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– Estás loco -le dijo en voz baja a Alinardo, que lo ayudaba a subir a la camioneta. Una vez que se hubo sentado, le preguntó señalándose la cabeza-: ¿Qué aspecto tengo?

– Una pequeña herida que apenas puede verse -respondió el italiano.

Ambos se echaron a reír.

Alinardo se disculpó:

– Si te hubiera avisado de cómo Kemal trata a sus pacientes, no hubieras ido a verlo en tu vida, ¿verdad?

– Cierto -asintió Kaminski. El traqueteo del vehículo de dura suspensión no le afectaba en absoluto. El martilleo continuo, que antes amenazaba con romper su cabeza como un hacha, había desaparecido por completo. Súbitamente, el alemán quiso saber-: ¿Cómo es que de repente te preocupas por mí?

Alinardo se tomó tiempo antes de responder y después lo hizo sin darle importancia:

– Quizá sea porque me he dado cuenta de que me cornporté de manera equivocada allá abajo en el templo. Sé que a veces pierdo los estribos y después lo lamento… sorry. Aquí, todos estamos haciendo nuestro trabajo, ¿no? Y si no colaboramos no lo conseguiremos. Quiero decir, ¿de qué sirven los mejores marmolistas del mundo si no funciona el transporte de los bloques y de qué sirve la totalidad de nuestro trabajo si el dique no resiste? Ecco!

El alemán asintió con un enérgico movimiento de cabeza. Habían llegado ya a su alojamiento. Alinardo lo dejó delante de su casa y continuó hasta la Cuadra.

7

En el casino, donde habían quedado citados para firmar el fin de sus hostilidades, el alemán y el italiano se encontraron con Lundholm, que disponía de buenos contactos con el director de la obra.

En honor de la verdad cabría decir que esas influencias se referían más bien a su hija Eva. El profesor Jacobi vivía en Abu Simbel con su esposa y su hija, lo que no sólo estaba permitido sino que incluso estaba bien considerado por la empresa, en vista de las tensiones que se habían producido en la obra durante los últimos cuatro meses. Con anterioridad, en el campamento no había ni una sola mujer y la gente tenía que dormir en tiendas de campaña o a bordo de las crujientes barcas de carga. Desde que construyeron casas de piedra, unos y otros fueron trayéndose a sus mujeres e hijos. Lo que no dejó de causar algunos problemas porque no había ningún entretenimiento para las mujeres y los niños, aparte de la piscina situada en la parte de atrás del casino. Asuán, la localidad más próxima, estaba a trescientos kilómetros de distancia río arriba, un viaje en barco de unas buenas treinta horas.

Lundholm los sorprendió con la noticia de que eran falsos los cálculos de los rusos en lo que se refería a la subida del nivel de las aguas, es decir, que el embalse crecía con mayor rapidez de lo que se había aceptado y que, como consecuencia, la totalidad de la empresa de Abu Simbel podía ser cuestionada si a partir de la próxima semana no se empezaba a trabajar en tres turnos en vez de en dos como se había venido haciendo hasta entonces. Jacobi insistía en ello y había querido informar de su decisión oficialmente a la mañana siguiente.

Alinardo giró los ojos como un santo estigmatizado y gritó en tono patético:

– Madonna mia! -Y en vista del efecto de su invocación, añadió en voz baja-: ¡Y con esta porquería de comida!

– Tendrá que ocurrírseles algo a los jefes -estuvo de acuerdo Lundholm con el italiano-, los obreros del campamento deberían rebelarse.

Kaminski se mostró sorprendido:

– ¿Es realmente tan mala? Lo que nos han dado hasta ahora me ha parecido sabroso.

– No lo digas tan fuerte -le interrumpió Alinardo- o lo oirá alguien y llevará tus elogios a la dirección. Volverán a decir que estamos demasiado consentidos y que no hemos venido aquí de vacaciones sino para ganar dinero.

– Lo que no deja de ser cierto -afirmó concisamente Kaminski.

– Claro, claro -intervino Lundholm-, pero hasta ahora lo relacionado con el trabajo ha salido mejor que lo referente a nuestros suministros. Desde luego hay que tener en cuenta que la situación alimenticia en Egipto es catastrófica. -Se llevó la mano a los labios y añadió casi en un susurro-: Apostaría cualquier cosa a que Nasser va a fracasar con su socialismo árabe. Se preocupa más por la política exterior que por los problemas de su propio país. Su gran sueño de construir la República Árabe Unida es una idea fija, pero los sirios ya han vuelto a separarse…

– Y los rusos, que ha traído al país por miles, lo empeoran todo aún más -protestó Alinardo-. Para ellos todo esto no es más que un negocio. Los soviéticos han hecho que Nasser pique el anzuelo al permitirles adelantar los trescientos millones de dólares necesarios para financiar el coste de la presa de Asuán. Y ahora los egipcios ni siquiera están en condiciones de pagar los intereses del préstamo y menos aún de pensar en su amortización. En vista de esto, los rusos exigen de Nasser el pago en especie. Se dice que ya han embargado la cosecha entera de algodón de todo Egipto, y cualquier otra materia de las que produce el país es vendida al extranjero por divisas fuertes. Para nosotros, aquí a mil kilómetros al sur de El Cairo, no les queda mucho. Muchas veces hasta llego a temer que se olviden por completo de nosotros.

– ¡Vaya, hombre! -rió con fuerza Lundholm-. Ya lograremos que comas hasta hartarte, italiano.

Éste volvió a enfadarse.

– Tú, sueco, vives del aire y del amor, pero los pobres de nosotros…

En las palabras de Alinardo había una clara alusión a las relaciones de Lundholm con la hija del director.

Éste se encogió de hombros como diciendo «quien puede puede» y guardó silencio.

Alinardo golpeó con el codo al sueco y con un movimiento de cabeza le señaló a Kaminski.

– ¡Aquí el nuevo ya tiene también su pasión!

Lundholm hizo una mueca, dirigió una mirada a la venda que envolvía la cabeza de Kaminski y respondió:

– Déjame adivinar cómo se llama… -Tras una pausa calculada añadió-: Apostaría por la doctora Hella Hornstein, ¿estoy en lo cierto?

Kaminski lo miró azorado.

– ¡Mira, le da vergüenza!, ¡como a un chiquillo! -bromeó Alinardo con tono malicioso.

Lundholm sacudió la cabeza.

– Eso está absolutamente fuera de lugar. La doctora Hornstein es una mujer interesante, pero…

– ¿Pero?

– Me temo -al hablar así se inclinó sobre la mesa y siguió diciendo en voz baja, casi en un susurro-, me temo que ni siquiera sea una mujer.

La observación pareció gustarle sobremanera al italiano, que se estremeció de risa.

Cuando vio que ya se había tranquilizado, el sueco continuó:

– Esa mujer es fría como un bloque de hielo y ni siquiera Alinardo, con todo su encanto italiano, ha conseguido fundirlo. No lo logrará nadie, estoy seguro.

– Además arrastra un poco la pierna izquierda -observó el italiano, herido en su orgullo.

– ¡Tonterías! -intervino Lundholm; después se volvió a Kaminski y precisó con ecuanimidad-: No deja de ser un italiano y no puede soportar haber sido rechazado.

Esa observación puso aún más furioso a Alinardo, que golpeó con el puño sobre la mesa e insistió:

– ¡Os lo juro! Hablo en serio, la doctora arrastra la pierna izquierda.

La desagradable observación fue oída también desde las mesas próximas y durante unos momentos todas las miradas quedaron fijas en él.

Alinardo salvó la situación alzando su vaso de whisky y brindándolo a los curiosos mirones.