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En el lugar exacto en que había saludado al secretario de Bellas Artes, se situó Richard, llevando a sus espaldas, a algunos pasos de distancia, a Moncharmin.

La señora Giry pasa, roza a Richard, se libera de los veinte mil en el bolsillo de la levita de su director y desaparece…

O mejor dicho, la hacen desaparecer. Obedeciendo a las órdenes qué Moncharmin le ha dado algunos instantes antes, antes de la reconstrucción de la escena, Mercier encierra a la buena señora en el despacho de la administración. Así le será imposible a la vieja comunicarse con su fantasma. Ella no opuso resistencia alguna, ya que mamá Giry no es más que una pobre figura desplumada, perdida, espantada, que abre unos ojos de ave despavorida bajo una cresta en desorden, que oye ya en el corredor sonoro, el ruido de los pasos del comisario con el que la han amenazado y que exhala suspiros que harían fundirse las columnas de la escalinata principal.

Mientras tanto, Richard se inclina, hace reverencias, saluda, camina hacia atrás como si ante él estuviera el subsecretario de Estado para las Bellas Artes.

Sin embargo, aunque semejantes muestras de educación no hubieran causado el menor asombro en el caso de que delante del director se encontrara el señor subsecretario de Estado, sí causaron a los espectadores de esta escena tan poco habitual un asombro muy comprensible, dado que delante del director no había nadie.

El señor Richard saludaba al vacío…, se inclinaba ante la nada…, y retrocedía -caminaba hacia atrás- delante de nada…

… Además, a algunos pasos de él, Moncharmin se dedicaba a hacer lo mismo.

E incluso, alejando al señor Rémy, suplicaba al señor embajador de la Borderie y al señor director del Crédit Central «que no tocaran al señor director».

Moncharmin, que ya tenía una idea formada, no creía en lo más mínimo en lo que Richard le había dicho anteriormente, una vez desaparecidos los veinte mil francos: «Quizá haya sido el embajador o el director del Crédit Central, o acaso el señor secretario Rémy».

Y más aún, después de la primera escena de la confesión del mismo Richard, éste no había encontrado a nadie en aquella parte del teatro después de que la señora Giry le rozara… ¿Porque, pues, si debían repetir exactamente los mismos gestos, debía encontrar a alguien hoy?

Tras caminar hacia atrás para saludar, Richard continuó caminando de la misma forma por prudencia…, hasta el pasillo de la administración… Era vigilado por detrás por Moncharmin y él mismo vigilaba «a la gente que se le acercaba» por delante.

Una vez más, esta forma absolutamente nueva de pasearse por los corredores, que los señores directores de la Academia Nacional de Música habían adoptado, no iba a pasar desapercibida.

Y no pasó desapercibida.

Afortunadamente para los señores Richard y Moncharmin, en aquel momento las «ratitas» se encontraban casi todas en los desvanes.

Los directores habrían tenido mucho éxito entre las jóvenes.

Pero no pensaban más que en sus veinte mil francos.

Una vez llegado al corredor semioscuro de la administración, Richard dijo en voz baja a Moncharmin:

– Estoy seguro de que nadie me ha tocado…; ahora te pondrás lejos de mí y me vigilarás en la sombra hasta la puerta de mi despacho… No hay que poner en guardia a nadie y ya veremos qué ocurre.

Pero Moncharmin replica:

– ¡No, Richard, no!… Camina hacia delante… Yo iré inmediatamente detrás. ¡No me alejaré ni un solo paso!

– ¡Pero así no nunca podrán robarnos los veinte mil francos -exclama Richard.

– Eso espero -declara Moncharmin.

– Entonces, lo que estamos haciendo es absurdo.

– Hacemos exactamente lo que hicimos la última vez… La última vez me reuní contigo a la salida del escenario, al final de este

pasillo… y te seguí por la espalda.

– ¡A pesar de todo, es cierto! -suspira Richard meneando la cabeza y obedeciendo pasivamente a Moncharmin.

Dos minutos más tarde los dos directores se encerraban en el despacho de la dirección.

