Выбрать главу

– No lo sé -respondió-, pero lo supongo. Nadie puede decir con certeza cómo evolucionará una enfermedad.

Rogalla dio un palmada en la espalda de su interlocutor y dijo con lengua pastosa:

– Eres un verdadero amigo, Kaminski, un verdadero amigo. Si alguna vez puedo hacer algo por ti…

Como si hubiera estado esperando ese ofrecimiento, Kaminski sacó un papel del bolsillo. Éste mostraba toscamente los signos misteriosos que habían aparecido en las manos de Hella y de Arthur y que él había copiado.

No se quedó tranquilo con el hecho de que Hella quemase el original donde copió los jeroglíficos y lo dejara a oscuras sobre su significado. ¿Qué motivos podía tener la doctora para hacer una cosa así? Por eso, al día siguiente de la peligrosa visita a la tumba tomó la hoja que le había servido de apoyo para su dibujo y con lápiz blando y romo la difuminó como un detective en una clásica novela policíaca y así obtuvo un calco bastante fiel de su original.

– ¿Puedes decirme lo que significa esto? -preguntó Kaminski y le mostró el papel a Rogalla.

Éste le dirigió una mirada rápida y respondió:

– Desde luego que sí.

– Ya lo sabía -se disculpó Kaminski-, no es la mejor de las copias pero tal vez puedas decirme algo…

– ¡Tonterías! -lo interrumpió Rogalla-. He podido descifrar jeroglíficos menos claros que éste. ¿Por qué quieres saberlo?

– Me interesa, eso es todo. Figuraba en un bloque de los que hemos sacado del templo y me llamó la atención.

– Está bien -Rogalla tomó un buen trago y continuó-: Esto que ves aquí -señaló el signo de la izquierda- es el símbolo del trono de Ramsés: User-maat-Re-Stepen-Re.

– ¿Y la inscripción que sigue?

– Es más difícil de leer, pero el nombre significa Bent-Anat.

– ¿Bent-Anat?

– Era una de las muchas mujeres del faraón, es decir de sus esposas principales, si lo prefieres así; concubinas tenía muchas más. Lo picante del asunto es que Bent-Anat también era su hija.

– ¿Quieres decir que Ramsés mantenía relaciones incestuosas?

– Los faraones nunca eran incestuosos -aclaró Rogalla con un gesto ampuloso-, pues todo lo que hacía el faraón estaba por encima de cualquier ley, ¿comprendes? Podía matarte y, de ese modo, tu muerte se convertía en justa y legal. Podía fornicar con su hija y nadie tenía ni debía objetar nada. ¿Lo entiendes, verdad?

Kaminski lo comprendía, pero en esos momentos lo que le impresionaba era saber que aquella momia bajo su oficina era probablemente la de Bent-Anat.

– ¿Qué se sabe de esa Bent-Anat? -preguntó el ingeniero.

El arqueólogo trató de ponerse serio y le respondió:

– Exactamente podría decirse que no sabemos realmente nada de ella, salvo que era la hija de Ramsés con su segunda esposa Isisnefert y que más tarde el faraón la hizo una de sus mujeres. Aparte de esto, se ha perdido todo rastro de ella.

– ¿No hay tumba?, ¿ni momia?

– ¡Nada!

Kaminski sintió cómo la sangre se le subía a la cabeza. Tenía dos buenas razones. En primer lugar, no se atrevía a pensar en las consecuencias que podría tener su descubrimiento. Por otra parte, le inquietaba el extraño lazo que parecía existir entre Hella Hornstein y la momia. Realmente, del raro comportamiento de la doctora se podía llegar a la conclusión de que sabía de quién se trataba.

– ¿Sería posible pensar -comenzó Kaminski precavidamente- que la tumba y la momia de esa Bent-Anat todavía pudieran ser descubiertas?

Rogalla se echó a reír.

– ¿Dónde? ¿Aquí tal vez? ¡Hombre, vaya unas preguntas que se te ocurren!

– ¿Por qué no?

– Escucha, en el Imperio Nuevo, así se denomina el periodo en que vivieron Tutmosis, Amenofis, Tutankamón y Ramsés, todos los faraones eran enterrados en el llamado Valle de los Reyes y sus esposas en el Valle de las Reinas. Fue allí donde, como otras, se encontró la tumba de Nefertari… Pero no ha podido hallarse la de Bent-Anat.

