A cada paso, Kaminski se encontraba con muchachas llamativamente hermosas, vestidas con largas túnicas de brillantes colores, que con movimientos insinuantes y llenos de coquetería se apartaban el velo de sus labios pintados y dejaban ver con gusto todo lo que éste hubiera debido ocultar. Con un guiño de ojos, sin necesidad de pronunciar ni una sola palabra, conseguían que los interesados en su oferta las siguieran por estrechos callejones hasta lugares donde realizar su oficio prohibido.
Las terrazas de los cafés se encontraban muy concurridas. Ágiles camareros balanceaban narguiles de cristal de colores y ofrecían a los parroquianos sus boquillas adornadas con cintas llamativas. De repente, Arthur encontró un silla vacía en una mesa, se sentó y pidió un café solo que, como es costumbre en el país, se servía con posos y abundante crema en una cafetera de cobre con un vaso sin asa para que el propio cliente se sirviera.
– ¿Europeo? -le preguntó en inglés un hombre sentado a la misma mesa y al que Kaminski no había visto.
Era una persona pulcra, vestía casi con distinción un traje gris cruzado, y su rostro ancho y abotargado estaba coronado por un fez rojo del que pendía una borla que no dejaba de moverse.
– Alemán -le respondió amablemente.
– ¡Ah, Abu Simbel! -comentó el gordo-. ¡Abu Simbel!
– Sí -asintió Kaminski-; ingeniero.
– ¡Buen trabajo, magnífico, un milagro!
El hombre del fez sorbió de su boquilla y en el cuello del narguile aparecieron burbujas de aire. Con ojos atentos observaba el intenso movimiento de gente alrededor de las mesas.
Arthur había dado por terminada la conversación con el extraño, pero éste sacó del bolsillo interior de su americana una tarjeta de visita amarillenta y con una amplia sonrisa la exhibió delante de la nariz del ingeniero.
Kaminski observó en primer lugar el rostro cordial de su compañero de mesa y después la cartulina, que sin duda ya había realizado su cometido más de una vez. Finalmente, el desconocido hizo un guiño simpático y se presentó:
– Foster, Charles D. Foster.
– Kaminski -respondió éste con una amable inclinación de cabeza-, Arthur Kaminski. -Y se guardó la tarjeta en el bolsillo; por último preguntó-: ¿Es usted inglés?
– ¡Egipcio! -se apresuró a corregir-. Pero mi padre era inglés y mi madre alemana. Yo vivo aquí desde que nací, entre dos mundos, por decirlo de alguna manera. Los egipcios me llaman extranjero, aunque hablo y escribo su idioma mejor que la mayoría de ellos; y los ingleses, pacha porque generalmente me toman por nativo. Pero puedo vivir con ello y bastante bien, todo hay que decirlo…
Kaminski observó a Foster con ojos llenos de curiosidad. El hombre empezaba a interesarle.
Este entendió su mirada y continuó:
– ¿Quiere usted saber de qué vivo tan bien? -se rió con sorna-. En el bazar hay unas cuatrocientas o quizá quinientas pequeñas tiendas y tenderetes, pero la mayoría de los que aquí pregonan sus mercancías y las atienden no son los dueños del negocio. Tienen una comisión en las ventas y viven de eso. Los verdaderos propietarios residen en sus villas y chalés del barrio residencial en torno al nuevo hospital y dejan que los pobres trabajen para ellos como es la voluntad de Alá. -Levantó el dedo en el aire y señaló, mientras su rostro resplandecía de orgullo corno la cúpula de la mezquita del sultán Hassan en El Cairo-: Aquél, aquél y aquél son mis negocios.
– ¿Qué vende usted, míster Foster? -quiso informarse Kaminski sin parecer indiscreto.
El gordo se frotó las manos pasando la palma de la mano derecha sobre el dorso de la izquierda.
– Un buen hombre de negocios debe comerciar con todos los bienes creados por Alá. La división en joyeros, verduleros o vendedores de alfombras es una invención del decadente Occidente. Un buen mercader lo vende todo. Vender y comprar es mi divisa, y me da completamente igual de qué se trate.