Fue el mismo Moncharmin quien guardó la llave en el bolsillo.

– La última vez permanecimos los dos encerrados así hasta que dejaste la ópera para ir a tu casa -dice.

– ¡Es cierto! ¿Y no vino nadie a molestarnos?

– Nadie.

– Entonces -reflexionó Richard, que se esforzaba por ordenar sus recuerdos-, entonces seguramente me robaron en el trayecto de la ópera a mi domicilio.

– ¡No! -profirió Moncharmin con el tono más seco-… no, eso no es posible… Yo te llevé a tu casa en mi coche. Los veinte mil francos desaparecieron en tu casa, de eso no me cabe la menor duda.

Esa era la idea que ahora tenía Moncharmin.

– Eso es increíble -protestó Richard-.Tengo plena confianza en mis criados…, y si alguno de ellos hubiera dado el golpe, habría desaparecido poco después.

Moncharmin se encogió de hombros, como dando a entender que él no entraba en ese tipo de detalles.

Ahora, Richard empieza a creer que Moncharmin le trata con un tono completamente insoportable.

– ¡Moncharmin, ya no aguanto más!

– ¡Richard, yo tampoco!

– ¿Te atreves a sospechar de mí?

– ¡Sí, de una broma deplorable.

– ¡No se bromea con veinte mil francos!

– ¡Esa es mi opinión! -declara Moncharmin desplegando un periódico en cuya lectura se sumerge con ostentación.

– ¿Qué piensas hacer? -pregunta Richard-. ¿Vas a ponerte a leer el periódico ahora?

– Sí, Richard, hasta el momento de llevarte a casa.

– ¿Cómo la última vez?

– Cómo la última vez.

Richard arranca el periódico de las manos de Moncharmin, Moncharmin se levanta más irritado que nunca. Se encuentra delante a un Richard exasperado que le dice, mientras cruza los brazos sobre el pecho gesto de insolente desafío desde que el mundo existe.

– Mira -dice Richard-, esto es lo que pienso. Pienso en lo que yo podría pensar, sí, como la última vez, después de haber pasado la velada contigo, me volvieras a llevar a casa, en el momento de despedirnos, me diera cuenta que de que los veinte mil francos han desaparecido del bolsillo de mi levita…, igual que la última vez.

– ¿Y qué podrías pensar? -exclamó Moncharmin adquiriendo un color carmesí.

– Podría pensar que, dado que no te has separado de mí ni un palmo, y que, según deseo tuyo, has sido el único en acercarse a mí, como la última vez, podría pensar que, si los veinte mil francos no están en mi bolsillo, tienen muchas posibilidades de estar en el tuyo.

Moncharmin dio un brinco al oír esta hipótesis.

– ¡Oh! -exclamó-. ¡Un imperdible!

– ¿Qué quieres hacer con un imperdible?

– ¡Atarte!… ¡Un imperdible!… ¡Un imperdible!

– ¿Quieres atarme con un imperdible?

– Sí, atarte a los veinte mil francos!… Así, tanto aquí como en el trayecto a tu domicilio, o una vez en él, podrás notar a la mano que entre en tu bolsillo… Y así verás si es la mía, Richard… ¡Ah, ahora eres tú el que sospechas de mí!… ¡Un imperdible!

Y fue entonces cuando Moncharmin abrió la puerta que daba al pasillo, gritando:

– ¡Un imperdible! ¿Quién me trae un imperdible?

Y sabemos también, cómo en aquel mismo instante el secretario Rémy, que no tenía ningún imperdible, fue recibido por el director Moncharmin mientras un ordenanza le traía el tan deseado imperdible.

Y eso es lo que sucedió:

Moncharmin, tras cerrar la puerta, se arrodilló a espaldas de Richard.

– Espero -dijo- que los veinte mil francos sigan estando aquí.

– También yo.

– ¿Los verdaderos? -preguntó Moncharmin que esta vez estaba decidido a no dejarse «timar».

– ¡Míralos! Yo no quiero ni tocarlos -declaró Richard. Moncharmin sacó el sobre del bolsillo de Richard y retiró los