Выбрать главу

– ¡Eso es imposible!

– Nada es imposible. Rogalla lo reconoció enseguida, se trataba de los nombres de Ramsés y de su hija y esposa Bent-Anat.

Hella observó fijamente a Kaminski, podía ver en su interior como a través de un cristal transparente. De improviso Hella, con la mirada indefinida en él, comenzó a hablar con ese tono, totalmente distinto, que producía terror en Kaminski. Su voz agradable, apasionada, que muchas veces tenía un timbre casi infantil, sonaba de repente seca, dura, profunda y vieja:

– Hubiera sido mejor que lo dejaras todo como estaba hasta que las cosas se tranquilizaran, tal y como te había aconsejado. ¿Por qué no me has hecho caso? La ignorancia es a veces la mayor felicidad del ser humano.

Kaminski se estremeció al oír esas palabras, menos por el contenido que por el tono siniestro. Le parecía como si desde el cuerpo de la joven estuviera hablando una segunda persona. Ésa no era la Hella Hornstein que lo había encantado con sus seductores movimientos hasta hacerle olvidar todos sus buenos propósitos. Era una mujer extraña, desconocida, que le hacía sentir miedo y con la que hubiera preferido no encontrarse nunca.

Hella continuaba mirando a través de él. Sus ojos brillaban vidriosos como los de una vieja muñeca. Eso y su inmovilidad le conferían un aspecto fantasmagórico y al mismo tiempo maravilloso que a Arthur se le atragantaba como un nudo en la garganta. No se atrevió a preguntarle qué quería decir cuando afirmó que la ignorancia era a veces la mayor felicidad para los seres humanos. ¿Por qué deseaba mantener en secreto, por todos los medios la identidad de la momia?

Como un autómata, Kaminski retrocedió unos pasos y al hacerlo su espalda tropezó con una bandeja llena de instrumentos y botellas. Una de éstas cayó al suelo, se rompió y el penetrante olor del fenol se extendió por la estancia.

– ¡Lo siento! -se excusó y se agachó para recoger los trozos de vidrio con cuidado de no cortarse los dedos.

Al levantar la vista, Arthur sintió un terror mortal que lo hizo estremecer. Sobre él, muy cerca de su cabeza se hallaba un rostro de facciones descompuestas; no era la cara de Hella, sino la de la momia. Su único pensamiento en ese momento fue: «¡te has vuelto completamente loco!».

Rechazó a Hella con un violento movimiento de manos y la dejó atrás, abrió la puerta y como un hombre perseguido por las furias corrió por el pasillo hasta encontrarse fuera, al aire libre. Se sentó en los escalones de entrada al hospital con la frente apoyada en las muñecas. No lograba pensar con claridad; todo lo que le había ocurrido parecía estar más allá de toda lógica y en contra de lo razonable.

«Son los nervios», pensó Kaminski. Por lo visto aquella historia lo excitaba más de lo que quería reconocer y, ciertamente, hubiera sido mejor guardar el secreto para él solo o haberlo dado a conocer públicamente en vez de compartirlo sólo con Hella. Pero las cosas ya no tenían remedio y acabaría por saber cómo encarar la situación una vez que se hubiera enfrentado lo suficiente con la joven. En realidad, ¿qué era lo que había pasado? Había descubierto la tumba de una reina egipcia. Un hallazgo excitante, ciertamente, pero no un motivo para complicarse la vida.

Seguía sentado al calor de la mañana pensando en ese asunto, cuando de repente sintió que una mano se apoyaba en su brazo. Al mismo tiempo oyó la voz de Hella, esa inflexión a la que estaba acostumbrado, clara y acariciadora y levantó los ojos.

– ¿Va todo bien? -preguntó como si no hubiera ocurrido ada Arthur se asustó, pero la causa era ahora que la voz de Hella sonaba tan normal que pensó que hacía un momento sus sentidos le habían jugado una mala pasada-. ¿Te encuentras mejor? -repitió la médica.

Kaminski hizo un gesto afirmativo.

– Perdona por lo de la botella.

– No vale la pena hablar de eso -replicó Hella Hornstein-. El fenol es algo diabólico, produce ansias y en algunas personas incluso alucinaciones.

