramos hacer eso, no será sólo la carrera de sir Oliver la que se verá perjudicada por haber cometido un error de juicio al aceptar un caso tan poco popular, sino que su vida estará en juego. Y, lo que creo que será aun más importante para usted, destrozará la reputación de los hombres y mujeres de su país dispuestos a luchar por conservar la independencia de Felzburgo. Bien, necesito toda su atención, condesa Rostova.
Poco a poco, Zorah se irguió en su asiento. Una mirada de sorpresa y una incipiente incredulidad se reflejaban en su rostro.
– ¿Suele dirigirse a las personas de esta forma, señorita Latterly?
– Últimamente no he tenido la ocasión de hacerlo -admitió Hester-. Pero en el ejército a menudo abuso de autoridad. Las emergencias causan ese efecto. Después se la perdona a una si ha habido éxito. Si se fracasa, es lo menos importante.
– El ejército… -Zorah parpadeó.
– En Crimea. Pero todo eso tiene poca importancia ahora. -Lo dejó de lado con un gesto de la mano-. Si tuviera la bondad de pensar de nuevo en Wellborough…
– Creo que usted podría gustarme, señorita Latterly -dijo Zorah con bastante seriedad-. Es excéntrica. No tenía la menor idea de que sir Oliver tuviese amigos tan interesantes. Ahora le tengo en mayor estima. Confieso que le había juzgado más bien rancio.
Hester se ruborizó y se puso furiosa.
– Wellborough Hall -repitió, como una profesora de colegio ante una alumna rebelde.
Con obediencia y una amplia sonrisa, Zorah comenzó a relatar los acontecimientos desde el momento de su llegada. Utilizaba un lenguaje sardónico, a veces terriblemente divertido. Más adelante, al hablar del accidente, la voz le cambió y toda la ligereza se esfumó. Estaba sombría, como si ya en aquel momento hubiese presentido que acabaría con la muerte de Friedrich.
De pronto llamó a la doncella y pidió la comida sin referirse a Hester ni preguntarle qué querría tomar. Pidió tostadas finas, caviar beluga, vino blanco, un plato de manzanas y una tabla de quesos. Miró una vez a Hester para comprobar su expresión, luego, al encontrarla satisfactoria, despidió a la doncella para que realizara el encargo.
Continuó su relato.
De vez en cuando, Hester la detenía, le pedía algún tipo de aclaración respecto a un detalle en particular: que describiera específicamente una habitación, la expresión o el tono de voz de alguien.
Cuando Hester se fue, ya avanzada la tarde, su mente estaba agitada, el cerebro lleno de impresiones e ideas, una en concreto que debía investigar en profundidad, para lo cual debía ver a un viejo colega de profesión, el doctor John Rainsford. Pero eso tendría que esperar hasta el día siguiente. Ya era muy tarde. Casi había anochecido y necesitaba poner en orden sus pensamientos antes de presentarse a ver a nadie.