– Tal vez porque Bent-Anat fue enterrada en otra parte.

– Improbable -gruñó Rogalla, que movió la cabeza salvo que…

– ¿Salvo qué?

– Bueno, la arqueología es, como la política, el arte de las posibilidades. La base de esta ciencia es lo posible, no lo real, y eso es algo que nosotros los arqueólogos olvidamos con mucha frecuencia.

Esa noche, entre cerveza y cerveza, Kaminski y Rogalla hablaron largo y tendido. El arqueólogo porque temía por la vida de su ayudante; Kaminski porque Hella Hornstein le parecía cada vez más enigmática.

24

A la mañana siguiente muy temprano, con el alcohol que paralizaba sus miembros aún metido en los huesos, Arthur Kaminski fue a visitar a Hella al hospital.

Ya a esas horas, apenas poco más de las siete, el pegajoso calor caía sobre el edificio. Arthur estaba decidido a enfrentar a la doctora Hornstein con lo que le contó Rogalla la noche anterior. Cuando ella se diera cuenta de que también estaba enterado de la importancia del descubrimiento quizá decidieran dar a conocer el hallazgo.

Al cruzar el largo pasillo que conducía a la sala de consultas se tropezó con dos enfermeros que salían de allí llevando una camilla en la que yacía un obrero egipcio. Estaba muerto.

Hella apareció en la puerta. Daba la sensación de estar conmovida.

– ¿Qué ha pasado? -se interesó Kaminski sin saludarla siquiera.

Agitada, Hella sacudió la cabeza.

– ¡Otro fallecido! Envenenamiento por plomo.

– ¿Envenenamiento por plomo?

La doctora tomó una mano del muerto, le dio la vuelta y dejó la palma hacia arriba. Estaba blanca como la nieve y contrastaba notablemente con la oscura piel del egipcio.

– Alí es mecánico -le explicó- y se pasa el día manejando gasolina. Con este calor, el combustible que pasa por su mano se evapora tan rápidamente que se la deja helada. De este modo, el plomo penetra a través de la piel en el torrente sanguíneo y provoca una muerte rápida. Éste es ya mi segundo caso. Pero a ver cómo se le puede hacer entender a esa gente que con este calor la gasolina sobre la piel se convierte en veneno. Incluso hay muchos que la utilizan para refrescarse…

– ¡Dios mío! -exclamó Arthur, conmovido-. Tendrás que hablar con los capataces…

– ¿Y qué? -Hella realizó un gesto de indiferencia-. Hace ya mucho tiempo que lo hice y no ha servido de nada. Los egipcios sólo creen lo que ven… o lo que les ordena el Corán. Confían más en un ignorante como Kemal que en un doctor en medicina, sobre todo si ese doctor es una mujer.

– ¿Cómo está Margret? -preguntó más que nada para cambiar de conversación, sin darse cuenta de que eso era agrandar la herida.

Hella se encogió de hombros.

– Ha perdido mucha sangre y su circulación permanece inestable. Será una suerte si sale de ésta.

Volvió a entrar en la sala de consultas, cerró la puerta tras ella y después se acercó a Arthur y le pasó los brazos por el cuello.

– Bien, buenos días antes de todo.

– Y lo besó con la pasión acostumbrada.

Kaminski no se sentía a gusto en el ambiente de un hospital. Hella se dio cuenta de inmediato y le reprochó:

– ¡No me quieres, Arthur!

– ¡Qué tontería! -replicó mientras se libraba de su abrazo-. Es este lugar. Tú ya estás acostumbrada pero a mí me producen terror el mobiliario blanco, las vitrinas de cristal y el instrumental. Pero no he venido para hablar de esto.

– ¿Si no de…?

– He charlado con Rogalla. Anoche casi nos emborrachamos juntos y he podido saber de quién es la momia-

– ¡Lo has contado todo! -lo interrumpió gritando desenañáda, mientras lo empujaba para alejarlo.

– ¡Oh, no! -replicó Arthur-. No he dicho nada. Dibujé de memoria los anillos y las marcas que habían quedado grabadas en nuestras manos y le pregunté si sabía cuál era su significado.