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– ¿ Ya has avisado a Moukhtar? -preguntó Kaminski.

– ¿Moukhtar? -replicó Rogalla-. Esto no forma parte de su trabajo.

Kaminski no entendía nada.

Detrás de una de las monumentales columnas cuadradas el suel° estaba removido. Kaminski distinguió una caja de mad£ra mal conservada.

Lundholm se acercó y levantó la tapa que ya estaba rota por varios sitios. Dentro había un muerto vestido con uniforme de oficial del ejército y el pecho lleno de condecoraciones. El cadáver estaba bien conservado.

Kaminski, que no esperaba una cosa así, no supo bien lo que ocurría, pero al cabo de unos instantes de asombro, rompió a reir ruidosamente. Los otros lo observaron divertidos, no sabían la razón de esa explosión de risa, pero la situación era ya demasiado extraordinaria como para andarse con nuevas preguntas.

– Es un inglés -explicó Lundholm-. Bedeau, que sabe mucho de uniformes, opina que debe tratarse de un oficial de la expedición de lord Kitchener. Estaba enterrado aquí sin que nadie lo supiera. Fue descubierto por un electricista cuando tendía una instalación. ¿Qué debemos hacer ahora?

– El profesor Jacobi es quien tiene que decidir -dijo Lundholm-, pero yo propongo que informemos a la embajada británica, ellos sabrán qué hacer con los soldados de Su Majestad.

Kaminski sintió que le quitaban un gran peso de encima al ver que el «descubrimiento de una tumba» no era ni mucho menos lo que él había temido. De modo espontáneo invitó a Rogalla y a Lundholm a tomar con él una cerveza en su local de trabajo para, como él mismo dijo, hacer pasar el polvo que tenían en la garganta. Ambos aceptaron gustosamente su ofrecimiento.

– Debiste de pensar que habíamos descubierto la turnba de la reina -se rió Rogalla mientras se bebía la cerveza caliente. Se volvió hacia el sueco y continuó-: ¿No lo sabes, Lundholm? ¡Arthur cree todavía en el gran descubrimiento!

Kaminski sintió que su rostro enrojecía y automáticamente su mirada se posó en el suelo de la barraca, como si temiera que sus compañeros pudieran encontrar algún indicio que despertara sus sospechas.

– No tienes por qué avergonzarte -lo consoló Rogalla, que interpretó equivocadamente el que Arthur hubiera bajado la vista.

En ese mismo instante, los dos amigos vieron un trozo de papel arrugado que estaba en el suelo, al lado de la mesa de trabajo. Rogalla, que se sentaba más cerca, lo cogió y al ir a dejarlo sobre la mesa descubrió los jeroglíficos calcados.

– Empiezo a tener la impresión de que quieres ocupar mi puesto -bromeó de pasada.

– ¡Qué va! -Kaminski trató de superar la situación-. Me gusta dibujar y a veces cuando estoy en el depósito de los bloques copio alguna que otra inscripción, aunque sin saber lo que significa.

Rogalla dio la vuelta al trozo de papel por las dos caras. Después miró a Kaminski y dijo con seriedad:

– Lo extraordinario es que en todo Abu Simbel no hay ningún jeroglífico con este nombre. -Y agitó la hoja en el aire.

– ¿Qué pone ahí?

– Bent-Anat -respondió Rogalla.

Kaminski esperaba que el arqueólogo le preguntara algo más, pero no lo hizo y precisamente eso fue lo que lo inquietó aún más. Muchas veces tenía la sensación de que en Abu Simbel todo el mundo sabía más de lo que admitía.

25

Aquella noche Kaminski durmió con Hella y no porque él se lo hubiera propuesto -se encontraba demasiado confuso- sino porque ella se lo pidió. Lo necesitaba, según dijo. No es que eso resultara desagradable para Arthur, que no lo fue, pero la conducta de Hella en el hospital, el susto con la aparición de la momia del soldado inglés y las observaciones de Rogalla lo habían desmoralizado. La consecuencia fue que sus pensamientos estuvieron en otra parte y no en la cama de la doctora.

