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»Mi primer pensamiento, Raoul, en plena catástrofe, fue al mismo tiempo para usted y para la Voz, ya que por aquel entonces ambos ocupaban por igual mi corazón. Enseguida me tranquilicé con respecto a usted, al verlo en el palco de su hermano y sabía que no corría ningún peligro. En cuanto a la Voz, me había anunciado que asistiría a la representación y temí por ella; sí, realmente tuve miedo, como si se tratara de "alguien de carne y hueso, capaz de morir". Me decía a mí misma: "¡Dios mío, quizá la lámpara haya aplastado a la Voz ". Me encontraba entonces en el escenario y, asustada hasta el punto de que me disponía a correr a la sala para buscar a la Voz entre los muertos y los heridos, cuando se me ocurrió la idea de que si no le había pasado nada, debía estar ya en mi camerino deseosa de tranquilizarme. De un salto me planté en el camerino. La Voz no estaba. Me encerré allí y le supliqué que, si aún estaba con vida, se me manifestara. La Voz no me contestaba, pero de repente oí un largo, un admirable gemido que conocía perfectamente. Se trataba del lamento de Lázaro cuando, a la voz de Jesús, comienza a abrir los párpados y a volver a ver la luz del día. Eran los llantos del violín de mi padre. Reconocía la forma de tocar el arco de Daaé, el mismo, Raoul, que nos inmovilizaba en los caminos de Perros, el mismo que nos "encantó" la noche del cementerio. Después, por encima del instrumento invisible y triunfante, oí el grito de alegría de la Vida, y la Voz, manifestándose al fin, se puso a cantar, dominante y soberana:

»-¡Ven y cree en mí! ¡Los que crean en mí, resucitarán! ¡Camina¡ ¡Los que han creído en mí no podrán morir!

»-Me es difícil explicarle la impresión que sentí al oír aquella música que cantaba a la vida eterna en el momento en que, a nuestro lado, unos pobres desgraciados, aplastados por la aquella lámpara fatal, exhalaban el último suspiro… Me pareció que me ordenaba que me levantara, que me fuera hacia ella. Se alejaba. La seguí. "Ven y cree en mí." Creía en ella. Iba… y, cosa extraordinaria, mi camerino parecía alargarse ante mis pasos…, alargarse… Evidentemente debía de tratarse de un efecto, causado por los espejos, ya que el espejo se encontraba frente a mí… y, de, repente, me encontré fuera de mi camerino, sin saber cómo.»

Aquí, Raoul interrumpió bruscamente a la joven.

– ¿Cómo? ¡Christine, Christine, ¿por qué no deja de soñar?

¡No soñaba, mi pobre amigo! ¡Me encontré fuera de mi camerino sin saber cómo! Usted, que me vio desaparecer una noche, quizá pueda explicarlo. ¡Pero yo no puedo!… Sólo puedo decirle una cosa, y es que, al encontrarme frente a mi espejo, no lo vi y giré para ver si lo tenía detrás…, pero ya no había espejo ni camerino… Me encontraba en un corredor oscuro. ¡Tuve miedo y grité!

»Todo estaba en tinieblas a mi alrededor. A lo lejos, una tenue claridad rojiza alumbraba un ángulo de la pared, una esquina de la encrucijada. Grité. Sólo mi voz llenaba las paredes ya que el canto y los violines habían enmudecido. De repente, en medio de la oscuridad, una mano cogía la mía…, o mejor dicho algo huesudo y helado que me aprisionó la muñeca sin soltarla. Grité. Un brazo me cogió por la cintura y me levantó… Me debatí un instante horrorizada; mis dedos se deslizaron a lo largo de las piedras húmedas, a las que no pudieron cogerse. Después, ya no me moví más, pensé que iba a morir de terror. Me llevaban hacia la pequeña claridad rojiza; entramos en aquel resplandor y entonces vi que estaba en brazos de un hombre envuelto en una gran capa negra que llevaba una máscara que le ocultaba toda la cara… Intenté un esfuerzo supremo: mis miembros se tensaron, mi boca se abrió una vez más para gritar mi terror, pero una mano la cerró, una mano que sentí sobre mis labios, sobre mi carne, y que olían a muerte. Y me desmayé.

