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Con unas pinzas, Moukhtar cogió el anzuelo y lo clavó en las fauces de uno de los cocodrilos. El reptil tembló al recibir el pinchazo, pero de momento no se alteró ni dio muestras de que le hubiera ocurrido nada. Sin embargo, al cabo de dos o tres minutos comenzó a golpear furiosamente con la cola, se enroscó como una serpiente y al poco tiempo de luchar contra la muerte, quedó boca arriba, inmóvil en el suelo y sin vida. La parte baja de su vientre brillaba de un modo que no era natural.

– Veneno -murmuró Moukhtar.

Kaminski, asustado, fijó la vista en el pobre animal muerto. Le costaba trabajo pensar con claridad. Abandonó la casa del arqueólogo y le dijo al doctor Heckmann que el anzuelo estaba envenenado. Seguidamente el médico respondió que, ciertamente, cabía la posibilidad de inyectar a Hella un antiespasmódico pero, como no sabía de qué tipo de veneno se trataba, el medicamento podía complicar aún más las cosas. Se produjo una nueva discusión entre los dos. Kaminski logró contenerse y casi le suplicó al doctor que le inyectara el antídoto e insistió tanto que logró convencerlo de que ésa era la única posibilidad que tenía Hella de sobrevivir. Finalmente, el médico acabó cediendo.

Cuatro horas más tarde, cuando la muchacha se despertó y salió de su estado febril, Kaminski tuvo la sospecha de que el doctor se llevaba una decepción. Al abandonar la casa dejó tras de sí una impresión de desconcierto. Mientras Arthur limpiaba el sudor de la frente de Hella se preguntaba qué clase de hombre era realmente el doctor Heckmann.

26

El 1 de septiembre de 1966 fue un día memorable en Abu Simbel, porque en esa fecha Sergio Alinardo y sus hombrees cortaron de la montaña el último de los bloques de piedra, un imponente coloso de veinticinco toneladas. Kaminski lo dejó toda la mañana colgado del brazo de la grúa Derrick, como si fuera un trofeo, y los obreros aplaudieron entusiasmados.

En lo que respecta al aumento del nivel de la presa, los cálculos de los rusos se revelaron equivocados y fueron motivo de muchos chistes. Esa mañana, el profesor Jacobi pronunció una corta charla en la que señaló que si bien la carrera contra el tiempo parecía ganada, la verdad era que hasta entonces sólo se había realizado la mitad de la tarea.

En la celebración estuvieron presentes unos cuantos miembros del gobierno en calidad de invitados, así como varios periodistas. Jacques Balouet fotografió el acontecimiento desde el lugar más elevado de la montaña con el Nilo embalsado como fondo.

Su mutua desconfianza y su recíproca necesidad habían vuelto a reunir a Balouet y a Raja Kurjanowa. El hecho de que casi siempre estuvieran juntos y el temor a que uno de ellos pudiera hacer algo sin que el otro lo supiera, los unía como si fueran un viejo matrimonio que se mantiene sólo por el interés, pero lo cierto era que poco a poco sus mutuos sentimientos se intensificaron. Su conversación giraba casi siempre en torno a un mismo tema: Jacques y Raja buscaban la oportunidad de escapar de todo aquello y encontrar un lugar donde empezar una nueva vida en común.

Pero aquel 1 de septiembre todos sus planes se vieron en peligro repentinamente.

Raja se encargaba de escribir el texto de los pies de las fotos que Balouet le dejaba en el laboratorio para que Kurosh el Águila pudiera llevarlas en avión a Asuán al día siguiente. Durante un momento, mientras realizaba su trabajo, la mirada de Raja se fijó de modo especial en una de las fotos que Balouet tomó desde la parte alta de la montaña y se reconoció a sí misma entre los espectadores de la celebración. Continuó observando la imagen y poco des pues no pudo evitar un chillido de espanto.

Balouet al oírla asomó la cabeza por la puerta para ver qué ocurría.

– Mira esto! -gritó Raja y colocó la foto delante del rostro de Balouet.

