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– ¿Y dónde terminará el viaje?

El jefe volvió a echar un gargajo al agua para expresar con ello todo el odio y todo el desprecio que era capaz de sentir en esos momentos, seguidamente respondió:

– A Asuán.

La mujer se estremeció horrorizada al oír al anciano jeque mencionar el destino final del viaje. Suplicante se dirigió a Jacques.

– Tenemos que hacer algo. Debemos abandonar el barco.

Naturalmente, Balouet había pensado lo mismo. Le indicó a Raja que no se moviera del lugar en el que estaba; iba a hablar con el comandante de la expedición. A codazos se abrió paso entre los nubios que se amontonaban en la cubierta, para acercarse a la angosta escala que unía el barco a la orilla y que consistía simplemente en dos tablones oscilantes con unos simples travesanos horizontales, que más bien parecían los palos de un gallinero que la gradilla de un barco.

En el momento en que llegó a la escalerilla, uno de los soldados que estaban en tierra levantó su fusil, gritó algo que Jacques no comprendió y el soldado, al ver que no reaccionaba y se disponía a bajar, disparó contra él. Balouet sintió un fuerte golpe sobre el muslo derecho que lo arrojó hacia un lado. En el mismo momento se dio cuenta de que la bala había chocado contra la parte externa del puente, cuya madera se astilló como si hubiera recibido un hachazo.

Raja gritó y Jacques le respondió agitando los brazos hacia donde ella estaba. Sólo entonces se dio cuenta de lo que la joven había advertido ya desde lejos: en sus pantalones se extendía una mancha roja.

Aunque Balouet no sentía ningún dolor se dejó caer junto al puente y se quitó los pantalones. Raja se acercó llena de excitación y comenzó a exclamar histéricamente:

– ¡Un médico, necesitamos un médico!

Jacques tuvo que tranquilizarla. La bala le había rozado el muslo y causado en él una desgarradura de unos diez centímetros de longitud pero poco profunda de la que brotaba sangre en abundancia.

De entre la multitud salió el jeque, que examinó el daño y como si fuera la cosa más natural del mundo empezó a desgarrar en tiras el borde de su larga galabiya.

– Sáquele el cinturón del pantalón -le indicó a Raja y, una vez que ésta se lo dio, hizo con él un torniquete en el muslo por encima de la herida, que de inmediato dejó de sangrar, y con los trozos de tela de su túnica se la vendó.

– ¿Por qué ha hecho una cosa así? -le preguntó Raja sorprendida.

– ¿Por qué? -el anciano sonrió-. Nosotros somos hijos del desierto y tenemos nuestras leyes que nos dicen: ayuda al que ahora es más débil que tú, pues alguna vez él puede ser más fuerte y tú el que necesita su ayuda. Ya sé que eso es puro egoísmo, pero así es como somos.

En su nerviosismo, ninguno de los dos advirtió que, mientras tanto, el barco había zarpado y ponía rumbo nordeste.

El anciano jefe alzó la mano y señaló hacia el sur donde se perfilaba una cadena de pequeñas montañas difuminada en la distancia.

– Allí, mirad -dijo el jeque-, aquélla debía ser vuestra meta. Detrás de esos montes está Uadi Halfa y Sudán.

Volvió la mirada a la orilla del Nilo, donde aún seguían ardiendo las cabanas de su pueblo, sin que su rostro expresara la menor emoción.

En esos momentos, Raja Kurjanowa estaba más preocupada por el estado de Balouet que por lo que pudiera ocurrirles a su llegada a Asuán. Éste tenía un aspecto lamentable, y se pasó el día entero sentado en cubierta con la espalda apoyada sobre el puente sin pronunciar una palabra. Sus dolores eran mayores de lo que reconocía y cuando le quitaron el torniquete que le había hecho el jeque con su cinturón, la herida volvió a sangrar.

Raja había conseguido hablar con el jefe del comando, un hombre de ojos azules procedente del Bajo Egipto que, vestido de uniforme, con su corte de pelo a lo militar y su bigotito, tenía un aspecto más inglés que si fuera un coronel del Reino Unido. Lo convenció de que su presencia en la aldea era casual y de que no tenía razón alguna para retenerlos en el barco. Para ganarse mayor credibilidad, Raja subrayó sus palabras con dos billetes de cien dólares, que extrajo del dinero que le había entregado Jacques y que aún conservaba escondido bajo sus ropas.

