En el interminable discurso del anciano su voz se trabó varias veces de tanto como le emocionaban sus propias palabras. Y cuando terminó, mientras trataba de recuperar la respiración, sus hombres se situaron tras él y comenzaron a lanzar gritos de aprobación, pese a que no habían entendido nada de lo que había dicho, pero les bastaba el tono para saber que había expresado algo muy importante.
A continuación se produjo una larga pausa. El jeque contempló a los extranjeros detenidamente de los pies a la cabeza, como un campesino que estudia a los camellos que se dispone a comprar. Jacques y Raja pensaron que lo mejor que podían hacer era guardar silencio, convencidos de que su suerte dependía de la comprensión de los nativos. Cuando el anciano consideró que ya los había contemplado suficientemente les hizo una señal para que lo siguieran.
La casa medía cuatro por seis metros y estaba construida con los claros ladrillos del barro del Nilo. Sólo tenía una puerta y una pequeña ventana en el lado opuesto al sol, aquélla, de color azul verdoso, se abría directamente sobre la cocina, cuyas paredes y techo brillaban por el hollín grasicnto, que olía como un montón de basura.
Un arco, cubierto con una cortina de pequeñas cuentas de vidrio, llevaba a la otra habitación, que estaba escasamente iluminada por la luz que entraba a través de un vano abierto en el techo. En el suelo había viejas alfombras deshilacliadas y cojines con fundas de llamativos estampados y aparte de una baja mesita de madera no existía otro mobiliario.
Raja, Balouet y el viejo jeque se sentaron en el suelo y seguidamente éste dio unas palmadas. En la habitación próxima, en la que antes no habían visto a nadie, se produjo movimiento. Se oyeron voces de mujer y el ruido de la vajilla y al cabo de poco tiempo entró una campesina pequeña y regordeta que les sirvió té negro en pequeños vasos. Poco después, otra les llevó una fuente con requesón y al cabo de un rato, una tercera apareció con un pan árabe del tamaño de una sartén.
El anciano se refirió a las mujeres y dijo que las tres eran sus esposas, alabó el queso y el pan y les pidió que comieran todo lo que les viniera en gana. El sabor del qxieso era como su aspecto, repugnante; por el contrario, el pan sin levadura dejaba un aroma apetitoso y su sabor era exquisito. La pareja hubiera preferido comerlo solo pero temieron disgustar a su anfitrión, que observaba cada trozo que se llevaban a la boca con gran atención, expresión fisgona y una curiosidad casi anatómica. Sobre todo, los movimientos de las manos de Raja parecían fascinarlo.
En un momento en que vio que no estaba siendo observado, Balouet sacó de entre sus ropas cinco billetes de cien dólares y los puso sobre la mesa delante del viejo mientras decía con aire altanero que serían suyos si los llevaba hasta la frontera con Sudán.
Quinientos dólares eran en aquellos días una buena cantidad de dinero y, por debajo del paralelo 23, una verdadera fortuna. Pero el jeque no dio muestras de que le interesara en absoluto, incluso cuando Balouet observó que se trataban de dólares norteamericanos, el anciano permaneció indiferente, con el mismo semblante que mantenía desde hacía bastante tiempo, y les preguntó si conocían la fábula del caballo y el asno.
Raja y Jacques negaron cortésmente y el jeque, que movió la cabeza asombrado de tanta ignorancia, comenzó a relatar:
– En la cuadra de un rico campesino del Medio Egipto, un caballo y un asno comían en el mismo pesebre. El primero había pasado toda su vida con ese amo y se sentía satisfecho, mientras que el burro no parecía conformarse con las estrecheces de aquella cuadra. Más de una vez había intentado escapar, pero siempre se lo impidió una elevada valla de madera que rodeaba la finca del rico terrateniente.
»Un día -siguió contando el viejo-, el borrico le preguntó al caballo si no podía enseñarlo a saltar por encima de la cerca. Naturalmente, le respondió éste, pero si lo hacía se iría el asno, se llevaría a su burrita y él se quedaría solo y aburrido con sus yeguas. Sobre todo echaría mucho de menos a su joven pollina. ¿Qué podía hacer para convencerlo?, preguntó el burro y el rocín le respondió que le ayudaría a aprender si le dejaba a su borriquilla por una noche. Indignado, el asno se negó por considerar que no se debía aparear un caballo de tanta edad con una burrita tan joven. Sin embargo, un día el jamelgo consiguió a la fuerza el placer que tanto había deseado y que el pollino no quiso concederle por las buenas. El viejo cuadrúpedo, sin embargo, después de eso se negó a enseñar al borrico cómo podía saltar y conseguir la libertad. Desde entonces, los burros son más tercos y testarudos que ningún otro animal.
– Empiezo a entender -le dijo al oído Jacques a su cornpañera.
La joven asintió:
– El viejo no quiere tu dinero, me quiere a mí.
Al anciano pareció complacerle extraordinariamente el ver que ambos habían comprendido bien el sentido de su fábula. Se rió con tanta fuerza que la baba le corrió por la comisura de los labios, finalmente se levantó con dificultad y desapareció al otro lado de la cortina de cuentas.
– Lo mataré si se atreve a tocarte -dijo Jacques en voz muy baja.
– Eso te honra -respondió Raja con sequedad-, pero no nos ayuda en absoluto; por el contrario, nos fusilarán. Lo que no me cabe en la cabeza es por qué el dinero no parece interesarle lo más mínimo.
– Yo tampoco lo entiendo -coincidió Balouet-. Con quinientos dólares podría comprarse todo un harén.
En ese mismo momento regresó el jeque y arrojó sobre la mesa, al lado de los dólares, un abultado fajo de billetes.
– ¿Piensan ustedes que son los primeros que vienen a mí para pedirme que los ayude a cruzar la frontera con Sudán? ¡Pues no es así! -comenzó a revolver los billetes como un panadero que amasa el pan y gritó con amargura-: Aquí tienen, sírvanse ustedes, no necesito dinero; los verdaderos deseos no pueden satisfacerse con dinero.
Balouet no sabía lo que le ocurría y miró a Raja lleno de dudas. Creyó que su dinero, del que además había perdido una tercera parte con su equipaje en la barca, le abriría todas las puertas y que allí, en el desierto, podría conseguir cualquier cosa por unos cuantos dólares. Y ahí estaba ese anciano jeque, un hombre seco y nudoso como un olivo, casi una figura bíblica, que les decía que el vil metal no era nada para él, que tenía más que suficiente y no sabía qué hacer con él; pero si el forastero le dejaba acostarse con su compañera, guapa y joven, con la muchacha a la que él, Balouet, había jurado proteger, la mujer a la que amaba…
Jacques sintió cómo la rabia le latía en las sienes, y en su desesperación se dirigió al anciano, que se levantó del lugar en que estaba sentado y adoptó una actitud amenazadora. El francés le llevaba casi la cabeza.
Raja intentó colocarse entre ambos para evitar lo peor. El jeque seguía con la mirada tranquila como si estuviera convencido de que no podía ocurrirle nada malo, fijó sus ojos en Jacques, le puso la mano derecha sobre el hombro y dijo con una mueca desvergonzada:
– El año es largo y tendréis tiempo para reflexionar.