– ¿Alucinaciones?

– Sí, se ven cosas que no existen, pero el efecto pasa tan rápido como llega.

La explicación le aclaró muchas cosas y lo tranquilizó en cierto modo.

– La verdad es que me sentí muy mal -dijo para explicar su fuga aterrorizado.

Hella se echó a reír.

– No tienes que excusarte, Arthur, de veras; al menos no por eso.

– ¿Qué quieres decir?

– No debiste revelarle nada de nuestro secreto a Rogalla…

– Rogalla no sabe nada -la interrumpió-. No le he contado nada en absoluto y me he limitado a preguntarle el significado de unos signos. ¡Puedes creerme!

Hella afirmó con la cabeza, pero Arthur dudó de que verdaderamente le creyera.

– Además -añadió-, Rogalla estaba tan borracho que estoy seguro de que hoy no recuerda nada en absoluto de lo que hablamos anoche. El asunto de Margret Bakker lo tiene muy preocupado.

Hella se puso de pie.

– Tengo tu palabra, Arthur, de que guardarás silencio.

Le tendió la mano; Kaminski la tomó sonriente y la besó en la palma.

– El deber me llama -dijo el ingeniero y se despidió de ella.

Balboush, su criado, le salió al encuentro cuando se dirigía al coche. Movía los brazos excitado como si tuviera que comunicarle una noticia importante.

– ¡Míster, míster! -le gritó desde muy lejos-. Noticia de míster Lundholm: se ha encontrado una tumba en el templo.

Kaminski se quedó de piedra. Dudó si lo primero que debía hacer era informar a Hella, pero decidió que era mejor que antes de nada se enterara de lo que había ocurrido. Saltó al automóvil y voló por la Governments Road en dirección a la obra. ¿Qué demonios habría sucedido?

En el lugar donde la carretera describe una amplia curva a la derecha en dirección al embalse, reconoció su oficina. El calor caía sobre el terreno y desdibujaba los contornos que parecían fundirse como si fueran de cera. Le extrañó que su barraca estuviera tan sola y abandonada como siempre. ¿Habrían descubierto otra entrada a la tumba?

Al dejar atrás su despacho, Kaminski tomó el camino hacia la presa y giró a la derecha para llegar al pie de obra en el templo, que se abría como la entrada de un gigantesco túneclass="underline" fachada, techo y la mayor parte del lado izquierdo ya habían sido cortados y extraídos de la montaña. Las sierras mecánicas de Alinardo habían dejado sus huellas, algunas verdaderamente arriesgadas. A los pies del triángulo de la grúa, de cuyo largo brazo pendía un bloque de piedra, estaban Lundholm e Istvan Rogalla. Al verlo llegar le hicieron señas para que se aproximara.

– Lundholm ha hecho un descubrimiento -se rió Rogalla.

– ¿Dónde? -quiso saber Kaminski.

– Ya lo verás -respondió-. ¡Vamos!

Lundholm se rió también. Mientras seguían andando continuó Rogalla:

– Ya lo ves, tenías razón, siempre puede haber un descubrimiento inesperado. ¿Cómo te va después de lo de anoche?

– Gracias por tu interés -se apresuró a responder Kaminski, cuyos pensamientos estaban en otra parte. Al parecer, Rogalla recordaba perfectamente lo que hablarán la noche anterior.

En el interior del templo al descubierto, la fina arena arcillo a formaba una capa de varios centímetros. Sólo muy pocos de los obreros se atenían a las severas disposiciones legales y llevaban caretas protectoras que, por lo general, se negaban a usar porque se pegaban a la piel y dejaban heridas supurantes. A juicio de la mayoría, eso era peor que respirar un poco de arena arcillosa, que pasaba bien con un buen trago de cerveza.

Lundholm iba delante seguido de Rogalla y Kaminski. A sólo un par de metros de las cuatro figuras de los dioses a los que estaba consagrado el templo, el sueco se detuvo y señaló una pequeña nave lateral. Una desnuda bombilla en un soporte negro de latón iluminaba la estancia.

Rogalla pareció notar el desconcierto de Kaminski y lo dejó pasar primero.