Arthur llamó a la puerta y despertó al piloto, mientras Raja, Balouet y Hella esperaban en el coche. Al principio, el egipcio se mostró poco dispuesto, pero al ver el fajo de billetes que Kaminski puso sobre su mesa su actitud empezó a cambiar por momentos.
– ¿Mil dólares? ¡Hay algo que huele mal en todo esto!
– Naturalmente, ¿o es que cree usted que se los iba a ofrecer por no hacer nada?
Kurosh movió la garganta como si acabara de tomar un trago. Sin perder de vista las divisas objetó:
– Nada de negocios sucios, yo no hago negocios sucios, para que nos entendamos.
– Ya lo sé -respondió tranquilo Kaminski-. Jamás se le ocurriría la idea de traer whisky de contrabando de Jarturn, sería una empresa muy peligrosa que incluso podría costarle el empleo…
– ¿Cómo sabe usted eso, míster?
– Yo no sé nada, Salan, pero en el campamento se cuentan muchas historias; de dónde viene el whisky, por ejemplo. Son sólo rumores, claro está.
– ¡Calumnias!
– Calumnias, sí. Yo nunca creí en ellas.
Salah tomó el dinero y miró los billetes a contraluz en la bombilla que colgaba sobre la mesa.
– El papel es bueno -murmuró entre dientes todavía indeciso pero obviamente a punto de ceder-. Bien, dígame, ¿qué tengo que hacer?
– Una tarea sencilla -fue la respuesta de Kaminski-. Debe llevar a dos personas a Jartum. Esperan fuera en el coche. No tiene que saber quiénes son, olvidará su aspecto, y cuando haya vuelto, recuerde que no estuvo en Jartum.
– ¡Imposible! -Salah negó con la cabeza.
– ¿Qué significa eso?
– Que es imposible llevar a dos pasajeros de una vez en un Boelkow 207.
Kaminski cogió el fajo de dólares e hizo como si fuera a metérselo en el bolsillo del pantalón para marcharse.
– ¡Alto! -Kurosh puso una mano sobre el brazo del ingeniero-. ¿Equipaje?
– Nada, sólo la ropa que llevan puesta.
Kurosh parecía dispuesto a ceder.
– ¿Y cuándo debería ser el viaje? -quiso informarse.
– Inmediatamente -presionó Kaminski-. Debe decidirse si acepta el encargo o no, si no lo hace tendré que buscar otra solución.
Kurosh se puso de pie y se dirigió a la ventana. Fuera era todavía completamente de noche, pero no pasaría media hora antes de que el horizonte comenzara a iluminarse por Oriente, una claridad suficiente para que el avión pudiera despegar sin luces y poner rumbo al sur.
– Inshallah! -exclamó Kurosh y tomó el dinero-. ¿Quién es esa gente?
– Esperan en el coche, fuera. Y una vez más, usted no los conoce ni los ha visto.
– Salah será como una tumba.
Al oír esa palabra, Kaminski tembló involuntariamente.
Poco tiempo después, Kurosh sacaba del hangar al Boelkow 207, pintado de azul y blanco.
Balouet estrechó efusivamente la mano del ingeniero.
– Le doy las gracias, monsieur -dijo conmovido-. Debo estarle muy agradecido.
Kaminski retiró su mano.
– No tiene que agradecerme nada. ¡Ha pagado usted!
– Eso no tiene nada que ver -replicó Balouet.
Arthur protestó:
– Aunque no lo crea, he obrado en parte por mi propio interés, pero si consiguen -Kaminski sacó un papel de su cartera y escribió en él unas palabras- llegar a Europa y quiere hacer algo bueno, diríjase a esta dirección y déles mi nombre.
Jacques hizo un gesto afirmativo y se guardó la nota.
– Y no se olviden de lo que hemos acordado -añadió Kaminski mientras ayudaba a Balouet y a Raja a subir al asiento de atrás del avión-. Ustedes no han visto nada.
– Nada -respondió Kurjanowa con aire ausente.
Sólo cuando el aparato ya estaba en el aire y Kurosh describía un lazo sobre el embalse para tomar altura, se preguntó qué importancia podría tener aquel descubrimiento. Después tomó la mano de Jacques y gritó para hacerse oír por encima del ruido del motor:
– ¡Lo hemos conseguido!, ¿lo oyes? ¡Lo conseguimos!
30
El tiempo apremiaba pues el 1 de septiembre, el plazo el que las aguas del embalse debían inundar la presa que protegía la obra, ya hacía mucho que había expirado.