Según él mismo le había dicho, tardarían tres días en llegar a Asuán y Balouet, insistió, necesitaba atención médica urgente. Llevaban sólo media jornada de navegación y la situación a bordo era insoportable, apestaba a excrementos y a orina y los lamentos de las mujeres, un trémolo agudo que hacían con la lengua, le producía dolores en los oídos.

Su desesperación y el temor de que Jacques no pudiera sobrevivir a la travesía hasta Asuán la hicieron guardar silencio. Había llegado a ese punto en el que a uno ya no se le ocurre nada, absolutamente nada o en todo caso, una idea ridicula, casi absurda.

Sola, sin contarle su propósito a Balouet, que dormía como si estuviera anestesiado, Raja quiso informarse por el «coronel» de cuándo pasarían por Abu Simbel. Esa misma noche, le respondió. Seguidamente, ella le pidió que los dejara a ella y a su compañero; en Abu Simbel había un médico alemán que conocía y que se ocuparía de curar a Jacques.

Al principio el «coronel» se negó. Raja no había esperado otra cosa y le costó cien dólares más hacerle cambiar de opinión además de la promesa de que bajarían en secreto y tan rápidamente que los demás no se dieran cuenta de lo que sucedía.

Raja mantuvo a Balouet ignorante de su plan hasta el último momento. Cuando la embarcación aminoró su marcha y se vislumbraron las luces de la obra en pleno desierto, se acercó al herido y le dijo en voz muy baja:

– Escucha, Jacques, lo que voy a decirte. Estamos llegando a Abu Simbel donde atracaremos un momento y dejaremos el barco. Iremos a ver al doctor Heckmann, que se encargará de curarte.

– ¡Estás loca! -respondió Balouet, igualmente en voz queda. Le costaba trabajo hablar; la pérdida de sangre lo había debilitado enormemente-. ¡Estás loca! -repitió y añadió a continuación-: Sería mejor que nos pegáramos un tiro.

– Tonterías -replicó Raja con firmeza, aunque en su interior se encontraba cerca de pensar lo mismo.

No tenía grandes esperanzas de que el doctor Heckmann guardara silencio. El médico la había cortejado y juntos salieron algunas noches sin que ocurriera nada, pese a la insistencia de él; ahora le iba a ofrecer en bandeja la ocasión para vengarse por rechazarlo y haber preferido al francés. Tampoco sabía, además, cómo iban a salir de nuevo de Abu Simbel.

– ¡Tienes que comprenderlo, es nuestra última oportunidad! -lo alentó, a la vez que también se infundía ánimos a sí misma.

Jacques no tuvo fuerzas para contradecirla.

El «coronel» le indicó a Raja con una señal que se prepararan para desembarcar.

– ¡Vamos! -le dijo a Balouet.

Sus palabras sonaron casi como una súplica. Lo ayudó a levantarse y acomodó el brazo del herido sobre su hombro.

A continuación todo ocurrió con mucha celeridad. Dos marineros colocaron la pequeña escala y, con cuidado, Raja hizo bajar a Jacques delante de ella. Apenas pisaron tierra firme, el barco zarpó y continuó su viaje. La mayoría de los nubios ni siquiera advirtieron lo sucedido.

28

Se encontraban en plena oscuridad en el mismo lugar, de nuevo, de donde escaparon cuatro días antes; pero ahora su situación había empeorado y no sabían qué hacer.

La obra, donde los dos templos ya habían sido serrados y desmontados, estaba abandonada y en la montaña se abrían agujeros de colosales dimensiones, como cortados a pico. Pronto todo aquello quedaría sumergido en el pantano. A un tiro de piedra se encontraba la barraca de Kaminski y Raja tuvo una idea…

– Té llevaré a la caseta -le dijo a Balouet, cuyas fuerzas se habían debilitado notablemente hasta el punto de que casi tuvo que arrastrarlo. Jacques murmuró algo que ella no entendió. No le importó porque tenía la impresión de que Balouet no estaba en condiciones de tomar ninguna decisión-. Tú espera aquí mientras voy a buscar ayuda. Heckmann te curará y después, ya veremos.