Con los miembros pesados a causa del cansancio, Arthur se quedó dormido en los brazos de Hella. A eso de la medianoche, sin embargo, se despertó al oír un sonoro resuello. Hella respiraba con dificultad, parecía sumida en un profundo sueño, pero de su nariz salían fuertes sonidos realmente raros. Arthur encendió la luz.

La frente de Hella estaba perlada de sudor y las comisuras de sus labios se contraían convulsivamente con frecuencia irregular, aunque mantenía los ojos cerrados. Su respiración y los extraños ruidos que dejaba escapar se hacían cada vez más rápidos y su intensidad cambiaba continuamente. Violentos ataques de sofocación, en los que parecía faltarle el aire, precedían a momentos en los que el ritmo de su pecho era casi normal y reposado.

Arthur pensó en despertarla y liberarla de su pesadilla pero cuando iba a hacerlo oyó, mezcladas con el sonido irregular de su respiración, palabras que semejaban no guardar relación unas con otras y que sólo podía entender con un gran esfuerzo.

Varias veces seguidas la oyó repetir:

– Ramsés, Ram-sés -con una entonación que hacía que la e sonara parecida a una 1 larga. Y al mismo tiempo su cuerpo delicado se retorcía de dolor como un gusano partido en dos.

Todo eso despertaba en Kaminski una mezcla de sentimientos; naturalmente quería salvar a Hella de sus malos sueños pero, por otra parte, escuchaba ansioso confiando en la posibilidad de descifrar algo del enigma que parecía rodear a aquella mujer.

– ¡Hella! -Arthur pronunció su nombre precavidamente y se sintió sorprendido cuando ella le respondió con un «¿sí?» profundo y prolongado.

– Pensaba que estabas soñando -continuó el ingeniero en voz baja-. ¿Tienes fiebre?

– Fiebre, fiebre, fiebre -repitió Hella con los ojos cerrados y comenzó a moverse de un lado para otro agitando los brazos como si todo un hormiguero corriera por su cuerpo.

– ¡Kemal! -gritó en voz alta repentinamente y al nombre le siguió un insulto que el ingeniero no entendió. El cuerpo de Hella se curvó como un arco tensado e, igual que éste se rompe por el exceso de fuerza, seguidamente se quedó inmóvil sobre el lecho.

Su respiración era agitada y entrecortada y Kaminski empezó a tener miedo. La golpeó suavemente en las mejillas y le gritó:

– ¡Despierta, Hella, despierta!

Pero la joven continuó sumida en una profunda inconsciencia.

Desesperado, Arthur miró a su alrededor y pensó qué podía hacer. Heckmann fue lo primero que le vino a la cabeza. ¡Tenía que ir a buscar al doctor! Kaminski saltó de la cama, se puso los pantalones y la camisa apresuradamente y corrió a la puerta.

El doctor Heckmann vivía en la casa de al lado y Arthur llamó con fuerza.

– ¡Doctor, doctor, soy yo, Kaminski!

El médico apareció en la puerta, todavía medio dormido, pero después de que Kaminski le informara del estado de Hella, se despertó por completo. Volvió a entrar en la casa, de la que salió al cabo de unos minutos vestido a toda prisa y con un pequeño maletín.

– ¡Tiene una fiebre muy alta! -le informó el doctor Heckmann después de poner su mano sobre la frente de Hella-. ¡Búsqueme una toalla mojada! -Con el pulgar le levantó el párpado izquierdo para ver el blanco del ojo-. No tiene reflejos -dijo Heckmann, que movió la cabeza preocupado-. Usted estuvo toda la noche con Hella -sus palabras sonaron como un reproche-, ¿bebió mucho alcohol o tomó algún medicamento fuerte?

– No, no, eso es imposible, o al menos no lo hizo en mi presencia.

Ambos escucharon la respiración breve y entrecortada a joven. El doctor pareció no darse por satisfecho con la respuesta de Arthur. Miro a su alrededor por la habitación, olió dos vasos que había en alguna parte, después observó una ampolla de inyección que llevaba la inscripción KUP y controló las cajitas de pastillas que estaban en una pequeña estantería, pero no pudo descubrir nada que le pareciera sospechoso.

– Tiene toda la apariencia de una intoxicación -opinó por fin el médico.

Kaminski le tendió la toalla mojada que le había pedido y el doctor Heckmann la colocó sobre la frente de la enferma.