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Kaminski tenía dificultades en aceptar el relato de Raja. Naturalmente era razonable pensar que el KGB tuviera en Abu Simbel a alguno de sus agentes. Pero enterarse de una cosa así, saberla de labios de personas a las que se conocía y en las que en cierto modo se había confiado, era otra cosa. Despertaba una sensación de vulnerabilidad, como si fuera uno mismo personalmente el traicionado.

La rabia que sintió en el primer momento se alivió al darse cuenta de que ahora todos conocían mutuamente su secreto y que tenían que confiar en su recíproca discreción.

– En vista de su sinceridad, yo también voy a explicarles qué significa lo que han visto aquí -declaró Arthur señalando la boca del pozo.

A Raja le era totalmente indiferente lo que Kaminski tuviera que contarle. Esperaba impaciente e inquieta el regreso de la doctora Hornstein. Sin prestar apenas atención oyó cómo Kaminski le contaba que debajo de su barraca habían encontrado el sarcófago de una de las esposas del gran faraón Ramsés y que sólo él y Hella lo sabían. La atención de la rusa se despertó totalmente cuando Kaminski le dio a entender que cada uno de ellos estaba en las manos del otro. Si ella y Balouet callaban, podían estar seguros de que Kaminski y la doctora Hornstein harían lo mismo.

Aunque a Raja no le cabía en la cabeza la razón por la que querían conservar en secreto el hallazgo de la momia, pensó que la situación les favorecía. Era posible que la doctora lograra curar a Balouet lo bastante como para que pudieran escapar de Abu Simbel por segunda vez antes de ser descubiertos.

Hella regresó y cuando aún estaba en la puerta, Kaminski salió a su encuentro y se enzarzaron en una discusión en alemán, breve pero violenta, de la que Raja no entendió nada. Lo que sí advirtió de inmediato cuando la médica entró en la oscura cabana fue que parecía totalmente cambiada. Llevaba un maletín de urgencias negro y le puso a Balouet, que lo había oído todo en silencio, una inyección de Xilocaína en el muslo como anestesia local. Entre los tres trasladaron al herido hasta un catre de campaña que se encontraba en la parte de atrás de la habitación y lo acostaron en él.

La doctora le tomó el pulso y su rostro expresó preocupación.

– Tiene que procurar por todos los medios que no se duerma -dijo dirigiéndose a Raja-. Su pulso es muy débil. Esa es su responsabilidad…

Seguidamente comenzó a limpiar la herida. La joven rusa la ayudó en lo que pudo. Normalmente no era demasiado sensiblera, pero ahora, al tratarse de Balouet, tuvo la impresión de que sentía en su propia carne cada uno de los puntos que la doctora le daba en la herida y al estirar la hebra le producía más dolor que al mismo paciente, que apenas si notaba la pequeña intervención.

La doctora Hornstein se detuvo para recuperar el aliento una vez que la desgarradura estuvo cerrada con una fea costura, ancha como la palma de la mano.

– Los puntos le dejarán una cicatriz, pero de momento creo que no tenemos que preocuparnos por la herida. Si no se infecta, en una semana todo estará pasado y olvidado y podrá andar normalmente.

– ¿Una semana? -se sobresaltó Raja-. Debemos irnos y si es posible esta misma noche.

Hella Hornstein envolvió su instrumental en un paño blanco y lo guardó en el maletín.

– Eso es imposible -replicó. Naturalmente, a ella misma le hubiera gustado verlos desaparecer de allí lo antes posible, tan inadvertidos como habían llegado; pero Balouet acababa de sufrir una operación, por pequeña que fuera, y además se encontraba muy débil-. ¿En qué situación se creen que están?

Raja guardó silencio. La pregunta de la doctora la había traído de vuelta a la dura realidad. En el fondo eso era una confirmación de lo que ya supo desde el momento en que llegó allí pero que nunca quiso reconocer: ¡la aventura había terminado!

– ¿Y en qué situación cree que estamos? -repuso desesperada Raja-. Pensé que teníamos una esperanza, ya que se nos daba por muertos. Pero si reaparecemos el primero en saberlo será el KGB.

Kaminski colocó las tablas del suelo sobre el agujero, después se irguió y le dijo a Hella:

– Tiene razón. De ningún modo pueden seguir en Abu Simbel, tienen que salir de aquí.

La preocupación que Arthur parecía sentir por ellos puso nerviosa a Hella.

– ¿Puedes decirnos cómo van a hacerlo? -preguntó con ironía-. ¿Deben llevarse otra lancha?, ¿emprender el camino a pie? ¿Qué se te ha ocurrido?

– ¡Kurosh! -respondió Kaminski.

– ¿Kurosh el Águila’?

– Precisamente él. Todo el mundo sabe que es capaz de hacer cualquier cosa por dinero, se dice que más de una vez voló a Jartum con artículos de contrabando. Tenemos que sobornarlo.

Sorprendido, Kaminski vio cómo Raja sacaba un fajo de billetes norteamericanos de entre sus ropas.

– ¡Mil dólares! -dijo sin dar muestra de la menor emoción y arrojó el dinero sobre la mesa-. ¿Cree que será suficiente?

Kaminski y Hella Hornstein no salían de su asombro. Esa francesa o rusa, o lo que quiera que fuese, se había ganado su admiración. Parecía que estuviera acostumbrada y fuera capaz de enfrentarse con cualquier situación por desesperada que fuese.

Mientras rumiaban parecidos pensamientos, Raja sacó un nuevo montón de dólares.

– Y esto para ustedes -declaró con frialdad-, por sus molestias en ayudarnos.

En un principio, el ingeniero se quedó mudo sin saber qué hacer, pero seguidamente tomó el segundo fajo de dinero y se lo devolvió.

– Guárdelo, seguramente lo necesitarán.

Finalmente se metió los otros mil dólares en el bolsillo y dijo:

– Vamos, llevemos a Balouet al coche. En una hora habrá amanecido y para entonces todo debe estar en marcha.

29

Salah Kurosh, apodado el Águila, ex aviador de Air Egypt, había sido destinado, como castigo, a pilotar el avión correo de Abu Simbel. Vivía en una de las casas prefabricadas, situadas casi en los límites del campamento, muy cerca del pequeño aeropuerto. Este consistía en un corto campo de aterrizaje asfaltado y un barracón largo y bajo. Ambas cosas, la pista y el cobertizo, estaban rodeadas de arena por todas partes. Arena y más arena, que muchas veces había que quitar por las mañanas temprano. El barracón servía también de hangar para los dos aparatos a través de los cuales se mantenía contacto directo con Asuán. No existía un plan de viajes fijo y para Kurosh el Águila resultaba fácil despegar, poner rumbo al sur y desaparecer detrás de las dunas sin que nadie se diera cuenta.

El egipcio, un hombre que soportaba muy bien la bebida y aviador por vocación, vivía solo. De sus vuelos como correo se contaban las aventuras más extraordinarias, lo mismo que de los negocios con los que completaba sus ingresos relacionados principalmente con las bebidas de alto grado alcohólico, tan necesarias para él como los consuelos religiosos del Corán, aunque ambas cosas fueran entre sí tan diferentes como el agua y el fuego. Pero, como Kurosh solía decir para justificar su afición, Alá no sólo había creado esos dos elementos tan dispares sino también el agua de fuego, el «aguardiente» una denominación genérica en la que él incluía todas las bebidas de más de cuarenta grados, entre ellas el whisky. ¡Alá es grande!