La puerta de la cabana estaba cerrada y los cristales tapados desde el interior. Con el codo, Raja golpeó la ventana de la parte posterior, que cedió un poco. Sin poder creer lo que veía observó detenidamente el interior; una lámpara de petróleo iluminaba la estancia con una luz pálida y amarillenta. «¡Qué raro -pensó-, por la noche aquí no suele haber nadie!» Pero no tenía tiempo para largas reflexiones. Abrió la ventana, saltó dentro de la casa y abrió la puerta cuya llave estaba en la cerradura.
– ¡Mira! -le dijo a Balouet, que se había quedado apoyado en el quicio de la entrada, desamparado y exhausto. Señaló al suelo, donde alguien había quitado las tablas del entarimado en un cuadrado de metro y medio. Debajo, se abría un agujero profundo y de él colgaba una escalera de mano-. ¿Qué significa esto?
La pérdida de sangre y el esfuerzo de las últimas horas habían agotado al herido hasta el punto de que en esos momentos le era del todo indiferente quién hubiera abierto un hoyo en esa miserable barraca y cuáles eran sus motivos. Se arrastró hasta la silla que había junto a la mesa de trabajo y, extenuado, se dejó caer en ella.
Jacques Balouet creyó estar soñando o sufriendo una pesadilla como consecuencia de la fiebre que le producía la herida, cuando de repente vio que por el agujero aparecía un rostro conocido: el de Kaminski.
Éste pareció no menos asombrado e incluso asustado cuando dirigió hacia él el haz de luz de su linterna y lo miró con los ojos entornados. Sin decir una palabra se colocó al borde del pozo, se secó el sudor del rostro con la manga de su chaqueta y aspiró profundamente. Balouet vio cómo los hombros de Kaminski se alzaban y descendían en rápida sucesión, como si le faltara el aire a consecuencia de un esfuerzo reciente.
– ¿Qué buscan ustedes aquí? -preguntó en voz baja, apenas audible-. En el campamento ha corrido la voz de que se habían ahogado; el agua trajo una barca vacía. ¿Cómo han llegado hasta aquí?
En el mismo momento en que Raja iba a responderle, se oyó un chillido procedente de las profundidades del agujero, que la asustó. Poco después, apareció por la abertura una segunda cabeza que tampoco les resultaba desconocida: Hella Hornstein.
La doctora causaba una impresión igualmente confusa, parecía estar fuera de sí y, sin poderse contener, gritó cuando todavía estaba en la escalera:
– ¡Arthur!, ¿qué significa todo esto?
Poco a poco, Kaminski fue ganando dominio sobre sí mismo. Se dejó caer sobre la superficie polvorienta de la mesa y dijo dirigiéndose a Raja y Balouet:
– Ustedes nos han estado espiando, su desaparición no ha sido más que una comedia. ¿Qué es lo que saben y qué quieren de nosotros?
En esos momentos, por primera vez se dio cuenta de la sangre que manchaba el pantalón de Balouet.
Durante unos instantes se quedaron mirándose unos a otros sin decir una palabra. Nadie sabía qué pretendía la otra pareja. Desde que Raja llegó a Abu Simbel, entre ella y Hella existía una relación de mutua desconfianza, aunque ninguna lo demostró nunca ni hizo mención siquiera. Era ese fenómeno bastante corriente que hace que las mujeres se conviertan en rivales potenciales sólo porque se parecen en su forma de ser o en el carácter. Cada una de ellas tuvo desde el principio esa impresión de la otra y ahora ambas, por distintas razones, la veían confirmada. Por el contrario, Kaminski siempre encontró simpático al francés, pese a que apenas se habían tratado. Por esa razón parecía aún más desengañado.
Raja Kurjanowa fue la primera en recuperar la seguridad en sí misma y, aunque no podía suponer lo que estaba ocurriendo ni en qué lío se habían metido, se llenó de valor y respondió a la acusación del ingeniero.
– Nosotros no espiamos a nadie, lo juro; pero eso es algo de lo que podremos hablar más tarde. Antes que nada, Jacques necesita ayuda médica. ¡Ayúdenos, doctora! Ya ve usted cuál es su estado, íbamos a visitar al doctor Heckmann, pero no hemos podido llegar hasta allí. Balouet está al límite de sus fuerzas, ¿no lo ve usted, doctora?
