– No hay mucho que contar; una vez que el templo fue serrado y los bloques puestos sobre seguro fuera del alcance del embalse del Nilo, las cosas están claras. Todo sigue su marcha de acuerdo con los planes previstos, incluso vamos con adelanto sobre el proyecto definitivo.
– Lo sé -concedió Foster- y los rusos están que echan humo, trataron de sabotear su trabajo pero no tuvieron éxito, pese a que habían introducido un topo, o varios, en su madriguera.
– ¿Un topo?
– ¡Vamos, hombre, no disimule! No tiene que fingir que no sabe nada; al menos, no conmigo. ¡Foster lo sabe todo! -Miró a los lados para cerciorarse de que nadie estaba escuchando la conversación y seguidamente se inclinó sobre el ingeniero y le dijo en voz muy baja-: En Asuán no pueden darse diez pasos sin tropezar con un agente del KGB.
Arthur se asustó, comenzó a preguntarse si ese encuentro era tan casual como había creído hasta entonces y respondió con brevedad:
– La verdad es que no sé de qué me habla.
Foster se rió burlonamente al ver lo poco hábil que era Kaminski en el arte del fingimiento y continuó:
– Mire usted, señor Kaminski, Egipto es un país muy pequeño y, ciertamente, poco importante, pero su situación estratégica y, sobre todo, el canal de Suez lo colocan por encima de todas las demás naciones de este continente. La consecuencia es que el Este y el Oeste tratan de ganar influencia en nuestro país y nos colman de regalos. Para los soviéticos, Egipto se ha convertido en una cuestión de prestigio, pues hasta la caída del rey Faruk se encontraba orientado hacia Occidente. Por otra parte, desde que comenzó la construcción de la presa de Asuán, los rusos consideran a Egipto como parte de su hemisferio, de su zona de influencia. En ninguna otra nación del mundo, salvo en la Unión Soviética, viven en la actualidad tantos rusos como aquí, y se sienten cómodos, pese a que no puede decirse precisamente que sean muy queridos por los nativos, sobre todo, porque desde que se han instalado Egipto está lleno de chivatos, de espías y de agentes del KGB. ¿Quién puede decir que nosotros o, al menos, uno de los dos no trabaje también para el servicio secreto soviético?
El ingeniero movió la mano en un ademán negativo para Cuitarle importancia al tema, pero Foster no le permitió tomar la palabra:
– No necesita justificarse, señor Kaminski, yo tampoco lo hago.
Allí estaba Arthur sentado frente a aquel Foster sin saber a ciencia cierta qué hacer; no tenía idea de lo que pensaba de él ni cómo debía considerar ese encuentro.
Incluso llegó a dudar de que Balouet y Raja, que con su ayuda habían huido a Sudán, fueran realmente desertores del KGB. Pensó que también era posible que tras su fuga se encontraran otras razones muy distintas. Ya de por sí era una extraña casualidad que ambos hubieran aparecido en su barraca a medianoche y recordó que la entrada a la tumba no estaba tapada y que, precisamente, la cabana había sido construida sobre el acceso. ¿Quién más se encontraba metido en el juego?
Miró a Foster de reojo y se preguntó: ¿qué sabe este hombre?
A Kaminski le hubiera gustado manifestar: «busque la momia y haga con ella lo que quiera, pero llévesela fuera de mi vista». Pero se lo pensó mejor y preguntó con tono indiferente:
– Y dígame, míster Foster, ¿comercia también con antigüedades?
Foster, que durante toda la conversación mantuvo un aire de indiferencia -o al menos ésa fue la impresión que causó-, se puso serio de repente. No respondió nada de momento, se sacó de la boca el narguile, jugó con la boquilla y preguntó sin mirar directamente a su interlocutor:
– ¿Compra o venta?
– No comprendo qué quiere decir.
– ¿Desea usted comprar o vender?
Kaminski se dio cuenta de que su rostro enrojecía, se sintió acorralado y balbuceó:
– Sinceramente, sólo quería saber si comercia con antigüedades.