Kaminski se echó a reír. Aquel desconocido le caía bien; su forma de ser, libre de convencionalismos, le complacía. -En alemán -comentó sonriendo- hay un dicho que se aplica a personas como usted. -Vamos, suéltelo.
– No sé si debo. No es muy halagador. -¡Ah, eso qué importa! -replicó Foster-. En árabe también decimos que quien te halaga es tu enemigo, quien te reprocha tu maestro.
Ambos estallaron en carcajadas y Kaminski acabó por lanzar la frase:
– En mi idioma se dice que un hombre como usted, niister Foster, sería capaz de vender a su abuela si fuera necesario.
– ¡Vender a la abuela! ¡Vender a la abuela! -gritó Foster entre risotadas. Se dio una palmada en el muslo y su era ancho adquirió una tonalidad rojiza como si fuera a nlotar en cualquier momento-. ¡Vender a la abuela! -repitió-. Ha dicho usted una frase genial, míster…
– Kaminski.
– Míster Kaminski, un apellido difícil. Pero lo que yo quería decirle también -se puso serio y se acercó mucho al ingeniero- es que si usted siente ganas de…
– No -lo interrumpió Arthur con brusquedad.
Sabía lo que iba a venir a continuación y él, realmente, tenía ganas de todo menos de acostarse con una mujer.
– ¡Ah, ya le entiendo! -Foster no se daba tan fácilmente por vencido-. También puedo facilitarle muchachos, chicos distinguidos de las mejores familias.
Como es comprensible, las ofertas de Foster acabaron por enfadarle. Con los brazos extendidos apartó de él al proxeneta y dijo con rudeza:
– Escúcheme, míster, cuando sienta necesidad de una aventura sexual me dirigiré a usted. De momento no me apetece acostarme con ninguna mujer y no creo que eso vaya a cambiar en un futuro próximo.
Se terminó su café, dejó una moneda sobre la mesa y se dispuso a marcharse.
– ¡Perdóneme, querido amigo! -El gordo hizo una inclinación servil delante de Kaminski, colocó las manos en sus hombros para que siguiera sentado y continuó-: No pretendía en absoluto ser inoportuno; no podía suponer que estaba usted involucrado en una historia de mujeres.
Poco a poco, Kaminski se iba enojando seriamente.
– ¿Y quién le ha dicho a usted que yo tengo un asunto de faldas, señor…?
– Foster, llámeme simplemente Foster -respondió-. Eso lo puede ver hasta un ciego. Usted huye de una mujer, exactamente.
Kaminski se quedó sorprendido.
– Eso es lo que le ocurre -insistió el comerciante-, y si permite que le dé un consejo, míster Kaminski, no regrese con ella. Ninguna mujer de la que uno escapa merece que se vuelva después arrepentido, ¡ninguna! ¡Mire a su alrededor! Alá ha creado más mujeres que hombres, eso significa que puede elegir entre ellas como se hace en el mercado de camellos al este de la ciudad. ¡Camarero, otro café para mi amigo Kaminski!
Era difícil, por no decir imposible, librarse de las garras de ese individuo; además, en términos generales tenía que darle la razón, o al menos en lo que respecta a sus actuales emociones. Hay momentos en la vida de un hombre en que la mujer comienza a atribuirse un papel que realmente no le corresponde y, de ese modo, gana tal poder sobre uno que incluso a un luchador por naturaleza le cuesta trabajo superar. En alguna parte, Kaminski había leído que eso tenía que ver con la química, que influía en la fascinación o en la antipatía que sentían entre sí dos personas de distinto sexo. Y esa especie de reacción química, o alguna otra combinación desconocida, era desde luego lo que le ataba a aquella mujer fatídica. Sí, en su mente utilizaba ese adjetivo, fatídica, precisamente porque no podía explicarse aquella fuerza de atracción, salvo que estuviera basada originariamente en el destino, en el hado misterioso del carácter de Hella, que tanto la diferenciaba de todas las mujeres que había conocido.
– Hábleme de su trabajo en Abu Simbel -dijo Foster para terminar con un tema que había resultado tan desagradable.