En lo que se refiere a la conducta de Hella, era como si no quisiera darse cuenta de que, si no hacían nada, dentro de un par de semanas la momia se perdería para siempre sumergida bajo el pantano. De momento, la joven insistía en descender a la tumba cada dos o tres días para meditar delante de la momia a la luz de la linterna.
Al principio Kaminski cedió a las exigencias de la doctora porque después de cada una de esas visitas, Hella parecía feliz y excitada y en ese estado se entregaba a él con toda la pasión de que es capaz una mujer. Pero después de que el ritual de ver a la momia se repitió una docena de veces y la muchacha no daba muestras de quedarse satisfecha (por el contrario, cada vez mostraba más interés y quería ir con mayor frecuencia), Arthur Kaminski comenzó a pensar en cómo poner fin a esa extraña actividad y en devolver a Hella al camino de la razón.
A los ojos de Kaminski, Hella seguía siendo como siempre una mujer fascinante, inteligente y segura de sí misma, pero que al mismo tiempo le hacía sentir que lo necesitaba. Más de una vez, Arthur maldijo el día en que la hizo partícipe de su descubrimiento, porque desde entonces, desde que Hella vio por primera vez aquel cuerpo embalsamado, sus relaciones cambiaron. Arthur no podía entender esa especie de necrofilia y ella, por su parte, tampoco hacia nada para aclararle su conducta.
En una de aquellas noches de septiembre, en las que después del ardiente calor del verano se despiertan nuevas esperanzas de que haga una temperatura soportable, Kaminski visitó a Hella Hornstein de improviso, lo que n era su costumbre. Tenía ganas de pasar la noche con el la joven no respondió a sus llamadas. La puerta estabTcerrada, sin embargo desde dentro llegaba el sonido de una música triste. Arthur se sintió confuso.
Entró en la casa por una de las ventanas laterales. Un humo dulzón le salió al encuentro.
– ¿Hella? -llamó Arthur, pero no obtuvo respuesta.
En la habitación de su amante ardían unas velas y unos bastoncillos aromáticos. De algún lugar brotaba la música misteriosa.
Hella estaba echada en la cama desnuda con los ojos fijos en el techo y los brazos cruzados sobre los senos.
En un primer momento, Arthur pensó que estaba muerta pero casi enseguida vio que la curva suave de su vientre subía y bajaba con el ritmo de su respiración y que se movían los párpados.
– ¡Dios mío, qué susto me has dado! -exclamó el ingeniero.
Hella no dio muestras de advertir su presencia.
Kaminski se había acostumbrado a muchas de las peculiaridades de la doctora y quizá le gustaba más, precisamente, por el apasionamiento que demostraba en ocasiones. Sin embargo, hasta entonces no había presenciado nunca una representación como la que estaba viendo en esos momentos. La situación no le era incómoda, sino que por el contrario despertaba su deseo.
Por esa razón, se sentó en la cama de Hella y contempló su bello cuerpo. Echada así, inmóvil y blanca como la meve, tenía algo de irreal que parecía destinado a frenar cualquier impulso sexual. Pero Kaminski, que ya se había acostumbrado a lo ultrasensual de su apariencia, sentía en ocasiones como ésa una atracción casi magnética. No podía hacer otra cosa: tenía que acariciarla, primero suavemente por las piernas y después, de manera apasionada Por las zonas que le daban más placer.
Hella permanecía impasible, como si todo eso no fuera con ella; no se excitaba ni se movía. Sólo el movimiento ligero e irregular de sus párpados delataba que no podía evitar conmoverse.
Mientras Kaminski trataba, con una de sus manos, de acariciarla entre sus apretados muslos, con la otra comenzó a desnudarse con el nerviosismo y la torpeza propia de un hombre que se dispone a hacer el amor en una ocasión inesperada.
Sonrió mientras se bajaba los pantalones y dijo: -Ya podrías facilitarme un poco las cosas. Finalmente se despojó de todos los estorbos. La inmovilidad del cuerpo blanco y prometedor lo excitaba más que si Hella se hubiera abalanzado sobre él con pasión arrebatadora. Lleno de deseo, se colocó sobre ella apoyado en las rodillas y comenzó a cubrirla de besos desde las puntas de los pies a los muslos, hasta sumergirse en su pubis donde se detuvo amorosamente en espera de alguna reacción. Pero ésta no se produjo y de repente, esa impasibilidad que tanto lo había excitado comenzó a desatar su rabia. Kaminski no podía entender que su amante no tuviera en cuenta sus sentimientos y, como un salvaje, se echó sobre ella.