Éste observó el papel revelado, reconoció a Raja, pero no comprendió dónde estaba el peligro, así que le contestó:

– No sé qué quieres decir.

Raja dejó la fotografía sobre la mesa, tomó una lupa y se la ofreció a Jacques para que observara la imagen.

– Ahí, fíjate en el hombre con la cámara fotográfica, exactamente detrás de mí. ¡Uno con aspecto de reportero gráfico!

Balouet le arrebató la lupa y se inclinó sobre la mesa.

– ¡Dios mío! -exclamó después de mirar la foto desde diversas perspectivas-. ¡Es el coronel Smolitschew!

Rápidamente, Balouet revisó la lista de invitados que estaba sobre su mesa de despacho.

– Oficialmente el coronel Smolitschew no ha sido invitado -balbuceó y ambos siguieron contemplando la foto, anonadados.

El pulso de la joven latía acelerado. No se necesitaba mucha fantasía para imaginarse cuáles eran las razones que habían hecho que el coronel apareciera de incógnito en Abu Simbel. Era algo muy propio de él, le gustaba solucionar las misiones especiales por sí mismo, lo que muchas veces le había costado la crítica de sus superiores, pero que siempre le produjo excelentes resultados. De esa manera había logrado introducir en El Cairo a dos confidentes egipcios, que antes habían trabajado para la CÍA, y corría también el rumor de que en Asuán había conseguido ganarse para el servicio secreto soviético a un conocido tratante de antigüedades nativo, un hombre muy bien consierado en los círculos influyentes de la sociedad egipcia, ^U se había convertido en una de las mejores fuentes de formación del KGB.

La actual infiltración de Smolitschew en Abu Simbel indicaba lo bien informado que estaba sobre todas las cosas que ahí ocurrían. No cabía duda de que la celebración ofrecía una ocasión, como hacía mucho tiempo que no se daba, para investigar sobre el terreno y sin despertar sospechas la posibilidad de que Raja se hubiera escondido allí.

– ¡Tengo que salir de aquí! -La joven se puso en pie de un salto y empezó a dar vueltas con pasos cortos y los brazos cruzados sobre el pecho. Su cara tenía un color ceniciento-. ¡Tengo que salir de aquí! -repitió desesperada.

Balouet se acercó y la abrazó con fuerza.

– ¡Tranquilízate! No puedes salir huyendo así, sin más ni más. ¿Adonde podrías ir?

– ¡Tengo que irme! -gritó Raja en francés-. ¿Es que quieres que espere hasta que Smolitschew y sus nombres vengan para buscarme?, ¿o hasta que uno de ellos me pegue un tiro por la espalda? Ya sé que mis posibilidades de escapar son escasas, pero no es mi estilo esperar aquí, sin hacer nada, hasta que se cumpla mi destino.

Raja respiraba agitada. Balouet estudió la fotografía por enésima vez, la dejó a un lado y añadió:

– Si tú te vas yo me voy contigo; al fin y al cabo estoy tan involucrado en el asunto como tú y el coronel no me creerá en absoluto cuando le diga que no tenía ni idea de quién eras ni de dónde venías.

Se abrazaron de nuevo brevemente como si quisieran darse valor el uno al otro.

– Se nos presentan dos problemas a los que tenemos que enfrentarnos… -observó vacilante Jacques.

– ¡No hay ningún problema -le atajó directamente Raja-; la solución está clara!, tenemos que escapar de inmediato, si es posible, incluso esta noche. Iremos hacia el sur, a Jartum, allí no nos buscará ni siquiera el KGB.

– ¡Estás loca, Raja! ¿Sabes dónde está Jartum? A quinientos kilómetros al sur de aquí, en Sudán. ¿Te das cuenta de lo que eso significa? ¡Recorrer quinientos kilómetros por el desierto!

– ¿Y sabes tú lo que le ocurre a un disidente del KGB cuando es detenido? Me temo que no te das cuenta de lo serio de nuestra situación.

Balouet movió la cabeza afirmativamente, en silencio. Raja tenía razón, escapar hacia el norte, en dirección a Asuán carecía de sentido; tenían que tomar la ruta del sur.