El otro hizo un gesto de comprensión, se metió la mano en un bolsillo de la chaqueta, sacó una cartera negra bastante usada y casi tan gruesa como un ejemplar del Corán y comenzó a revolver en su contenido compuesto de billetes de distintos países, facturas, notas y recortes de prensa. Para revisar los papeles se mojaba el índice de la mano derecha en su giueso labio inferior y buscó un buen rato esforzándose en identificarlos, sin dejar de murmurar entre dientes como si hablara consigo mismo.
– ¡Aquí está! -exclamó de repente y extrajo de la abultada cartera un papel doblado que le tendió a su acompañante.
Arthur lo abrió y vio que era una página de la revista norteamericana Time y que se trataba de un reportaje sobre la reciente adquisición por el Metropolitan Museum de Nueva York de una estatua de Ramsés.
– Confío en usted -le dijo Foster a Kaminski-, confío en usted -repitió- porque usted lo ha hecho conmigo, entiéndalo. Y tras una pausa casi devota señaló con su grueso pulgar extendido hasta tocar el pecho del ingeniero-: Medio millón… ¡de dólares!
En el primer momento Arthur no comprendió, pero poco a poco fue viendo con claridad que Foster quería decir que fue él quien hizo aquel negocio y que ese medio millón de dólares fueron sus ganancias. Hizo un ademán de entender y le devolvió el recorte de prensa.
– Naturalmente, de forma ilegal -continuó Foster en voz baja-. Yo no sé lo que usted piensa, míster Kaminski, pero si yo no hubiera hecho el negocio, habría sido otro quien lo hiciera. Por otra parte, no es tan malo venderle al Metropolitan. ¿Ha visto en qué estado de abandono están los objetos que se guardan en el Museo Egipcio de El Cairo?, ¿cómo se estropean? ¡Es vergonzoso!
El interés y la sorpresa del ingeniero no estaban tanto en el aspecto moral del asunto -él tampoco se encontraba limpio del todo- sino en la forma tan abierta y explícita como Foster hablaba de esas cosas. Era posible que el comerciante, con su buen olfato para los negocios, se hubiera dado cuenta desde el principio de que Kaminski no era un tipo capaz de denunciarlo. Además, no le cabía duda de que los tentáculos de ese individuo llegaban tan lejos que nadie en la ciudad creería la acusación.
– Tiene usted mucha confianza en mí -comentó Kaminski- pese a que apenas nos conocemos.
Foster se encogió de hombros.
– Usted sabe que hay personas en las que se puede confiar enseguida aun cuando no se las conozca en realidad y otras, con las que se mantienen relaciones amistosas durante años, aunque jamás se les confiaría un secreto. Como ve, usted pertenece al primer grupo.
Las palabras del mercader halagaron a Kaminski, como pretendía aquél, que sabía perfectamente cómo tratar a gente como él para obtener el mayor provecho. Por esa razón, tras su último comentario guardó silencio y pareció que dedicaba su atención al bullicio de la calle.
No tuvo que esperar mucho. Casi enseguida Kaminski comenzó a hablar y sus palabras sonaron como una confesión:
– He encontrado una momia. Puede que lo que le diga le parezca una locura, pero tengo la sensación de que me persigue noche y día. He venido aquí huyendo de ella y me gustaría quitármela de encima.
Foster no demostró sorpresa.
– Las momias no son nada extraordinario -comentó-, las hay a miles. No me interesan.
– Pero este caso es distinto, ésta es especial, apenas visible dentro de su sarcófago, ¡se trata de Bent-Anat, la hija y esposa de Ramsés!
– ¡Repítalo!
– De la hija y esposa de Ramsés, el que hizo construir Abu Simbel.
– ¡Kaminski, usted bromea!
– No, no bromeo, míster Foster, y no le hubiera hablado ni una palabra de no ser porque ese monstruo está destruyendo la relación más importante de mi vida. ¡Quiero librarme de esa momia!
De repente, Foster pareció tan agitado como si hubiera recibido un choque eléctrico y se movió inquieto sobre su silla.
– ¿Y dónde se encuentra la tumba? ¿Cuántas personas lo saben? ¿Tiene usted pruebas de lo que dice? -lo interrogó excitado.