»¿Cuánto tiempo permanecí inconsciente? No sabría decirlo. Cuando volví a abrir los ojos, el hombre de negro y yo seguíamos sumidos en las tinieblas. Una linterna sorda, colocada en el suelo, alumbraba el chorro de una fuente. El agua, que salía de la pared, desaparecía casi de inmediato a través del suelo en el que yo me encontraba tendida; mi cabeza descansaba sobre las rodillas del hombre de la capa y la máscara negra, y mi misterioso compañero me refrescaba las sienes con una suavidad, una atención y una delicadeza que me parecieron más difíciles de soportar que la brutalidad del rapto. Sus manos, pese a ser muy ligeras, no dejaban de oler a muerte. Las rechacé, pero sin fuerza. Pregunté en un suspiro:

»-¿Quién es usted? ¿Dónde está la Voz?

»Me respondió un suspiro. De repente un soplo de aire cálido me azotó el rostro y, vagamente, en medio de las tinieblas, al lado de la forma negra del hombre, distinguí una forma blanca. La forma negra me alzó y me deposito sobre la forma blanca. Inmediatamente un alegre relincho llegó hasta mis oídos estupefactos, y murmuré:

»-¡César!

»El animal se agitó. Amigo mío, me encontraba recostada a medias en una silla de montar y había reconocido al caballo blanco de El Profeta, al que muy a menudo había acariciado dándole golosinas. Pero un día corrieron rumores por el teatro de que el animal había desaparecido y de que había sido robado por el fantasma de la Opera. En cuanto a mí, yo creía en la Voz y no había visto nunca al fantasma, pero de pronto me pregunté, estremeciéndome, si no sería la prisionera del fantasma. En el fondo del corazón llamaba a la Voz en mi ayuda, ya que jamás hubiera imaginado que la Voz y el fantasma fueran uno. ¿Ha oído usted hablar del fantasma de la Opera, Raoul?»

– Sí -respondió el joven-, pero dígame, Christine, qué ocurrió cuando se encontró a lomos del caballo blanco de El Profeta?

– No hice el menor movimiento y me dejé llevar… Poco a poco, un estado de laxitud sucedía a la angustia y al terror en los que me había sumergido la extraña aventura. La silueta negra me sostenía y yo no hacía nada para desprenderme de ella. Una paz extraordinaria me invadía y pensaba encontrarme bajo la benigna influencia de algún elixir. Me sentía en plenitud de fuerzas. Mis ojos se iban acostumbrando ya a las tinieblas que, por otra parte, se aclaraban en algunos lugares gracias a breves fulgores… Juzgué que nos encontrábamos ahora en una estrecha galería circular y pensé en que aquella galería que rodeaba la ópera, bajo tierra, era inmensa. Una vez, tan sólo una vez había bajado a los subterráneos de la Opera que son prodigiosos, pero me había detenido en el tercer sótano sin atreverme a adentrarme más bajo tierra. Sin embargo, dos pisos más, en los que se habría podido asentar una ciudad, se abrían ante mis pies. Pero las sombras que se me habían aparecido me hicieron huir. Hay allí demonios, completamente negros, ante calderas, y que agitan palas y tenedores, animan los braseros, encienden llamas, te amenazan si te acercas abriendo de repente sobre uno la boca roja de los hornos… Pero, mientras César me llevaba tranquilamente sobre su lomo en medio de aquella noche de pesadilla, vi de repente, muy lejos y muy pequeños, como si estuvieran en el extremo de un anteojo puesto al revés, a los demonios negros ante los braseros rojos de sus calderas… Aparecían… desaparecían… Volvían a aparecer, siguiendo nuestra extraña marcha… Por último, desaparecieron definitivamente. La forma de hombre continuaba sosteniéndome y César caminaba sin guía y con pie firme… No podría decirle, ni siquiera aproximadamente, cuánto duró aquel viaje a través de la noche. Simplemente sentía que girábamos, que girábamos, que bajábamos siguiendo una inflexible espiral hacia el corazón mismo de los abismos de la tierra. Pero ¿no sería mi cabeza la que giraba?… De todas formas, no lo creo. No, estaba en un increíble estado de lucidez. César olfateó un momento, notó la atmósfera y aceleró el paso. Sentí el aire húmedo y después César se detuvo. La noche se había aclarado. Un resplandor azulado nos rodeaba. Miré dónde nos encontrábamos. Estábamos al borde de un lago cuyas aguas de plomo se perdían a lo lejos, en la oscuridad…, pero la luz azul iluminaba aquella orilla y vi una barquilla atada a una argolla de hierro, en el muelle.