– ¡Es culpa mía, culpa mía! -repetía el francés una y otra vez-. No debí arrastrarte a esta peligrosa aventura.
– ¡Eso es una insensatez! -trató de consolarlo Raja-. He sido yo quien te presionó. Quizás hubiéramos podido encontrar una solución mejor que escapar de Abu Simbel, pero juntos tomamos esa decisión y juntos debemos superar lo que nos ocurra.
Balouet sonrió amargamente.
– Sí, ¿pero cómo? Sin medios de transporte, sin agua y sin nada que comer, ¿cómo?
De hecho, su situación parecía desesperada, pero carecía de sentido dejarse llevar por la autocompasión. Ésa era Una Palabra que Raja Kurjanowa odiaba casi tanto como la Palabra «KGB».
– Los camellos pueden resistir, según se dice -comentó darse ánimos-, hasta diez días sin comer ni beber y precisamente por esa razón en las rutas de caravanas siempre hay una fuente o un abrevadero como mínimo cada diez días de marcha.
La observación de Raja provocó en Balouet una sonrisa irónica. Pese a toda su inteligencia y su dureza, la joven a veces reaccionaba como una niña.
– Por desgracia, nosotros no somos camellos -replicó el periodista- y lamentablemente tampoco nos encontramos en medio de un camino de caravanas sino a orillas de un embalse.
– ¿Se puede beber el agua del Nilo?
– Naturalmente que sí; la incógnita es de qué enfermedad acabarás contagiada.
Las ramas más altas de las palmeras, que antes se encontraban en. la ribera del río y que a consecuencia de la construcción de la presa de Asuán habían sido inundadas, salían como plumeros en número cada vez mayor sobre la superficie del agua. Animadas por el viento y las aguas, tenían el aspecto de seres fantasmales a punto de ahogarse que agitaban los brazos tratando inútilmente de salvarse.
– ¿Cuánto tiempo suele durar un chamsin como éste? -preguntó Raja cuando llevaban ya otras dos horas al amparo de la roca.
– No se puede prever -respondió Jacques, que se limpió la arena del rostro-. En ocasiones pasa en un par de horas y el cielo vuelve a brillar con sus colores más limpios; en el Alto Egipto, puede durar hasta tres días y durante ese tiempo todo es amarillo y gris como un trapo sucio.
Hacia el mediodía -hasta entonces ambos estuvieron abrazados estrechamente, tumbados detrás de la alta peñael aullar y silbar del viento fue perdiendo intensidad poco a poco, pero sin que el cielo se aclarara. Balouet conocía esos caprichos meteorológicos y sabía que con frecuencia esa paus;a no era más que un descanso que se tomaba la tormenta, como si tuviera que reponer fuerzas, para poco después solver a soplar con mayor fuerza.
Jacques y Raja aprovecharon la oportunidad para subir na elevada montaña de arena formada con precisión geoétrica por el chamsin. No pudieron descubrir la lancha or ninguna parte; tal vez, la tormenta le había dado la vuelta y se había hundido. Hacia el sur, en dirección a Suri án no vieron en principio más que una sucesión ininterrumpida de dunas que desde la distancia parecían obesos leones marinos. Pero después descubrieron que, no demasiado lejos, había un valle rodeado de palmeras en el que no serían descubiertos si se los buscaba desde el aire. Ése fue su próximo objetivo; una vez allí, ya verían.
27
Balouet había calculado que el camino hasta el valle les llevaría tres horas, pero en realidad necesitaron cinco hasta dejar atrás la última de las dunas. La arena, recién removida por el viento y en la que a veces se resbalaban y se hundían hasta la rodilla como si caminaran sobre nieve en polvo, hizo que su marcha fuera verdaderamente penosa.
Raja fue la primera que vio desde la cresta de la última duna algo increíble. A sus pies, en una cala formada por el embalse, había una aldea desierta que parecía abandonada por sus habitantes, al menos ésa era la impresión que causaba. La mitad de las casas ya habían sido invadidas por las aguas del pantano y de ellas sólo eran visibles los tejados. as otras, situadas en terrenos más altos, también parecían tener los días contados.
De repente, Balouet dejó escapar una exlamación de asombro:
– ¡Raja, pellízcame en la pierna!
