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Con esas palabras y sin dar la menor muestra de excitación abandonó la casa y dejó el dinero sobre la mesita. Al oír el ruido de la puerta al cerrarse, Balouet y Raja supusieron que la habría cerrado con llave por fuera, pero al cabo de un buen rato de siniestra calma, cuando Jacques se decidió a inspeccionar la casa y trató de abrir suavemente el pestillo, comprobó que ésta estaba abierta.

– El anciano parece estar muy seguro de conseguir sus propósitos -comentó Balouet después de volver a cerrar.

– ¡Vaya un mérito! -replicó Raja-. ¿Adonde podríamos ir?, además su gente está armada, y no parecen muy considerados.

– ¡Dios mío, en qué lío nos hemos metido! -exclamó Jacques.

Al parecer estaba a punto de perder los nervios. Pero Raja lo conocía desde hacía el tiempo suficiente como para saber que la capacidad de resistencia psíquica de Jacques estaba muy por debajo de la suya.

– Mira, Jacques -dijo con la vista puesta en un punto imaginario de la oscura estancia-, en el mundo hay cosas peores que tener que acostarse con un jeque nubio. En el KGB conocemos otros métodos mucho peores de chantaje. La verdad es que hasta ahora se ha comportado de modo muy cortés y no me ha parecido que piense en emplear la violencia…

Balouet no podía entenderlo, no quería creer lo que estaba oyendo. De repente dio un salto igual que si le hubiera picado una tarántula y como era su costumbre comenzó a pasear de un lado a otro por la pequeña habitación con los brazos a la espalda. Estaba claro que buscaba las palabras para expresar sus pensamientos y que no acababa de encontrarlas.

Raja acudió en su ayuda. Le dijo que no debía interpretarla mal, ni creer que para ella significaba un sacrificio; bueno, sí, en cierto modo lo era, pero que no la haría sufrir durante toda la vida.

– ¡Jamás, jamás, jamás! -gritó Balouet muy alterado-. Antes mato a ese tipo.

En la aldea nubia reinaba el silencio, un silencio funesto. La oscuridad llegó de modo rápido y repentino como suele ocurrir en los países meridionales y los dos fugitivos siguieron sentados en la semipenumbra. Hablaban entre ellos en voz baja pues sospechaban que el anciano jeque los estaba escuchando. Se encontraban excesivamente cansados y agotados y llegaron a la conclusión de que debían pasar la noche allí para tratar de llegar a un acuerdo con el viejo a la mañana siguiente. En caso necesario, si fallaba todo propósito de negociación habían decidido que intentarían escapar Nilo arriba.

Raja fue la primera en quedarse dormida. Los cojines abundantemente repartidos por el suelo eran cómodos y el vano en el techo de la habitación hacía que la temperatura fuera soportable. Finalmente, también Jacques se quedó adormecido después de comprender que no adelantaría nada con pasarse la noche en vela cavilando.

En un momento determinado, los dos se despertaron simultáneamente, ninguno tenía idea de cuánto tiempo habían dormido, pero por el agujero del techo entraban ya los pálidos rayos del día. Un perro ladraba. Al principio, ése fue el único ruido, pero después se le unió el cacareo de las gallinas y el balido de las ovejas y las cabras que convivían con los campesinos en las cabanas. Algo estaba pasando fuera.

– ¡Silencio! -Balouet se llevó el dedo índice a los labios y escuchó-. Oigo ruido de motores.

– ¡Son barcos! -chilló Raja desesperada-. ¡Nos están buscando!

Jacques se quedó petrificado. ¿Cómo era posible que se hubieran enterado de su presencia en la aldea?

El sonido de los motores se aproximaba rápidamente. Se oyeron gritos de excitación procedentes de las otras viviendas. Raja y Balouet no sabían qué hacer, ni siquiera sabían quiénes eran sus perseguidores. Si se trataba de la gente de Abu Simbel, tal vez podrían dar con una explicación para su comportamiento, pero si sus descubridores eran los rusos, no tendrían ninguna oportunidad, ¡todo habría terminado!