Con los labios apretados, Hella dejó escapar el aire de sus pulmones, fue como si quisiera decir «Vaya, nos están espiando y ahora nos piden ayuda. ¡No seré yo quien lo haga!». Pero no dijo nada, acabó de salir del pozo y se plantó con los brazos cruzados. Raja, que temía que esa actitud degenerara en una violenta discusión y volviera su situación aún más complicada, se arrodilló delante de Balouet y comenzó a quitarle el vendaje provisional de la herida.
El muslo tenía un aspecto horrible. La llaga estaba cubierta por una capa sanguinolenta negra y roja y cuando Raja le quitó la venda, comenzó a sangrar de nuevo. Balouet contrajo el rostro, víctima de grandes dolores e incapaz de saber dónde se encontraba.
– Se está muriendo, ¿es que no lo ven?
Volvió a poner los trapos sobre la herida, se puso en pie y se dirigió a la puerta. Hella Hornstein le cerró el paso.
– ¿Adonde quiere ir?
– A buscar al doctor Heckmann con toda urgencia.
– Usted se queda -insistió Hella sin dejarla pasar.
Raja levantó la mano como si quisiera abofetearla, pero antes de que eso ocurriera Kaminski se interpuso entre las dos mujeres.
– ¿Es que os habéis vuelto locas? Una pelea no servirá de nada. Este hombre necesita ser atendido o acabará mal. ¡Tienes que ayudar a Balouet, Hella, por favor!
La doctora se mantuvo en sus trece y movió enérgicamente la cabeza.
– Si los dejamos salir -respondió- todo estará perdido. Nos traicionarán. ¿Es que no lo comprendes?
Kaminski alzó los hombros.
– Si no quieres que salgan de aquí tendrás tú que curar a Balouet. Ve al hospital y busca lo que necesites, yo me quedaré aquí con ellos. No tengas miedo de que se escapen.
Raja no tenía la menor idea de lo que estaba ocurriendo y Balouet menos aún. Ciertamente se habían metido, sin saberlo ni quererlo, en una situación bastante rara; más que eso, extraordinaria, a deducir por el comportamiento de la doctora Hornstein. Pero, por otra parte, pensó la joven, su propia actitud, ¿no exigía también una explicación? Mientras reflexionaba cómo podía desmentir la ridicula acusación de que habían estado espiando a Kaminski y a Hella, se dio cuenta de que éstos se habían puesto de acuerdo entre sí con gestos y movimientos de cabeza. Sólo advirtió que la médica había abandonado la barraca cuando oyó fuera el motor de un automóvil.
– Ha ido al hospital a buscar todo lo necesario -explicó conciliador Kaminski.
Raja, que sostenía la mano de Balouet entre las suyas, hizo un ademán silencioso.
Al cabo de una larga pausa, en la que la rusa estuvo atenta por si escuchaba acercarse el coche, Kaminski, inseguro y casi tartamudeando comenzó a hablar:
– Ustedes… ustedes se habrán preguntado, como es natural, qué significa todo esto y creo que les debo una explicación…
– Creo que somos nosotros los que tenemos que darla -lo interrumpió la mujer.
– ¡No, de ningún modo!
– Sí, creo que sí. Quizá le resulte más fácil hablar después de haberme oído.
Raja se levantó y se acercó a Kaminski.
– En primer lugar, debe usted saber que no soy francesa sino rusa. He pasado muchos años en la embajada rusa en París, por lo que no me ha sido difícil hacerme pasar por francesa; Balouet me ha ayudado de forma desinteresada.
Kaminski la miró con aire escéptico, y como si quisiera decirle que aunque eso fuera cierto no tenía obligación de confesárselo.
– Además de eso -continuó Raja-, me une con Jacques el hecho de que ambos trabajábamos para el servicio secreto ruso, el KGB. Y digo trabajábamos en pasado, señor Kaminski. Yo caí en desgracia y debía temer lo peor y Balouet quería dejarlo, lo que es igualmente peligroso. Teníamos la sospecha de que se nos vigilaba y, por esa razón, decidimos escapar de Abu Simbel. Queríamos ir a Jartum pero ni siquiera llegamos a la frontera. En una aldea, cuyos habitantes fueron desalojados a la fuerza por los militares, fuimos hechos prisioneros y uno de los soldados disparó sobre Jacques. Soborné al jefe de esos vándalos y conseguí que nos dejara bajar del barco que nos conducía a Asuán al pasar por aquí. Mi intención era llevar a Balouet a casa del doctor Heckmann.