En esos momentos, la joven vio por qué se sorprendía su amigo. En una roca que sobresalía del agua había dos embarcaciones: un velero con el aparejo recogido y una lancha con motor, que había conocido tiempos mejores.
Jacques gritó de alegría y como un niño contento bajó a saltos el camino arenoso. Raja lo siguió con precaución pero antes de que lograran llegar abajo, unas figuras altas como árboles salieron de las cabanas. Algunas de esas personas se encontraban medio desnudas y otras vestían las largas túnicas del país. Tres de los hombres iban cargados con fusiles.
Jacques se dirigió hacia ellos con las manos en el aire y agitando los brazos. Los que estaban armados no parecieron entender sus ademanes de paz y apuntaron sus rifles contra él, que detuvo su marcha, se quedó inmóvil y gritó unas palabras en árabe, las primeras que le vinieron a la cabeza. Los hombres de la aldea no parecieron impresionarse.
Sin apartar los ojos de Balouet, uno de ellos disparó su fusil al aire. En esos momentos salió de una de las cabanas un anciano vestido con una galabiya blanca, extendió una mano, describió con ella un semicírculo y los hombres bajaron las armas.
Le tocó el turno a Raja. Buscó la mano de Jacques mientras le temblaba todo el cuerpo y para darse ánimos más que por propio convencimiento dijo:
– No nos harán nada si se convencen de que venimos en son de paz.
Balouet le apretó la mano.
El hombre viejo se les acercó lentamente y mientras andaba pronunciaba unas palabras en árabe que ellos no entendieron. Jacques trató de comunicarse con él en ingles» pero éste no reaccionó de ninguna manera. Sin saber hacer, desesperado, le habló en francés y vio que el an” lo entendía y, a su vez, les preguntaba chapurreando eran enviados del gobierno.
– ¿Del gobierno?
Raja y Balouet intercambiaron sus miradas. ¿Qué debían responder?
– Simplemente diles la verdad -murmuro Raja.
– Imposible -respondió Jacques y le contó al anciano la siguiente historia: eran periodistas de Francia que habían venido para informar sobre las consecuencias que la construcción de la presa había causado en el paisaje del Alto Egipto; el chamsin había hecho naufragar su barca y buscaban ayuda para poder llegar a Sudán.
El jeque pareció motivado en comprender las palabras de Balouet, puesto que lo escuchó con la mano junto a la oreja izquierda, lo que semejaba ser más un signo de gran interés que de sordera. Escuchó la historia, torció los labios arrugados en una extraña sonrisa y escupió de modo que la saliva describió un gran arco antes de caer al suelo. A continuación empezó a bendecir a Alá que permitió que tuviera una educación escolar y le había otorgado el don de hablar otras lenguas. Entre Kurusku y Uadi Halfa nadie podía igualarlo en ese punto.
Los dos forasteros aceptaron sus palabras con un movimiento de cabeza afirmativo, esperando ganarse con esa actitud la confianza del jefe de la aldea. Pero de improviso, éste comenzó a insultar a los extranjeros y, en particular, a los periodistas. Interrumpía cada una de sus frases en su trances chapucero para lanzar un nuevo escupitajo a la arena como si fueran unos puntos suspensivos. Primero, se lamentó, habían sido ocupados por los ingleses y ahora por los rusos. Los periodistas eran una pandilla especial -utilizó para describirlos la palabra francesa canaille- que siempre ocultaban o deformaban la verdad y hasta ahora ninguno había informado de cómo el gobierno se había portado con los habitantes de las aldeas, que vieron cómo es inundaban las casas y las tierras que desde siempre fueron desde sus antepasados, simplemente en busca de un beneficio para los burócratas. Nasser, su presidente, era perro que se había aliado con los perros cristianos y si Alá, el Todopoderoso, hubiera querido que el Nilo se extendiera hasta convertirse en un gran lago, casi tan grande como el mar que se encuentra detrás de La Meca y Medina, las dos ciudades santas, le habría bastado con chasquear los dedos para conseguirlo. Pero no fue así y los rusos, procedentes de las estepas de Asia, llegaron al país a miles, más abundantes que las moscas en el estiércol de los camellos, y se dejaron caer sobre Egipto para explotar el país. Y pese a que la presa, esa vergüenza en el corazón de su tierra, estuviera terminada, los rusos que habían dejado esa herida en el alma de Egipto no retornaban a su patria.