En silencio, Jacques confió en que los barcos continuaran su viaje y pasaran de largo como en un mal sueño, pero enseguida oyó que los motores disminuían sus revoluciones y finalmente se detenían. Se escuchó un disparo seguido de un griterío salvaje y después otro más… y un tercero… A deducir por el tiroteo, aquello parecía haberse convertido en una auténtica batalla. Balouet empezó a preguntarse extrañado si la expedición iba dirigida contra ellos realmente o si no se trataría de un ajuste de cuentas entre dos tribus nubias, en el que se veían involucrados sin buscarlo. Si eso era así, todo se aclararía y quizá podrían seguir su camino.

Mientras esos pensamientos pasaban por su mente y Raja se aferraba a su antebrazo con ambas manos, de repente, la puerta de la casa se abrió con violencia. Un policía armado entró precipitadamente y les gritó algo que ellos no entendieron, pero por sus gestos podían adivinar que debían abandonar la casa, y que la orden iba en serio pues los encañonaba con su pistola.

Balouet trató de explicarle su situación pero no pudo hacerlo, porque ni él hablaba árabe ni el policía ninguno de los idiomas que ellos sabían. Además, el agente no parecía muy predispuesto a la charla sino que insistía en indicarles con el cañón de su revólver que debían salir de la casa.

Apenas lo habían hecho cuando llegó un segundo hombree armado que llevaba además una lata con un líquido con el que roció las paredes y el suelo y seguidamente, de un tiro, prendió fuego a la vivienda.

Mientras tanto, en la aldea se habían apostado dos docenas de soldados con las armas preparadas. Los últimos habitantes fueron sacados de sus chozas, lo mismo que el ganado y los animales domésticos, y empujados hacia los barcos atracados en la orilla. Poco después sus cabanas eran también pasto de las llamas.

Todo pasó con tanta rapidez que apenas tuvieron tiempo para analizar su situación, sólo se recuperaron cuando estaban ya a bordo de una de las embarcaciones. Éstas eran tres, dos lanchas motoras y un barco mayor de transporte en el que se hizo subir a los animales mezclados con mujeres histéricas y hombres que se chillaban entre sí como salvajes furiosos.

La gente rodeaba al anciano y lo asediaba a preguntas. Balouet también se dirigió a gritos al jeque para preguntarle qué significaba todo eso. El jefe de la aldea se abrió paso entre su gente y se dirigió a donde ellos estaban. En su rostro apareció la misma sonrisa de conejo que el día anterior y le dijo:

– Ya puede ver que tenía razón; el dinero no siempre sirve para satisfacer un verdadero deseo.

«¡El dinero!», pensó Balouet, todo el que había dejado sobre la mesa junto con sus quinientos dólares había ardido con la choza. No entendió las palabras del anciano y volvió a repetir la pregunta:

– ¿Qué significa todo esto?

– Yo y los habitantes de mi aldea somos los últimos de los que han resistido al desalojo forzoso de los pueblos y a nuestro posterior traslado. En esta ocasión estábamos dispuestos a defendernos y dos de mis hombres lo han pagado con sus vidas; eran demasiados para nosotros.

Señaló hacia la aldea en llamas, que aún seguía rodeada por los soldados.

Balouet, ya más tranquilo y dueño de sí mismo le pidió al anciano:

– En ese caso, dígales a los soldados que nosotros no éramos habitantes de su poblado sino viajeros de paso.

El jeque sonrió atormentado y respondió:

– Lo haría con gusto, pero aquí ya no me escucha nadie y me temo que tampoco me creen.

– ¿Y adonde nos llevan? -interrumpió Raja.

El anciano escupió en el agua, que describió un amplio círculo.

– Han construido bloques de viviendas para nosotros. ¿Pueden ustedes figurarse una cosa así? ¡Bloques de viviendas! ¿Se dan cuenta de lo que significa para un campesino egipcio, para un fellah acostumbrado a vivir siempre en su cabana a ras del suelo el verse encerrado en un edificio como un conejo en su jaula? La mayor parte de mis hombres nunca ha pisado ni un solo peldaño de una escalera. Se negarán a hacerlo y en caso de que los obliguen vivirán delante de las casas pero nunca dentro de ellas.